4 de noviembre de 2018 00:00

Saber vivir con el desencanto

Wilson Pico en uno de los espacios de la Sala Mariana de Jesús de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, su laboratorio escénico durante las últimas dos décadas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Wilson Pico en uno de los espacios de la Sala Mariana de Jesús de la Casa de la Cultura Ecuatoriana, su laboratorio escénico durante las últimas dos décadas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

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Gabriel Flores
Redactor (I) gflores@elcomercio.com

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En el 2003, el maestro Wilson Pico estrenó en la Sala Mariana de Jesús de la Casa de la Cultura la obra ‘Sigamos pecando’, un concierto de boleros interpretados y bailados por él, y una de sus piezas donde la idea del desencanto está más presente. Quince años más tarde, en otro ambiente de la misma sala, reflexiona sobre la vigencia del desencanto en la vida contemporánea.

¿Por qué hablar del desencanto se volvió común en los últimos años, sobre todo en Latinoamérica?
Una entrada para entender por qué cada vez más gente está hablando del desencanto son los conflictos sociales, económicos, religiosos y políticos que vivimos no solo en Ecuador sino en el mundo. La otra entrada está vinculada a una parte más íntima de los seres humanos. No es algo nuevo sino un tema que la humanidad ha venido arrastrando desde siempre, y que se ha manifestado de una manera formidable en géneros musicales como el pasillo, el tango y los boleros.

¿Cada época tiene sus propios desencantos?
Me parece que el desencanto es parte de la naturaleza humana, pero va cambiando con el paso del tiempo y las circunstancias. Pienso, por ejemplo, en el desencanto que ha generado la violencia en países como Colombia, o el desencanto que se vivió en Brasil el fin de semana con la elección del nuevo Presidente. Ahí ayuda mucho recordar las palabras de José Mujica que dijo que esta es una oportunidad para entender que todos nos podemos equivocar y también para recordarnos que nada es para siempre. Sus palabras están orientadas a no dejarnos destruir por el desencanto y mantener la gratitud por estar vivos a pesar de las circunstancias.

¿Es inevitable vivir en una puja constante entre ilusionarnos y desencantarnos?
Muchas veces necesitamos soñar y anhelar de una manera desmedida. Puede ser que algunos de esos sueños y anhelos se cumplan pero habrá otros que no. Ahí es cuando, muchas veces, surge la decepción. Pienso, por ejemplo, en el niño que se enamora de una de sus compañeras de la escuela sin saber aún que los sentimientos y las emociones tienen su propio hervor.

Entonces estamos condenados a vivir en medio de constantes desencantos.
Creo que la palabra condena es muy fuerte porque está relacionada con esta idea de eternidad y de alguna manera con la idea de castigo. Siempre tenemos que estar alertas a las cosas negativas de la religión judeocristiana como el sentimiento de culpa. Mientras más lejos estemos de la culpa, nuestro proceder en el mundo va a ser más sincero. El desencanto siempre va estar ahí. La idea no es eliminarlo sino aprender a vivir con él y convertirlo en pretexto para nuevas salidas.

¿El desencanto por la llegada al poder de políticos como Donald Trump en EE.UU. o Jair Bolsonaro en Brasil tiene que ver de alguna manera con la pérdida de las utopías?
Se relaciona de alguna manera. Nuestra existencia no se va a solucionar gracias a los políticos. Lo que sí nos sirve es esta idea de utopía, porque nos ayuda a rebasar la cotidianidad del pensamiento. Nos ayuda a remover y a sacar las fuerzas que cada uno tiene escondidas en su cuerpo y en su mente. Gracias a ellas la humanidad ha conseguido cosas importantes. Las desilusiones, las decepciones y los desencantos son parte de la vida, pero lo que está pasando en el mundo tiene que ver mucho con las falsas utopías. Por eso, ahora más que nunca hay que afrontar la vida con valores como la honestidad y el equilibrio.

También hay un desencanto por las grandes instituciones de la sociedad como la Iglesia o el Estado.
Sí, porque ha salido a la luz toda la corrupción que esconden. Ahí los más desencantados son los que han seguido obedientemente los dictámenes de esas instituciones. Estoy convencido de que mientras una persona y su pensamiento se mantienen más independientes, va a sufrir menos decepciones y desencantos. Con esto no quiero decir que tengamos que vivir aislados o desconfiando de todos, pero sí atentos a las circunstancias que nos rodean.

¿Cree que en la actualidad es más fácil vivir desencantado que ilusionado?

Curiosamente la idea de progreso que nos vendieron, en la que todo tiene una solución, ha detonado en que nos desencantemos con más rapidez. La gente está asumiendo el desencanto con más facilidad y lanzando la culpa de esas decepciones al mundo exterior.

¿Qué pasa cuando el desencanto le gana a la ilusión o a la esperanza?
Creo que ahí se produce una pérdida de equilibrio en nuestras vidas. Hay cosas que definitivamente tienen solución, pero es más complicado si pensamos en las cosas que tienen que ver con el corazón y con el alma. En ese plano hay cosas que creemos que son inquebrantables y sin embargo se pueden quebrar. Eso no quiere decir que necesitamos estar en constante protección y encierro para que no nos decepcionen, sino más bien pensar en que necesitamos tener una actitud de atención permanente, para no perder la capacidad de comunicación y de contacto con las personas que están cerca nuestro.

¿A qué nunca tendríamos que perderle la esperanza o esas ganas de encantamiento?
Tomo la palabra esperanza como una bandera. Algo de lo que yo no me voy a desencantar nunca es de la esperanza de tener un país conocedor de su cultura. Con Amaranta Pico sacamos el libro ‘Cuerpo Festivo’. Para ese proyecto visitamos 12 comunidades mestizas, negras e indígenas del país. Ahí conocí el Ecuador profundo y eso es algo que anhelo para todas las personas.

¿De qué sí deberíamos desencantarnos?
De las sociedades donde impera un sentido de dominación. Creo que los países que quieren dominar a otros no son un buen ejemplo de un anhelo social.

¿Cree que los jóvenes son más propensos al desencanto y a la decepción o la edad no tiene nada que ver?
Provengo de una generación que pensaba que el cambio social estaba a la vuelta de la esquina. Cuando tenía 16 años nunca pensé que en el país se iba a llamar revolución a algo que nunca lo fue. La lección que he sacado de esos desencantos es que hay que seguir respirando y buscando nuevos caminos, que en mi caso fue el de la estética. La estética es tan valiosa como el pan que comemos todos los días porque nos ayuda a evitar caer en las imposiciones sobre lo que es bonito o lo que no lo es. Una de las cosas más hermosas de los seres humanos es la capacidad de dar respuestas estéticas a nuestros conflictos.

Entonces para usted la danza se convirtió en su salida al desencanto.

No solamente la danza sino todas las manifestaciones artísticas. Como artista y bailarín siento que expresé muy bien el tema del desencanto en una obra que se llama ‘Sigamos pecando’, un montaje en el que aproveché que aprendí a cantar desde niño para armar un recital donde canté, bailé y actué. Es como una especie de suit con una serie de boleros muy populares. El mensaje con el que termina esa danza es el de una viejita con bastón instando a la gente a seguir pecando.

¿Cuál ha sido su peor desencanto?

A nivel personal, aunque voy a parecer cursi pero no me importa porque es parte de mi naturaleza, el desencanto que tuve con una niña que vivía en la esquina de mi casa cuando tenía ocho años. Yo vivía enamorado de esa niña y nunca tuve su atención. A nivel social mi peor desencanto ha sido toda la corrupción que se ha generado desde el poder. La corrupción es una de las cosas que más desencanto provoca en la sociedad porque se agazapa y se esconde. Nosotros nos enteramos de sus existencia mucho tiempo después. Ahora me siento cada vez menos desencantado porque he aprendido a vivir de una manera más independiente.

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