8 de September de 2010 00:00

Zuleta aprendió a cuidar a sus cóndores

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Redacción Sierra Norte

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Tarishca es de plumaje abultado y de pico afilado. Él es uno de los ocho cóndores que viven en cautiverio, en Zuleta, al sur de Ibarra. Su cresta puntiaguda y carnosa sobresale y así se diferencia de las hembras. Las verdes montañas de la hacienda Galo Plaza Lasso se convirtieron en su hogar. En medio de la vegetación, a 2 800 metros de altitud, se levantan dos cerramientos de malla que albergan a ocho aves, cuya sobrevivencia está amenazada.Según la Fundación Zoológica de Quito, encargada de administrar el Zoológico de Guayllabamba, en el país quedan apenas 50 cóndores.

Por eso el proyecto, coordinado por el Grupo Cóndor, fundaciones Zoológica y Galo Plaza Lasso, comunidad de Zuleta y el Ministerio de Ambiente, busca proteger esta especie, a través de parejas reproductoras.

Precisamente una de ellas es Tarishca y Coya. Ellos serán llevados hasta el páramo de Zuleta, a 3 500 metros, para que procreen. Allí permanecerán sin contacto humano, los alimentarán a las 05:00 y serán monitoreados por varios especialistas.

El veterinario Andrés Ortega está seguro que “el involucramiento de la comunidad es importante”. Uno de los encargados de cuidarlos es José Miguel Cachipuendo. Él es un comunero, de sonrisa amplia y de estatura mediana, que atiende a los cóndores como a sus hijos.

Cada tres días, Cachipuendo los alimenta con carne de res, borrego o caballo. Cada ave consume en promedio tres kilos de carne con piel para que no pierdan la costumbre de desgarrar como lo harían en la vida silvestre. Así también se permite que tengan más libertad. Incluso comparten su comida con los cóndores silvestres que merodean este sitio.

En cambio, Luis Recalde lleva la comida hacia el páramo. Allí permanece una pareja de cóndores en espera de procrear. Él sale desde su casa a las 04:00, los lunes y viernes y llega al páramo a las 05:00. En su motocicleta adaptó una lonchera con un tacho para llevar los 15 kilos de carne. Él es el guardaparque de las 4 740 hectáreas protegidas de la comuna.

Esta área es rica en fauna y flora. Existen pumas, venados, osos y cóndores. Además, los comuneros reforestaron unas 130 ha con polylepis. La comuna apoya con la vigilancia del área, el transporte del alimento y cuidado de las aves. Recalde trabaja, desde el 2009, cuando las Fundaciones Zoológica y Galo Plaza Lasso y la comuna firmaron un convenio para cuidar al cóndor.

Cachipuendo recuerda que en una ocasión observó a 15 cóndores silvestres. Él conoce bien a las grandes aves. Las cuida hace 14 años cuando la Fundación Galo Plaza Lasso comenzó con el proyecto Cóndor Huasi. Su motivación para cuidar a los cóndores nació a raíz de una enfermedad que le impidió trabajar en un proyecto de truchas. El constante contacto con el agua le afectó, por eso su jefe decidió cambiarle de trabajo.

El olor a hierba fresca se expande por La Rinconada de Zuleta, residencia de los cóndores. Los osos y el ganado dan más vida al sitio rodeado de montañas y de exuberante vegetación. A pocos metros del sitio se levanta la histórica hacienda de Zuleta.

Cada tres meses las aves son chequeadas por los veterinarios. Las desparasitan, las curan si tienen alguna afección o están lastimadas y les suministran vitaminas y minerales.

La comunidad de Zuleta, a 30 minutos de Ibarra, reúne características especiales para que habiten los cóndores. A parte del interés de la gente, el sitio es estratégico por la presencia de cóndores silvestres, el viento frecuente y por la seguridad que brinda a las aves.

Los comuneros de Zuleta conocen del valor del cóndor. “Para mí los cóndores son una reliquia”, confiesa José Miguel Cachipuendo. La Fundación Zoológica a través de talleres, actividades lúdicas y charlas trabaja con la comunidad para que se empoderen del proyecto de conservación de cóndores. Una de estas acciones fue la velada del cóndor, del mes pasado.

A esta iniciativa se agrega la formación que reciben los comuneros desde la escuela. Aunque José Alvear, presidente de Zuleta, indica que hace mucho tiempo ya tenían una conciencia ecológica. “Antes cuando un cóndor volaba por el campo se decía que atraía la lluvia y cuando una pareja volaba cada cual por su lado era de malaguero”.

Por eso, José Miguel Cachipuendo, de piel curtida por el sol, trabaja porque quiere que la especie perdure.

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