11 de abril de 2016 18:26

Carlos, tras el accidente en el tagadá y del coma, deberá aprender algunas cosas

Los juegos mecánicos fueron clausurados después del accidente. Foto: Julio Estrella/ EL COMERCIO

Los juegos mecánicos fueron clausurados después del accidente. Foto: Archivo / EL COMERCIO

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Evelyn Jácome

El esfuerzo será enorme. Tendrá que aprender a caminar, a controlar sus músculos. También hablar y a valerse por sí mismo. Carlos Flores, de 21 años, el joven que resultó herido tras caer del tagadá en un parque de diversiones en Llano Grande, salió del coma el viernes pasado y se recupera lentamente. Hasta la tarde de este lunes 11 de abril del 2016 permanecía en terapia intensiva del Hospital Eugenio Espejo, donde fue trasladado luego del incidente.

En las afueras de la casa de salud, Francisco Flores, su hermano mayor, cuenta que los doctores le explicaron que está fuera de peligro, pero que su estado aún es delicado. No pueden saber cuándo le permitirán ir a casa. Podría ser en dos semanas, dos meses o dos años.

Pero Francisco, quien lo visita todos los días, es positivo. 'Ya puede pronunciar un par de palabras. Esta mañana me dijo: 'Ya no avanzo'. Es muestra de su recuperación', comenta.

Francisco llega al hospital a las 08:00. A las 12:00 recibe el reporte médico, sale a almorzar y en la tarde regresa a la casa de salud. El médico le dijo que debe ser paciente, esperar que el cerebro de Carlos se deshinche y que él pueda respirar por sí solo.

Carlos trabajaba ayudando a su mamá en el negocio familiar: una lavandería. Con ese ingreso, cuenta su hermano, pasaba una mensualidad a su hija de dos años.

Francisco Flores, hermano de Carlos, se encarga de hacer seguimiento al estado de salud de su hermando. Foto: EL COMERCIO

Francisco Flores, hermano de Carlos, se encarga de hacer seguimiento al estado de salud de su hermano. Foto: EL COMERCIO

Hablar de dinero es complicado para Francisco. Dice que pese a que la atención que recibe su hermano es gratuita, han tenido varios gastos en lo referente a medicinas, pasajes y alimento. Calcula más de USD 1 000. Además, todas las tardes su madre debe cerrar la lavandería para poder ver a su hijo.

Carlos es un joven muy querido, según cuenta su hermano. En estos días ha recibido la visita de los vecinos del barrio Abdón Calderón Alto, en Cotocollao Alto, y de los compañeros del colegio en el que cursaba el sexto curso, en Llano Grande.

“Cuando me llaman sus amigos y yo estoy con él en la habitación, pongo el altavoz para que el escuche los saludos. A veces se emociona y trata de responder, pero no siempre puede. Le es difícil incluso fijar la mirada en un lugar. Ni siquiera puede controlar bien sus ojitos”.

Francisco cuenta que su hermano tiene una especie de lagunas mentales. No recuerda varias cosas del día del accidente.

Hasta el momento, 10 días después del accidente, ningún funcionario o autoridad se le ha acercado a solidarizarse ni a explicar cómo funcionan los controles en ese tipo de ferias. Finaliza con una pregunta ¿qué pasó con los entes de control de estos juegos?

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