19 de April de 2011 00:00

Abajo el sentido común

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Dos personas más han ido a parar tras las rejas por afectar la majestad del líder. En el mundo del sumak kausay, una palabra o un gesto pueden hacer la diferencia entre la libertad y la prisión. Una ley expedida por la última dictadura se ha convertido en el instrumento eficaz para silenciar las voces de personas comunes y corrientes, así como la doctrina de la seguridad nacional ha servido para criminalizar las protestas sociales. En plena campaña electoral resulta imposible que alguien le haga saber al que nunca se equivoca, de frente y con el único recurso a su alcance, que no está de acuerdo con él. Ni siquiera los carteles colocados con anterioridad pueden dejar una mínima huella de discrepancia, como se comprobó en Montecristi cuando fue desmontada toda la propaganda por el NO en la consulta.

Lo preocupante de esto no es tanto la actitud del caudillo, que al fin y al cabo puede explicarse por un conjunto de factores personales y por el efecto envanecedor del disfrute personalista del poder. Lo más grave se encuentra en las acciones de sus seguidores y en las consecuencias que vendrán. La intransigencia personal se ha ido desplazando hacia los círculos que lo rodean, convirtiéndose en la conducta generalizada. Así, la tropa de guardaespaldas ya no espera una orden para detener a quien sospechosamente se rasque la cara con el dedo medio o se toque la articulación del brazo. Ya no sorprende que cualquiera de los funcionarios provisionales y accidentales amenace con sacar a patadas a los que hacen preguntas que llevarían a respuestas que no serían del gusto del jefe.

Algunas consecuencias se han visto ya a lo largo de estos 4 años, pero va a ser mucho más lo que se puede cosechar si se sigue sembrando intolerancia. La respuesta tenderá a situarse en el mismo plano y de esa manera se configurará un ambiente de intransigencia política generalizada. Las palabras y las acciones de dirigentes –del dirigente máximo y único, en este caso– pasan a convertirse en puños, como acertadamente se las califica en un libro reciente en España, que conmemora los 80 años de la República. El golpe de Franco, la guerra civil y la larga dictadura obedecieron en gran medida a ese clima creado por la intolerancia de los dirigentes.

No solo es preferible, como válvula de escape, dejar que se expresen las voces de los ciudadanos de a pie, sino que al líder rodeado de aduladores le resultaría sano escucharlas. Es poco probable que solo se llegue a lo anecdótico, como en aquella ocasión, cuando la política aún se hacía dentro de los límites de la Plaza Grande, que alguien gritó “Viva Velasco, abajo el sentido común” y el desconcertado jefe del piquete policial optó por detener al manifestante. “Por si acaso” fue la respuesta que dio el agencioso policía cuando le preguntaron por los motivos de la detención.

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