31 de January de 2010 00:00

Después del Yasuní ya nada puede ser igual

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Jaime plaza, desde el parque  Yasuní

¡Alista un plan para que te vayas    al Yasuní!   ¡Qué bien!  Esa disposición fue el salvoconducto  a una    inmersión en  ese mundo  verde de millones de seres que viven entre los   gigantescos  árboles y    sinuosos   ríos de aguas turbias. 

A media tarde del jueves 14, en la ajetreada sala de Redacción  surgió la idea de encomendarme una misión:    constatar cuál mismo es el tesoro   que   guarda   el rincón más extremo  del hoy tan mencionado  Parque Nacional Yasuní.

Había que   documentar la  riqueza de este santuario natural antes de que  alguien decida ir  por el  oro negro oculto en sus entrañas, en el bloque Ishpingo-Tambococha-Tiputini (ITT).   

Y la expedición empezó, aunque por un mal cálculo de tiempo y el  caotizado tránsito vehicular   de Quito  perdí el último turno aéreo del lunes 18 al Coca. La alternativa era un viaje de 10 horas en bus. Pero   temprano al siguiente día, tras un vuelo de 30 minutos, ya estuve en  la urbe amazónica, puerta  de ingreso al Yasuní.

El tortuoso trámite de un permiso   de ingreso   y  los titubeos del  administrador     de la lancha demoraron la salida a  Nuevo Rocafuerte. A más de 300 km aguas abajo por el río Napo, es el poblado  más próximo al ITT.

El viaje en deslizador, cuyo alquiler cuesta USD 800, ayuda a   llegar al primer destino en  6 horas. La otra   opción   es       la lancha del Consejo Provincial de Orellana, cuyos turnos son  los  martes, jueves y sábado. Cuesta USD 15,   pero  tarda  como 14 horas.

Al fin zarpó la misión hacia el Dorado amazónico. Me acompañaron el capuchino  José Miguel Goldáraz, la madre     Tania y  mi compañero, Diego Pallero, responsable de  filmar  y  hacer cientos de fotos de paisajes y de todo lo que se mueve en el bosque o  río. 

Frenazos repentinos o zigzagueos pronunciados de la lancha   advertían de que el caudal del   Napo está tan bajo que,  por estos días,  navegarlo  resulta  una odisea. Aún así es una vía transitada por  lanchas,   canoas a remo y gabarras cargadas de tanqueros, volquetas, camiones, contenedores...   que abastecen   a     las  petroleras y a los pueblos de la zona.

Se pasó por Pompeya, una suerte de  mercado donde se vende   carne de selva;  Edén Yuturi, Yanayacu (donde está el pozo  Tiputini) y otros. Unos sándwiches de atún y   refrescos   apaciguaron el hambre. Hasta que,  en pleno atardecer, apareció  Nuevo Rocafuerte.   

Allí, aunque hay un cierto orden en el trazado de ocho cuadras de largo por dos de ancho, la mayoría de sus 1 000 habitantes  se lamenta por el abandono.  Hace 8 años el alcalde se llevó la sede del Cabildo a  la parroquia Tiputini, al otro lado del Napo. Hay pasos cebra en las esquinas, pero ni un solo vehículo,   apenas cuatro  motos. El  traslado de una comunidad a otra se hace en lancha, aunque es complicado porque cada galón de gasolina cuesta USD 3 y es un producto  restringido. 

¡Qué alivio! Desconectado de todo, porque no  hay señal de celular y apenas se sintoniza la emisora HCJB. La      TV se capta solo   por satélite. Una habitación con paredes de madera, en el Hotel Oropéndola -hay tres más- fue suficiente para recuperar energías y al siguiente día continuar con la aventura en el Yasuní. 

En una lancha, César Rodas, un ex obrero de petroleras, nos guió  por el río Yasuní,  justo en el límite con Perú. Mientras avanzábamos,  el bosque   empezó a maravillarnos. Aves como el Martín Pescador o el Cacique entre  los frondosos árboles y  las pequeñas  tortugas charapas que tomaban sol sobre algunos troncos.

Hasta que tras   dos horas de navegación,    apareció   un delfín rosado. Pero tan esquivo que Diego apenas pudo captarlo. Al adentrarnos en el bosque se reforzó   la afirmación de que es un santuario de  biodiversidad.  Ni se diga cuando    descubrimos un nido de perdiz  con cuatro huevos de azul intenso  o unos   bulliciosos guacamayos  en  las copas de  ceiba de hasta 40 m y un   carpintero con  su  estruendoso  toc, toc, toc. Rodas insistía que con más tiempo y paciente vigilancia   se puede ver saínos, pecaríes y más. 

No    podía faltar la acogedora bienvenida de la  naturaleza. De eso se encargaron unos diminutos, pero feroces insectos parecidos a unas garrapatillas que se habían pegado al cuerpo y se dieron su festín de sangre extraña. Luego vino un baño inesperado   ante un intenso aguacero,   que enseguida dio paso a una invasión de vapor que emanaba del río, apenas volvió a aparecer el sol. Y para qué decir más: el Yasuní  es un paraíso.

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