17 de junio de 2014 21:20

Cinco familias no saben por qué mataron a sus hijos

El padre de Joel, Luis, reveló que el pequeño murió estrangulado, según la autopsia. Estuvo 39 días desaparecido. Foto: Xavier Caivinagua / EL COMERCIO

El padre de Joel, Luis, reveló que el pequeño murió estrangulado, según la autopsia. Estuvo 39 días desaparecido. Foto: Xavier Caivinagua / EL COMERCIO

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Liz Castillo.  Redactora

La desaparición de Joel, de 8 años, el 31 de julio del 2013, escondía una escalofriante historia familiar que todavía no se esclarece totalmente. 39 días después el menor fue encontrado estrangulado.

Joel fue secuestrado supuestamente por su primo materno en el cantón azuayo de Santa Isabel, cuando retornaba de la escuela a su casa en el sector de Cataviña. La Policía de la Unidad Antisecuestro y Extorsión. (Unase) siguió la pista a José Luis C., hasta que encontró las pruebas para detenerlo.

Es uno de los cinco niños encontrados muertos de forma violenta en la capital azuaya desde el año anterior. Por lo menos tres casos fueron reportados por sus padres como desaparecidos ante la Unase.

Según la versión de José Luis C., de 22 años, que consta en el proceso judicial, a su primo lo encontró a unos 500 metros de la casa y le pidió que le acompañara a dejar unos papeles para luego dejarlo en su vivienda que estaba en la misma vía.

Por información proporcionada por una adolescente que los vio juntos en la moto, los uniformados sospecharon que se trataba del primo materno. Pero a los padres de Joel les costaba creer que él fuera uno de los sospechosos.

“No entiendo por qué… Nunca tuvimos problemas con él ni con su familia, más bien éramos unidos”, expresó Luis G., padre de la víctima.

A los 15 días del secuestro, él recibió una llamada telefónica pidiéndole USD 10 000 por la vida de su hijo.

Tras ser detenido, en la audiencia, el sospechoso confesó que se llevó al niño y lo vendió en Aguas Verdes (Perú). Pero eso había sido mentira. Al finalizar esta diligencia, él le entregó un papel a su conviviente de la ubicación donde estaba el cadáver del niño y le pedía que lo entierre bien para que nunca lo encuentren.

La mujer contrató a dos albañiles que delataron del hecho a la Policía. Luis G. confirmó que era su hijo porque carecía de los dos dientes, por la vestimenta y el cordón con su zapato que amarraban su cuello. “Era solo huesitos, tenía una herida en la cabeza y estaba irreconocible”, relata el padre.

La autopsia reveló que fue asesinado tres semanas después de su desaparición. Pero en la versión, el detenido aseguró que murió el mismo día. Se cayó de la moto, sangraba mucho y comenzó a convulsionar. “En esa situación mi cómplice -que está prófugo- lo ahorcó”, es parte del testimonio que consta en el proceso.

El padre imagina los gritos de auxilio de su hijo y llora. Cuenta que desde la desaparición, las lágrimas le acompañan a diario a Elsa A., madre del menor. “Siempre la encuentro llorando. Era su compañía todo el tiempo, solo se separaban cuando iba a la escuela”, comenta.

Las otras dos hijas de esta pareja escondieron todas las pertenencias del hermano para apaciguar el dolor que existe en la familia. No hay fotos en la sala de la casa ni cuadernos ni juguetes. Pese a que han tratado de ocultar esos objetos, el papá recuerda que cuando sale de la casa parece ver que su hijo llega feliz a abrazarlo.

Ese dolor vive Martha T., a quien le secuestraron a su hija Viviana, de 10 años. La menor desapareció el 26 de febrero pasado cuando retornaba del catecismo a su casa en Guiltabacay, Azogues. Apareció tres días después asesinada.

Su cuerpo había sido arrojado cerca del río Tomebamba, por el sector de Sayausí. Las lágrimas no dejan de caer por sus mejillas mientras narra los hechos. Hasta ahora solo conoce que están cerca del autor y que se trataría de un “depravado”.

Este caso aún no se esclarece, aunque Germán Cevallos, jefe de la Policía Judicial de Azuay, reveló que tienen identificado al supuesto autor del crimen, pero no dio detalles por seguridad.

Además, los uniformados están a la espera de varios pruebas periciales (ADN, dactilares, si hubo violación sexual…) remitidas a laboratorios de Quito para actuar. La autopsia reveló que hubo golpes y maltrato. El caso conmocionó a Azogues, por eso hace tres meses hubo una marcha de apoyo.

Otros casos aún no esclarecidos son el asesinato de Wilson, de 10 años, que fue encontrado en julio pasado en la quebrada de Utul, en Molleturo. El menor que provenía de una familia humilde tenía cuatro heridas de arma blanca y una piola que cruzaba por todo el cuerpo.

Tres meses antes se registró el hallazgo del cuerpo de una menor cerca de una quebrada en el sector de El Calvario, al sur de Cuenca. La necropsia reveló que fue asfixiada y estrangulada. La semana anterior, el gobernador de Azuay, Humberto Cordero, relacionó a las muertes violentas registradas en Azuay con el consumo de alcohol y drogas.

Martha T. está tan afectada por el crimen de su hija que no soporta ver a sus otras dos hijas coger la cámara porque imagina a Viviana en sus locuras de niñas tomándose fotos.

Todo fue guardado y ella no tiene fuerzas ni para ir a la escuela donde estudiaba a devolver unos libros. “Me duele ver a sus compañeras correr, gritar, jugar…”. El padre de Viviana vive hace nueve años en los Estados Unidos, pero tras la desaparición nadie le llamó pidiendo rescate. Por eso, los agentes de la Policía y de la Fiscalía han centrado la investigación en otro móvil y los resultados aún se esperan.

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