21 de June de 2009 00:00

La carta que esperaba Borges

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Con el paso de los días se ahonda  la convicción de que mi último viaje a Texas respondió a un mandato borgeano. Invitado por la Universidad de Austin  a dictar  una conferencia  sobre Pablo Palacio, el público no tenía por qué saber de mi veneración hacia Borges.



Iván Oñate
Poeta y catedrático
Profesor invitado por: Westminster University y el Kings College de Londres. A&M Texas University. George Mason University, Washington. Florida State University. U de Lieja. U de Lille. U de Lovaina. U de Austin.

Sin embargo, desde el primer momento, estudiantes como profesores me enriquecieron con detalles de su memorable estancia en el año de 1961. Entonces, como corresponde a toda devoción, la búsqueda de simetrías  con el maestro se hizo inevitable. La misma universidad. El mismo campus. La lectura  en el edificioTexas Union.

A decir verdad, hasta el momento, ninguna simetría me ataba directamente a su destino. Pero en la tarde del 26 de marzo, el estudiante de origen irlandés Sean Manning me refiere que conoce el sitio exacto donde Borges colocaba una silla en la vereda  y se dedicaba a esperar inútilmente al cartero. La noticia  me entristeció. Esa noche, con la desolada imagen de un hombre que espera una carta  que no llega, abrí la puerta de mi residencia en el campus universitario. Ocurrió el milagro. La carta que esperaba Borges me fue entregada en mano de una revelación impostergable. Verosímil o no, el hecho es verdadero.

Días después, en la revista Milenio Semanal de la capital mexicana me hicieron una entrevista  a cuatro páginas donde cuento detalles de dicha entrega. Termino diciendo: “Esa carta,  tal vez no me salve a mí. Pero de hecho salva a Borges y al género humano”. En su afamado cuento ‘El Sur’, el pasado en la figura de un viejo gaucho entrega el cuchillo a Juan Dalhmann para que se defienda en el duelo.  Esta vez, el pasado llegó en forma de una carta.

Llegó para recordarme algo que había dicho el mismo Borges: “Solamente nos pertenecen nuestros errores. Los aciertos pertenecen a la literatura”. Así es. Ella es quien, por encima de nuestros tachones y negaciones, ya escribió y para siempre el mito. El argumento definitivo.

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