4 de June de 2015 21:59

Cuenca tiene cinco dulces tradicionales del Corpus Christi

De acuerdo con datos históricos, la costumbre de elaborar los dulces empezó con las religiosas que vivían en los claustros de Cuenca. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO.

De acuerdo con datos históricos, la costumbre de elaborar los dulces empezó con las religiosas que vivían en los claustros de Cuenca. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO.

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Lineida Castillo

El viernes 5 de junio de 2015 empieza la celebración del Corpus Christi en la capital azuaya, en el sur del Ecuador. Es una fiesta religiosa que se remonta a la época de la Colonia y que se vive en junio de cada año.

El sentido de esta tradición religiosa-cultural es la adoración al cuerpo y la sangre de Cristo y se extiende por siete días, por eso también se la denomina Septenario. Las eucaristías, la venta de dulces, los castillos y las bandas de pueblo son los principales atractivos.

De acuerdo con datos históricos, la costumbre de elaborar los dulces empezó con las religiosas que vivían en los claustros de Cuenca. Ellas entregaban los biscochuelos, roscas, quesadillas, huevos de faldiqueras, relámpagos, monjas… a los fieles que llegaban a adorar la imagen del Santísimo.

Con el tiempo algunos dulces se mantuvieron, otros se perdieron y otros se modificaron. Actualmente, en los más de 100 improvisados puestos de ventas de dulces que abrieron al público este jueves 4 de junio, alrededor del Parque Calderón, hay más 30 variedades. La mayoría tiene como ingredientes principales la harina, frutas, leche, huevos, coco, azúcar…

Según María Carchi, de 54 años, el pucañahui, los huevos de faldiquera, quesadillas, cocadas y los alfajores son los dulces más tradicionales de esta fiesta porque se han mantenido en el tiempo y porque tienen mayor demanda entre los cuencanos.

De acuerdo con datos históricos, la costumbre de elaborar los dulces empezó con las religiosas que vivían en los claustros de Cuenca. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO.

Ella lleva 15 años elaborando 20 variedades de dulces que vende a través de los comisariatos o directamente al consumidor. Lo aprendió de una familia cuencana y con el tiempo perfeccionó la combinación de las materias primas y por eso tiene decenas de clientes.

Por ejemplo, el pucañahui es una arepa de maíz que en su parte superior tiene una tonalidad rosada. Se prepara con harina de maíz, huevo, mantequilla y trago de punta. Se mezclan esos ingredientes hasta conseguir una masa que luego va al horno. Cuesta entre USD 0,10 y 0, 20, dependiendo del tamaño.

En cambio, los huevos de faldiquera son elaborados con harina, yemas, maní, azúcar, leche y especias. Estos ingredientes se cocinan a punto y cuando está lista esa especie de crema pastosa le van dando forma de bolitas, únicamente con las manos. Se los adquiere a 10 centavos la unidad.

La tienda-taller de María Carchi, ubicada en la avenida Remigio Tamariz, sector de San Roque, es muy conocida entre los cuencanos y visitantes. Allí, a diario llegan turistas de diferentes ciudades del país y cuencanos que tienen familias en Europa, Estados Unidos, Colombia, Perú, Argentina… para comprar dulces y enviar al exterior.

Ella nunca deja de elaborar estos manjares. Pero en esta época triplica la producción y contrata a más personas para que le ayuden a cumplir los pedidos. Ella ofrece dulces por unidades o en presentaciones de 200 a 700 gramos (variados) que cuestan entre USD 4 y 15.

De acuerdo con datos históricos, la costumbre de elaborar los dulces empezó con las religiosas que vivían en los claustros de Cuenca. Foto: Xavier Caivinagua/ EL COMERCIO.

Carola Castro aprendió de su madre el arte de elaborar los dulces de forma artesanal. Desde hace 30 años, cada junio ella ocupa un puesto frente al parque Calderón. “Las ventas don buenas, durante los siete días”, dice Castro. El Corpus Christi sin dulces estaría incompleto, bromea Carmelina Lazo, una de sus clientas.

Los 107 puestos de dulces autorizados por el Municipio de Cuenca abren los siete días, de 07:00 hasta la medianoche, cuando se quema el último castillo y los espectadores regresan a sus hogares. Entonces, las vendedoras bajan los telones blancos que cubren los puestos y se disponen a descansar para el siguiente día.

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