4 de December de 2009 00:00

Derechazo a la tolerancia

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Juan Esteban Guarderas *

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‘Los suizos han votado con sus tripas…, inspirados por el miedo, los fantasmas y su ignorancia”. De esta forma se lamentó amargamente el periódico ginebrino, Le Temps, de la aprobación del referéndum sobre la prohibición de construir minaretes en Suiza.

El domingo pasado, con el 57% de votos, se aprobó en el país helvético esta interdicción, causando polémica en toda Europa. Los minaretes son las torres que se construyen junto a las mezquitas con el objeto de aprovechar la altura para que el llamado a la oración alcance al mayor número de fieles. Lejos de ser construcciones antiestéticas, muchas de ellas se han consagrado como hitos arquitectónicos, y son frecuentemente, como la Giralda de Sevilla, monumentos esenciales de la belleza de las ciudades.

Pero las mentes cegadas por el alarmismo extremo poco entienden de belleza, o de multiculturalismo o de tolerancia.

La sorprendente llegada de Le Pen a la segunda vuelta presidencial francesa de 2002 fue un escándalo que advirtió, hace años, la creciente importancia de la extrema derecha en Europa. Esa tendencia ha tenido un progreso lento pero constante; construido, en gran medida, gracias al hacer de la migración su caballo de lucha.

El partido UDC suizo, promotor de este referéndum, ha sido particularmente agresivo. Se ha vuelto célebre por su publicidad vergonzosa, en donde, por ejemplo, ovejas blancas patean fuera del territorio suizo a una oveja negra, o, en este caso, cubrir la bandera suiza de minaretes negros en forma de misiles, junto a un perfil negro agresivo musulmán.

Los punzantes discursos antiemigrante han calado hondo en la mayoría suiza, y, a pesar del rechazo de la ‘intelligentsia’, las normas opresoras de las minorías logran ser aprobadas.

Europa aprendió bien de su historia, y supo levantar mecanismos de prevención de la tiranía de las mayorías. Gracias a la Corte Europea de Derechos Humanos, que puede enjuiciar a Estados en caso de ruptura de dichos derechos. Sin embargo, Suiza no es parte de la Unión Europea; con justa razón, los humanistas europeos se lamentan de que este país, al no ser parte de la organización, escape de  los mecanismos regionales de control.

Por su parte, rechazo actual de la ONU, del Vaticano o las débiles quejas de altos funcionarios de los países vecinos, están lejos de ser un suficiente mecanismo de control. Los suizos han cometido un error al confundir las dificultades del fenómeno migratorio con los rasgos culturales de los migrantes.

Como Francisco Carrión señaló, el fenómeno migratorio puede ser una fuente de vasto enriquecimiento cultural entre las naciones. Pero para esto, es necesario encauzar una integración saludable, no fomentar la segregación o la intolerancia.

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