17 de octubre de 2014 15:14

El combate sin tregua de un equipo de médicos madrileños contra el ébola

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Michaela Cancela- Kieffer
AFP
Madrid

Mar estaba con su hijo, Belén en clase de pilates y Marta y Fernando comían un helado en Palermo, Italia, cuando la vida de estos médicos dio un vuelco el 6 de octubre de 2014 al anunciarse la infección de Teresa Romero, la primera en Europa.

Ese día, Mar Lago, de 45 años, Belén Fernández, de 47, Marta Arsuaga, de 32, y Fernando de la Calle, de 33, conocieron que una de sus compañeras en el hospital Carlos III de Madrid, referente en el tratamiento del ébola, había sido contagiada.

La mala noticia llegaba en un momento de relajación tras dos intensos meses de trabajo enfrentándose, junto a un equipo de cincuenta personas, al mortífero virus africano que había infectado a dos misioneros españoles repatriados y fallecidos unos días después.

Su servicio, la unidad de enfermedades infecciosas y medicina tropical, que hasta el momento registraba 12 000 pacientes en tres años y un solo fallecido por paludismo, alcanzaba repentinamente una tasa de mortalidad del 100%.

Y es que no sabían a qué se enfrentaban, explicaron a la AFP durante un descanso en el hospital. “No hay nada publicado, todo lo que hay son como 15 estudios”, dice la doctora Lago dibujando con las manos una enjuta pila de papeles.

Las primeras horas: una locura


Ese lunes, la noticia le llegó a Mar en un mensaje de Whatsapp, una aplicación móvil muy popular en España.

A través de Teresa Romero, de 44 años, infectada mientras trataba al segundo religioso repatriado, el virus del ébola llegaba a Madrid y se transmitía por primera vez fuera del continente africano.

“Fue un desastre”, dice Mar. “Pensé: no es posible, no es posible”, recuerda Marta Arsuaga, que se enteró de la noticia a las seis de la tarde comiendo un helado de chocolate con limón en Palermo, Sicilia, donde estaba de vacaciones con su amigo Fernando de la Calle.

Esa noche, la bióloga Belén se quedó en el hospital para ocuparse de los análisis de Teresa Romero y dos otros casos sospechosos puestos bajo vigilancia. “Era una locura, los teléfonos de todos no paraban de sonar. Eso era como un hervidero de mensajes: familia, amigos, periodistas”, rememora.

En el foco del huracán suscitado por la noticia, el equipo apretó los dientes, y olvidó los teléfonos para intentar salvar a su compañera. Las guardias se encadenaban. Tres de 24 horas en una semana para Mar, que apenas ha visto a su hijo de 14 años en los últimos 12 días.

Las condiciones eran extremas, con monos difíciles de poner y quitar, sin poder auscultar a la paciente, porque están tapadas las orejas y uno no puede usar endoscopio, y obligados a darle cariño y ánimos hablando detrás de una máscara, entrando lo mínimo en la habitación y comunicándose por interfono, siguiendo por vídeo su lenguaje corporal.

El ébola es un bicho “feo, muy listo”, dice Mar. Es “muy agresivo, explosivo, en pocos días te destroza, como un tsunami que arrasa y se lleva todo por delante”, resume Fernando.

Al borde de la muerte

Sin revelar detalles clínicos, Mar recuerda una de esas noches en que “Teresa se pudo ir al otro mundo”, y los momentos críticos, que ha habido “no solo una, sino varias veces”. Situaciones de gran emotividad, porque cuidar a una compañera no es fácil y cada cual la encaraba como podía.

Belén reconoce que un día rezó una plegaria y muestra su medalla plateada de la Virgen. Fernando, nada religioso, saca de su pantalón blanco un rosario que le legó su abuela.

Teresa tiene que vivir porque es su compañera. Y también porque su supervivencia podría suponer el éxito de tratamientos experimentales que podrían servir a otros en África, un continente que han visitado en misiones humanitarias varios del equipo, como Belén en Angola y Marta en Etiopía. “Somos pioneros”, dice Fernando explicando que en el terreno, las ONG no pueden probar estos tratamientos, solamente tratar de contener la epidemia.

“Al principio”, mientras trataban al primer repatriado en agosto, “no sabíamos con quién intercambiar información”, prosigue el joven doctor.

Ahora, cada semana, la OMS organiza una conferencia telefónica entre los especialistas de los grandes hospitales que se enfrentan al ébola. Esta vez tocó Texas; la anterior, Francia.

Han pasado diez días desde la noticia y el estado de Teresa ha mejorado. Ya habla, pide música y fotos de sus personas cercanas. La esperanza crece.

Pero solo dura unas horas, hasta que deben retomar su combate sin tregua contra el ébola con la llegada de tres nuevos casos sospechosos al hospital.

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