20 de December de 2009 00:00

La Biblioteca

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Iván Carvajal

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Conmociona una fotografía del cronista gráfico César Moreno en el libro Quito, los setenta (Consejo Nacional de Cultura, 2009): “La Biblioteca Nacional en ruinas”. Muestra la demolición del edificio que ocupaba la Biblioteca en San Blas, echado abajo para construir la avenida Pichincha.

Talvez no había más remedio que derrumbarlo para resolver un problema de tránsito vehicular, aunque no tuvo una adecuada resolución urbanística. En otra fotografía aparece el director de la Biblioteca, Jorge Icaza.

La Biblioteca se refugió dentro de la Casa de la Cultura, en un espacio mínimo. Pese a lo que han podido hacer las personas que han dirigido la Biblioteca, seguramente con buena voluntad,  hay el sentimiento de una enorme pérdida. Porque la Biblioteca está ligada a una tradición cultural, a la importancia que tuvieron en Quito los libros y el conocimiento al menos desde el siglo XVIII.  ¿No se reconoce a Eugenio Espejo como el primer bibliotecario?

Cuando la Universidad Central dejó su viejo edificio frente a Carondelet, la Biblioteca debió pasar allá. Se habría asegurado  el vínculo histórico entre la Biblioteca y la Universidad. Al menos, ese edificio alberga hoy a la Biblioteca Municipal.

Una biblioteca nacional es una institución dinámica y emblemática, que recoge la producción literaria e intelectual de un país, que sistematiza la información; en ella se investiga  la historia cultural de una sociedad. Se preservan las ediciones príncipes, los incunables, los manuscritos.

Hoy, la biblioteca tradicional está cediendo su lugar a la mediateca. Se trata no solo de conservar el material impreso en papel o  microfilmes, sino de incorporar videos, documentos en formato digital (por tanto, cine, música, y no únicamente literatura).

Vivimos en la era  del libro electrónico, de la biblioteca en red. Por consiguiente, la biblioteca está obligada a abrir su servicio a sus usuarios a través de Internet. Es, además, centro de conferencias, exposiciones, seminarios.

Una biblioteca debe ser también un ámbito arquitectónico de fuerte contenido simbólico. Cumple una función urbanística decisiva. ¿Se puede concebir hoy día un edificio de una biblioteca que no sea ella misma una obra de arte? Al menos ha de contar con mobiliario ergonómico, estanterías abiertas (claro que no para incunables, ediciones príncipes o manuscritos), mucha luz, ventanales, sitios de descanso, ojos de agua, jardines.

Invito a mis lectores a visitar la exposición dedicada a Salmona en el Hospital Militar, donde podrá ver fotografías de la estupenda biblioteca Virgilio Barco en Bogotá. Y a buscar imágenes de la mediateca de Sendai, obra de Toyo Ito.  ¿Acaso no nos merecemos en Quito algo semejante para la Biblioteca Nacional?

Columnista invitado

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