6 de abril de 2017 21:09

Andrés Páez se mudó frente al CNE

A las 00:30 del miércoles 5 de abril de 2017, Páez se sentó sobre una banca de plástico. Abrió una bolsa de papel, sacó una hamburguesa. La comió. En la mano derecha tenía el refresco, que estaba sin hielos. La temperatura de Quito a la madrugada fue de n

A las 00:30 del miércoles 5 de abril de 2017, Páez se sentó sobre una banca de plástico. Abrió una bolsa de papel, sacó una hamburguesa. La comió. En la mano derecha tenía el refresco, que estaba sin hielos. La temperatura de Quito a la madrugada fue de nueve grados centígrados. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Diego Puente
Redactor (I)

Andrés Páez es el nuevo ‘inquilino’ de Bellavista, un barrio del norte de Quito. Los dueños de los apartamentos cercanos le prestan el baño para asearse. Otros le invitan a desayunar. El candidato a la Vicepresidencia por el movimiento Creo-SUMA no abandona los alrededores del Consejo Nacional Electoral (CNE) desde el domingo 2 de abril del 2017, cuando se realizaron las elecciones de la segunda vuelta.

El vehículo de Páez, estacionado sobre la avenida 6 de Diciembre, también le sirve de cama para descansar. Tiene siestas entre las jornadas de protesta. Desde hace cuatro noches esta ha sido la rutina del vicepresidenciable que considera que hubo “fraude” y que reclama el reconteo de votos de la autoridad electoral.

A las 00:30 del miércoles 5 de abril de 2017, Páez se sentó sobre una banca de plástico. Abrió una bolsa de papel, sacó una hamburguesa. La comió. En la mano derecha tenía el refresco, que estaba sin hielos. La temperatura de Quito a la madrugada fue de nueve grados centígrados.

Se sirvió el bocado sobre una tarima que se instaló cerca del CNE, en el norte de Quito. Los manifestantes que apoyan al binomio de la oposición se han reunido desde el domingo para protestar en contra de los resultados que dieron como ganador al candidato oficialista Lenín Moreno, de Alianza País.

Los manifestantes son separados por dos cercas que tienen letreros del Ministerio del Interior. En un lado están militares y policías armados vigilando que las actividades de los otros se desarrollen pacíficamente.

No solo la presencia de los militares ha creado una atmósfera de confrontación. Los propios manifestantes llaman al territorio ocupado por ellos como “el campamento” y no lo abandonan. En la madrugada 60 personas hacen guardia e incluso toman turnos para vigilar los alrededores. Temen que las fuerzas del orden los desalojen en cualquier momento.

En el lado de las protestas se instalaron seis carpas blancas para guarecer a los manifestantes en caso de lluvia. Un equipo de la Empresa de Agua Potable y Saneamiento de Quito surte de agua a quienes llegan con banderas tricolores y también del binomio de Creo-SUMA. Los agentes metropolitanos impiden el ingreso desde el túnel Guayasamín a la avenida. Otros ciudadanos llevan pan y café para repartir a los que están en la protesta.

En el límite que separa a policías de ciudadanos se montó una pantalla gigante. Ahí se proyectan manifestaciones de oposición en otras ciudades y mensajes contra el presidente Rafael Correa. En ocasiones se reproducen videoclips de esas canciones que suelen escucharse cuando juega la Selección.

Páez dice que no abandonará la calle hasta que se cumpla con el reconteo de votos. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Páez dice que no abandonará la calle hasta que se cumpla con el reconteo de votos. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Cuando da entrevistas, Páez lo hace con dificultad. La garganta está lastimada. Habla sobre un supuesto fraude que favoreció al oficialismo. Dice que no abandonará la calle hasta que se cumpla con el reconteo de votos. “Patria o tumba”, son sus palabras finales.

Cuatro cuadras hacia el sur, otro grupo que no tiene una cabeza visible, quema llantas e impide el tránsito en la avenida De los Shyris y Eloy Alfaro. Ahí se escuchan tambores que acompañan los gritos en contra del Régimen. La Policía no interviene y deja que los manifestantes se retiren por su propia decisión.

En el ambiente hay un aroma a canelazo y vino hervido. Las comerciantes venden el vaso a 50 centavos y la botella a cinco dólares. El fuego de las cocinas industriales calienta en algo el ambiente. Entre la basura hay volantes en los que se hace alusión a las inconsistencias de actas que se mezclan con cajas de whisky y envolturas de comida.

La noche avanza y aumenta el número de manifestantes. En los parlantes suenan los discursos de personas que dicen ser representantes de otras provincias. Dicen que están con el “valiente pueblo quiteño” y que se sumarán a un posible paro nacional en rechazo a las votaciones. Mujeres en tacones permanecen cerca de 6 horas frente a la tarima. Hay trabajadores, oficinistas, estudiantes, niños, adultos mayores…

La ocasión ha servido de tarima para políticos. Miguel Moreta, asambleísta por Santo Domingo, de Creo, tomó la palabra para arremeter contra el CNE.

Aunque los políticos son mesurados en sus discursos, hay desconocidos que llaman a la violencia. En el uso del micrófono no faltan insultos contra el Gobierno. Entre la multitud suena un bombo y unos adolescentes lideran barras en contra de los funcionarios.

Mientras los oradores de turno hacen su intervención, Páez sale de la tarima, pide permiso a los policías y le dejan cruzar la barricada. Compra analgésicos y pastillas que le prescribió su doctor en la farmacia cercana.

Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

En los exteriores del CNE Páez se encuentra con simpatizantes. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Sale del lugar y se encuentra con seguidores. Los hombres le dan consejos para un nuevo discurso. Las mujeres, en su mayoría, piden tomarse auto fotos con el candidato. Él sonríe, pone el pulgar arriba, besa a las mujeres de la tercera edad que le dan la bendición.

Cecilia Mencías, de 71 años, dijo estar indignada por el “engaño y corrupción” que se ha visto en 10 años. Añadió que está en las calles para defender el voto por Guillermo Lasso. Manifiesta que no confía en los resultados electorales.

A las 22:00, la manifestación llega a su clímax cuando se entona el Himno Nacional. Las personas se descubren la cabeza y ponen su mano en el corazón. La letra se escucha con fuerza. Los policías y militares, en el otro lado, permanecen en posición de descanso.

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