6 de January de 2010 00:00

Apuntes sobre ‘Banana Republic’

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Carlos Larreátegui

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Tratando de encontrar rastros que pudieran explicar el verdadero proyecto de AP o su ideología, he leído con atención la obra publicada por el Presidente Correa, “Ecuador: de Banana Republic a la No República”.

Al igual que el discurso gubernamental, la obra critica acremente los modelos económicos de sustitución de importaciones (ISI) y  neoliberal,  pero no propone un esquema alternativo ni traza las coordenadas reales de la “revolución ciudadana”.

Al final –parafraseando al escritor  Heinlein--  fue como buscar, a medianoche, en un cuarto oscuro, un gato negro que no existía.

No me propongo desvirtuar en este artículo, una vez más, la existencia del modelo neoliberal en el Ecuador; hablar de neoliberalismo es forzar, sino falsificar, la historia. El país ha vivido y vive, hoy más que nunca, el modelo mercantilista, cuyas características básicas son: protección de grupos y sectores a través de monopolios públicos y privados; clientelismo y subsidios al granel;  inflamiento del Estado y su burocracia; redistribución discrecional de una riqueza decreciente; ausencia de verdaderos mercados y reglas de competencia que estimulen iniciativas e inversiones.

Me parece más útil, entonces,  desbrozar algunos conceptos aislados del libro, que arrojan pistas para entender la forma en que el Presidente concibe el poder y el liderazgo.
Me reservo para otra ocasión el análisis de los inquietantes conceptos sobre dolarización que contiene el libro.

El Presidente reconoce en abstracto el valor de las instituciones políticas pero afirma, al mismo tiempo, que en América Latina existen antivalores que impiden su buen funcionamiento.

Para edificar instituciones sólidas, un Estado de Derecho y desarrollo, debemos, primero, “lograr un adecuado cambio cultural”. Hasta tanto, los “buenos líderes” (p.195)  pueden suplir las falencias del “capital institucional, social y cultural”. Esta afirmación nos da la clave para entender por qué el Gobierno desprecia las instituciones y convierte a la voluntad presidencial en la fuente primigenia del poder político.

¿Y quién es un líder? En palabras presidenciales, quien tiene “la capacidad de influir sobre los demás” (p.195). Bajo este concepto entrarían en la categoría de líderes  Hitler, Escobar o  Jim Jones, que empujó al suicidio a cientos de seguidores en la Guyana. El liderazgo está enraizado en valores y no en el poder que confiere la autoridad formal.

Como dice el profesor Ronald Heifetz, un verdadero líder debe movilizar a sus seguidores para que confronten sus problemas y tomen parte activa en su solución. Eso implica elevarlos espiritualmente y no utilizarlos; promover trabajo, creatividad y desarrollo personal  y no matar sus sueños con simples dádivas.

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