7 de septiembre de 2014 16:20

El drama de los hombres violados en la guerra en Colombia 

Integrantes de las Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC) en el Cauca, el 6 de junio de 2013. Foto: EFE
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En el instante en que usted comienza a leer este artículo van más de 6 700 000 personas reconocidas oficialmente como víctimas del conflicto armado colombiano desde 1985.

Un 51 por ciento son mujeres. Más de 5 000 (aunque se calcula que la cifra podría alcanzar las 400 000) han sufrido algún tipo de vejamen sexual. A ellas les robaron los sueños, les marcaron los cuerpos, les pisotearon la dignidad. Pero no han sido las únicas.

Por ahí, perdido entre una avalancha de estadísticas sin rostros hay otro capítulo atroz sobre el que históricamente se ha levantado un muro de silencio. De eso no se habla. Ni en privado, ni en público. Como si no existiera. Como si no existieran unos hombres de los que igualmente han abusado los actores armados. A ellos también los violaron. Por eso su drama es doble: son invisibles.

Hasta agosto, la Unidad de Víctimas, el organismo encargado de la atención y reparación de quienes han padecido la barbarie de la guerra tenía en su registro 650 casos de violencia sexual contra hombres, lo que supone un 12 por ciento del total. No se ha establecido un perfil de las víctimas, pero se sabe que la incidencia es alta entre la población afro y que son mayoría la franja de edad entre los 27 y 60 años, seguida de la de 18 a 26.

Los departamentos donde se concentra esta abominable práctica son Antioquia, Valle, Nariño, Magdalena y Bolívar, y el período, entre 2000 y 2006, cuando más incidentes se produjeron. Tanto paramilitares como guerrilla e incluso Fuerza Pública han sido perpetradores. Lo que se desconoce aún es en qué proporción, aunque todo apunta a que ha sido una forma de terror impuesta en gran medida por las autodefensas.

No es mucho más lo que se sabe de la violencia sexual contra los hombres en Colombia. Durante años, los estereotipos han estimulado la creencia de que esta clase de delitos solo se comete en ámbitos homosexuales. De ahí que se haya convertido en un tabú y se haya invisibilizado.

Y no solo aquí. Una tesis de 2008 de la Universidad de los Andes, firmada por Giselle Obando Pintor, refleja lo que se ha vivido en otros países: entre 1977 y 1989, tanto en Estados Unidos como en Gran Bretaña y en Canadá, la violación en tiempos de guerra se definía como un acto “exclusivamente heterosexual”. Nada ha cambiado sustancialmente desde entonces. De hecho, la resolución 1325 del Consejo de Seguridad de la ONU del año 2000 hace referencia a la violencia sexual en conflictos armados como algo que solo afecta a mujeres y niñas.

“Ignorar a los varones violados no solo los margina, sino que también nos daña a nosotras porque refuerza un punto de vista que iguala ‘femenino’ con ‘víctima’ ”, le dijo Lara Stemple, académica del Proyecto de Ley sobre Salud y Derechos Humanos de la Universidad de California a The Observer en el 2011. Un estudio de Stemple concluye que al secretismo han contribuido las organizaciones internacionales humanitarias, que no han hecho esfuerzos por dar a conocer esta realidad. De las más de 4.000 que trataron el tema, un tímido 3 por ciento lo mencionó en su literatura, pero solo como “una referencia pasajera”.

A los hombres, no hay duda, solo se les ha atribuido el rol de victimarios. Chris Dolan, director del programa Refugee Law Project, lo sabe muy bien. Considerado una autoridad mundial en esta materia, ha llevado a cabo investigaciones en el marco de las guerras del Congo y Uganda que demuestran las barreras legales y sociales a las que se tienen que enfrentar las víctimas masculinas.

En Uganda, su organización impulsa una reforma para que estos casos sean asumidos por la ley, pues ni siquiera se tienen en cuenta. Simplemente no existen. “Hemos encontrado gente que nunca había hablado de lo que le pasó. Han estado en silencio durante años. El mensaje es que si te violan, dejas de ser un hombre. Te han convertido en una mujer”, ha explicado Dolan.

Como en África, también en Colombia la norma es quedarse callado. Un largo silencio. Cargar durante años con ese pesado fardo. Mirar para otro lado, intentar reconstruir, a ciegas, los pedazos de vida que se quedaron en el camino. Es la desgracia de sociedades patriarcales como esta, donde se sobrevalora lo masculino, y donde todavía hay mujeres que les dicen a sus niños que los hombres no lloran. Eso, y el tortuoso ‘qué dirán’ dificulta, y mucho, que las violaciones salgan a la luz. El subregistro, entonces, puede ser muy elevado.

“Tanto a mujeres como a hombres les cuesta reconocerse como víctimas de ese hecho porque el daño que causa al ser humano es tan grande que la elaboración del dolor implica demasiado tiempo. Además conlleva a la estigmatización.

Si en las comunidades donde ellas han sido víctimas las tildan de fáciles o de que se lo buscaron, imagínese lo que puede significar culturalmente en el imaginario de los hombres de este país”, dice María Eugenia Morales, la directora técnica de Reparación de la Unidad de Víctimas.

A las catastróficas huellas psicológicas (cuadros de estrés postraumático, ataques de ira, dependencia del alcohol y las drogas, aislamiento, pensamientos suicidas) se suman las dudas sobre la propia orientación sexual.

Algunas víctimas incluso se preguntan si el haber sufrido semejante ultraje las convierte en homosexuales. Y hasta hay familias que se rompieron porque la compañera sentimental no resistió la tragedia de su pareja.

Las consecuencias físicas no son menores: riesgo de enfermedades de transmisión sexual y destrucción de órganos genitales, entre otras.

Cuando violan a un hombre, lo convierten en desechable. En basura. No hay deseo, sino dominación. “Lo que está en juego es hacerlo sentir inferior y feminizarlo.

Después de eso reconstruir la identidad es una tarea titánica”, sostiene María Emma Wills, politóloga e investigadora del Centro de Memoria Histórica. Wills reconoce que en Colombia este fenómeno no se ha explorado lo suficiente.

Sus investigaciones de campo, eso sí, le permiten inferir que estamos ante un escenario aterrador: “Hicimos un trabajo sobre violencia sexual en los Montes de María, Magdalena y La Guajira. Tan solo encontramos dos casos de hombres en el Magdalena, pero no hay testimonios directos porque ambos se suicidaron. No pudimos hablar con sus familiares”.

El poder de las armas
¿Por qué se usa la violencia sexual contra los hombres en el conflicto colombiano?, se pregunta en voz alta María Eugenia Morales. La respuesta no es fácil. Y menos frente a un fenómeno tan complejo como desconocido.

Una cosa sí está clara: el poder se fundamenta en las armas. Morales cree que es probable que entre los hombres que han sido violados hay quienes han ejercido algún tipo de liderazgo comunitario, bien sea como presidentes de juntas comunales o en organizaciones sociales.

Se trata, entonces, de contrarrestar su autoridad. De anularlos. Cuando se habla de víctimas menores de edad, la lectura es que el daño que se les causa a los niños va dirigido a las madres. También es una manera de intimidar y neutralizar el liderazgo de ellas.Solo en algunos casos las víctimas identifican a sus verdugos.

Por miedo a retaliaciones o porque había presencia de varios grupos en la zona y resulta confuso establecer quién fue. Los paramilitares, por ejemplo, han asumido muy pocos hechos de violencia sexual porque insisten en que esa no era una práctica que llevaran a cabo.

Lo paradójico, dice María Eugenia Morales, es que estos ejércitos tan feroces eran capaces de picar cuerpos. “¿Y no violaban personas? ¿Tenían esas barreras en sus valores? Lo que pasa es que entienden que es una barbarie. Lo saben. Y de todas las barbaries, esa es la que más pena les da reconocer”.

‘Tenemos que darnos la mano’

A Claudia Milena Ospina la violaron los paramilitares y la desterraron de una vereda de Yondó, en Antioquia, porque estudiaba derechos humanos y porque alzaba la voz frente a los abusos sexuales que se cometían contra niños y niñas en la región.

Diez años después del horrible episodio que vivió la asalta el temor sobre qué fue de aquellos muchachitos violados que hoy deben de ser adolescentes y hombres que esconden ese oscuro secreto. Convertida ahora en la representante legal de la organización Reconstruyendo Sueños de Mujeres, que trabaja con víctimas femeninas, asegura que los estatutos permiten la presencia de hombres, pero que ninguno ha asistido a sus reuniones. “Al ser un tema tan tabú, es prácticamente imposible”.

El día que hablamos, Claudia estaba reunida con un grupo de mujeres que forman parte de diversas agremiaciones de víctimas. A la cita acudió Yolanda Perea, coordinadora de violencia sexual y representante por Antioquia en la Mesa Nacional de Víctimas. Ella, violada por un guerrillero de las FARC cuando tenía once años –a su mamá la mataron porque se atrevió a reclamar–, dice que entre las asociaciones femeninas es creciente la preocupación por la indolencia de la sociedad frente a los hombres.

“Estamos contentas de que se nos reconozca, pero queremos que el 25 de mayo, que se institucionalizó para recordar a las mujeres, sea también para recordarlos a ellos. No hay que olvidar que niños y jóvenes también han padecido esa tragedia.

La violencia sexual no distingue de género o color de piel. Tenemos que abrirles las puertas y darnos la mano en una causa que nos toca a todos”.

El próximo paso de Yolanda será impulsar una campaña de sensibilización que llegue al corazón de los varones. Tarea nada sencilla, pues aunque la Unidad de Víctimas está prestando atención psicosocial a los que se han atrevido a hablar, el silencio persiste y prácticamente está todo por hacer. “Tendríamos que sentarnos a reflexionar como sociedad sobre las estrategias para abordar la violencia contra los hombres”, dice María Eugenia Morales.

En ese sentido las mujeres llevan ventaja. “A pesar de los obstáculos muchas hemos procesado lo que nos pasó. Ya no sentimos vergüenza. Entendimos que no fue culpa nuestra y emprendimos una evolución lógica que nos permite dar la cara”, afirma Yolanda Perea. Los hombres, en cambio, todavía no están preparados.

Ni ellos están dispuestos a contarlo sin máscaras ni probablemente el país esté listo aún para escuchar su dolor.

‘Tardé doce años en contar lo que me hicieron’

“Tengo 27 años, soy estudiante de psicología y nací en una familia campesina del Valle del Cauca. Mi infancia fue genial porque crecí en el campo, al aire libre, bañándome en el río con los amigos después de las clases, jugando entre los frutales, viendo crecer a los animales.

“Desde esa época ya éramos una especie de república autónoma donde mandaban las FARC. Para nosotros las ráfagas de ametralladoras y de fusiles así como el ruido de los helicópteros por la noche y las tomas a los pueblos eran algo tan normal como cepillarse los dientes.

Ellos imponían sus normas pero la dinámica económica se mantenía y la vida era, entre comillas, normal. Recuerdo que entre el 95 y el 96 se incrementaron las acciones del frente y yo empecé a perder la inocencia y a dejar ir la magia de la niñez. Ahí fue cuando comencé a vivir una realidad más consciente y al mismo tiempo muy triste.

“Todo empeoró en el momento en que las autodefensas avisaron que iban a entrar en el Valle del Cauca. Lo escuché por la radio y le pregunté a un adulto qué significaba ‘autodefensas’.

En el imaginario colectivo de los habitantes de la zona eso suponía que llegaban las motosierras. Ya para entonces yo había descubierto la lectura y me mantenía leyendo todo lo que caía en mis manos y oyendo noticias. Debí heredarlo de mi madre, que nunca fue a la escuela pero que es una gran lectora.

“Tenía 11 años cuando aparecieron en la vereda. Habían anunciado su arribo con bombos y platillos, pero nadie dijo nada. Lo hicieron delante de todas las instituciones y todo el mundo guardó silencio.

“En agosto llegaron a mi casa. Al principio tuve miedo, pero después uno se acostumbra; ¿quién le dice que no a un tipo con un fusil o una metralleta? Se volvieron amos y señores. Nos pedían agua, utilizaban la casa para cargar los radioteléfonos...

“Una tarde de noviembre de 1999 yo acababa de llegar del colegio y había un tipo de guardia en la finca. Era bajito, moreno y con acento costeño. Me invitó a acompañarlo un rato, pero yo me negué. Me imagino que eso lo molestó. Luego me pidió que le llenara la cantimplora. No había nadie más, solo él y yo.

Estaba sentado con su fusil AK-47 en las manos y cuando me acerqué me apuntó en la frente. No sé por qué siempre recuerdo –es una imagen recurrente– que la boquilla del arma se veía picada, como desgastada.

“El hombre me dijo que tenía que hacer lo que él quisiera. Me llevó a un cuarto y pensé que me iba a matar. Allí abusó sexualmente de mí. Tenía 12 años.

“Lo primero que te queda es una sensación de suciedad, de asco. Uno permanece en silencio, con miedo a que alguien se entere. Aquello se vuelve una carga terrible. A mi edad fue una tortura, un trauma tremendo.

Me volví rebelde, me deprimí, perdí el interés en el estudio, me aislé. Mi familia creía que eran los cambios de la edad. Yo seguía actuando como si no hubiera pasado nada. Cuando me acercaba a los 20 tuve una novia a la que le inventé todo tipo de excusas para no tocarla porque me daba miedo. No es que dudara de mi sexualidad, es solo que se mezclaban los recuerdos.

“Todos los días de mi vida pensaba en ese episodio. Luego se hacía más esporádico pero el recuerdo siempre estaba ahí. Me tocó transitar ese camino solo porque era incapaz de hablar con nadie. Había un gran dolor en el alma. Una carga que pesaba toneladas. Vivía enojado, tratando de contestar a la eterna pregunta: ¿por qué me pasó esto? Supongo que la lectura me ayudó a entender. Uno comienza a indagar en los orígenes del conflicto y descubre las historias de la guerra y se da cuenta de que no ha sido el único.


“Leyendo fue como me enteré de la ley de atención y reparación a las víctimas. Dudé bastante, la verdad. Pero un día me puse a pensar en cuántas personas habían pasado por cosas similares o peores a las que yo había vivido y que no se iban a saber. Intenté ir a declarar, pero me daba vergüenza. Hasta que un día me desperté a las seis de la mañana y me dije, voy a hacerlo. Y lo hice.

Al día siguiente me tomaron la declaración. Habían pasado doce años y era la primera vez que le contaba a alguien que me violaron. Sentí una tonelada menos en la conciencia.

“Con la atención psicológica que me prestaron en la Unidad de Víctimas fui procesando el trauma. Uno perdona y se reconcilia consigo mismo y llega a la conclusión de que no hace falta que la familia lo sepa. Quizás más adelante. Además, la sociedad no está preparada para que hombres como yo salgamos a dar la cara. Somos muy inmaduros todavía. Y aquí aún ven a las víctimas como seres que esperan limosnas.

“Lo que cuenta es que recuperé mis sueños y proyectos. Se acabó la oscuridad. A pesar de todo creo en la reconciliación y en que mis hijos verán un país en paz. Un país en paz con condiciones de vida dignas”.

‘A veces pienso que hubiera sido mejor que me mataran’
“Mandarinas. Llegaron pidiendo mandarinas. Los vi aparecer y al principio no tuve miedo. Eran dos guerrilleros: uno joven, como de 20 años, y el otro mayor. A esos no los conocía, pero estaba acostumbrado a verlos rondar porque en la vereda mandaban las FARC.

La verdad es que no se metían conmigo, quizás porque era el profesor de primaria y porque yo andaba derechito, como todo el mundo. No tomaba, no fumaba, no bailaba. Mis clases y ya. Los niños y nada más.

“Llegué a tener como 28 alumnos; me da pesar con esos muchachos, qué habrá sido de ellos. Vivía en esa escuela en medio del monte, pasaba mucho tiempo solo y apenas iba a Ibagué a cobrar la mensualidad y enseguida me devolvía.

También iba porque estaba haciendo una especialización. Por eso fue que, un día, un comandante preguntó que cuál era la salidera mía. Pero no hubo ningún incidente más.

“Creo que era martes como a las seis de la tarde. Yo tenía 46 años. Fue el 2 de febrero del 2006, eso no se me olvidará. En la escuela había como una granjita, y yo les dije que sí, que pasaran y cogieran las mandarinas. Se sentaron un rato y ahí fue cuando me puse nervioso.

Cuando empezaba a anochecer les dije que me tenía que ir a dormir, que si querían se podían quedar un rato y coger más frutas. El más viejo me dijo que cuál era el afán, que estaba muy temprano, y se miraban entre los dos y se reían. Yo rezaba, le rogaba a Dios que se fueran; de un momento a otro el grande me dijo que entráramos en la habitación.

Yo le dije que me respetara, que como así, que era un docente con esposa y con hijos, el profesor del pueblo. Que merecía respeto. Me asusté y me puse a llorar. Me dijeron ‘nenita, no llore’, y el más grande me empujó. El tipo me bajó los pantalones y me puso el arma en la cabeza. Grité pero por ahí no hay nada cerca, y ni me salía la voz. Cuando terminó, entró el otro. Me dijeron que cuidado avisaba a alguien, que no hiciera ningún comentario.

“El médico que me revisó me preguntó si me habían violado. Yo le dije que no; me daba vergüenza. Le dije que había sido el agua sucia de la vereda. Seguí dos años más en la escuela, pero a esos hombres no los volví a ver. Quizás los mataron porque siempre había enfrentamientos con el ejército. A veces también pasaban por ahí tipos encapuchados. Una vez me puse muy mal y creí que estaba contagiado de sida.

Le conté a una de mis hijas; mi mujer se enteró y ya no me miró igual. Al cabo de un tiempo nos separamos porque ella me rechazó.

Veinte años de casados se acabaron por culpa de lo que me sucedió. Imagínese que me acusó de haberlo provocado. ¡Cómo se le ocurre! Aunque sí dudé. ¿Será que ellos creyeron que era homosexual? Yo le dije a mi mujer que si hubiera sido gay no me habría casado con ella ni habríamos tenido hijos. Pobrecita, en el fondo la entiendo; ella no tiene estudios, estas cosas no las comprende. Por eso fue que nunca me apoyó.

“No sé cómo no me he vuelto loco con lo que me pasó. Me la paso tomando pastillas para dormir y para controlar los episodios de angustia. A veces pienso que hubiera sido mejor que me mataran, porque vivir con este trauma es muy duro. Esto no se me olvida.

Me sentía chiquitico, con la autoestima destrozada. Vivía aterrado, no podía hablar delante de otros profesores ni de los padres de familia, pensaba que se me iba a notar, que se iban a dar cuenta de que dos tipos me violaron. Qué vergüenza que se enteraran. Ahora estoy mejor, aunque todavía me da miedo que alguien lo sepa, me da miedo que la gente vaya a pensar que soy homosexual, porque no lo soy.

“Lo que me empujó a denunciar fue que al salir de la vereda y trasladarme a otra escuela, en otro pueblo, me volví a topar con la guerrilla. Resulta que estaban construyendo una base militar y los soldados guardaban el material en el colegio. Me acusaron de ayudar a los ‘patiamarrados’, así llaman a los soldados, y me dijeron que tenía quince días para irme. No pude más. Pensé: ‘Un día de estos me desaparecen y qué, nunca se va a saber lo que estos infelices me hicieron’.

Cargo una inmensa tristeza en mi corazón y siento asco de esa gente. Me da rabia la impunidad. Ellos tienen que recibir su merecido y pagar por esto”.

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