15 de junio de 2014 19:02

Un viaje relámpago para el aplauso de colectivos

En el Tahuichi Aguilera, el presidente Correa asistió a la celebración de los 50 años del G77. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

En el Tahuichi Aguilera, el presidente Correa asistió a la celebración de los 50 años del G77. Foto: Julio Estrella / EL COMERCIO

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Santiago Estella G. Desde Santa Cruz de la Sierra

En Bolivia es costumbre componer canciones para todo. Tienen un tema musical para el periférico que está por construirse en La Paz; otro, para la estatal petrolera.

Y si algo faltaba, y que no dejó de asombrar a muchos, fue el tema que compuso Aldo Peña para la cumbre G77+China. “Con la Cumbre G77/ Bolivia contenta está”, decía parte del tema de la cita, que reunió a al menos 120 delegaciones, que conforman este bloque de 133 países en vías de desarrollo frente a los poderes hegemónicos mundiales.

El objetivo era discutir una agenda común que diera lugar a “un nuevo orden para Vivir Bien”.Pero el sábado, único día que estuvo el presidente Rafael Correa en Santa Cruz de la Sierra, la ciudad sede, no se discutió mayor cosa de esa agenda, que comenzó a debatirse ayer en los plenarios. Para eso ya no estuvo el Mandatario ni el canciller, Ricardo Patiño. Su presencia en esta ciudad boliviana, la más próspera del país, fue para acudir a aquello que ya es una costumbre cuando hay estas cumbres: las citas paralelas.

El estadio Tahuichi Aguilera se llenó para el Encuentro plurinacional y social de integración de los pueblos. Fue lo que se esperaba: una fiesta multicolor de los pueblos que llegaron desde los nueve departamentos del país, declarado el corazón de América.

De cada uno de ellos llegó con sus particulares trajes: ponchos multicolores, sombreros de alpaca, sandalias con espuelas que sonaban al ritmo de los tambores y las quenas, mujeres con sombreros que parecían apenas agarrarse de sus coronillas, mineros con sus cascos, petroleros, gente que venía de las alturas bolivianas con sus hojas de coca, centro de una de las batallas comerciales, legales y culturales de este país.

La inmensa mayoría de las 35 000 personas que llegaron al estadio mostraba la fidelidad al presidente boliviano Evo Morales. Lo dijo Juan Carlos Achaya Moreno, representante del sindicato mixto de mineros de Huanuni: “En la cumbre, venimos a estar presentes para apoyar el proceso de cambio”.

En medio de un ventarrón que trituraba los huesos del más fuerte, Correa compartió tarima y micrófono con aquellos presidentes de la órbita del socialismo que forman parte de este grupo de la ONU. Celebraban los 50 años de creación de este bloque, nacido para hacer que el sistema de comercio mundial sea menos asimétrico, pero también los 86 años que habría cumplido Ernesto ‘Che’ Guevara el 14 de junio, muerto en las sierras bolivianas. Y fue sobre todo un acto para mostrar al mundo que están unidos frente a cualquier “conspiración del imperialismo”, en palabras de Nicolás Maduro, de Venezuela, y Raúl Castro, de Cuba, o la “restauración conservadora” según Correa.

En un viaje relámpago de menos de 24 horas, poco se puede decir de los resultados de un encuentro y una cumbre de esta naturaleza. Correa llegó y lo esperó una comitiva en el aeropuerto con carteles en apoyo a la campaña ‘La mano sucia de Chevron’; en el Tahuichi Aguilera, miró y saludó a las multitudes, abrazó a sus pares, recibió los aplausos por su discurso que alentaba a unirse porque “la derecha no es tonta, superaron el aturdimiento de la debacle neoliberal” y se está uniendo para acabar con los gobiernos progresistas.

Por la noche, Correa asistió a los discursos de inauguración de la cumbre, escuchó la canción de Aldo Peña y regresó al país. Para el plenario de ayer, solo quedó Diego Morejón, subsecretario de la Cancillería, en una cita que, según el Presidente, nació para “dar voz a los sin voz”.

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