18 de agosto de 2019 00:00

Las máscaras nos redefinen

Virgilio Antonio Valero posa en el Microteatro Gye de La Bota, plataforma a orillas del estero Salado, donde trabaja como actor o director escénico. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

Virgilio Antonio Valero posa en el Microteatro Gye de La Bota, plataforma a orillas del estero Salado, donde trabaja como actor o director escénico. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor(O)
agarciav@elcomercio.com

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Actor, director teatral y artista plástico, Virgilio Valero lidera hace más de 30 años el grupo Teatro Ensayo Gestus. Él argumenta que la máscara reafirma lo que los seres humanos no queremos mostrar.

En el teatro, la máscara es el personaje. En su pintura está el punto de partida para indagar temas como lo monstruoso y la identidad, en ambos casos como una forma de referir a las grandes preguntas de la humanidad, dice Virgilio Antonio Valero. El actor guayaquileño reflexiona en esta entrevista sobre el concepto y el significado de la máscara.

¿Qué primeras impresiones le suscita el concepto y el tema de la máscara?

El primer punto de encuentro es con el teatro. El intérprete reconstruye su cuerpo, su rostro, su ser para representar algo desde la teatralidad. Cuando uno construye un personaje no es que uno se abandona, porque está su estructura anímica, física, mental, pero se permite esa ilusión de transformación. Hay que reconstruirse, ordenarse. Uno tiene que acudir a la máscara en el mejor sentido, esa posibilidad de transmutarse intentando ser otro a través del personaje, del papel, de la historia. Y siempre me ha llamado la atención esa deconstrucción, que a la vez genera otra construcción.

¿Es también así en la vida?

Todos usamos máscaras, siempre estamos jugando roles. Pero como la máscara reafirma aquello que no quieres mostrar, también creo que define de alguna forma tu identidad.

¿De qué forma?

El tema del rostro y la máscara está relacionado con preguntas íntimas acerca de lo que estamos hechos, nuestras fórmulas predilectas de relación con los demás y los rostros que ordenamos de acuerdo con cada situación. Las máscaras nos reelaboran, el punto es cuando no sabemos diferenciar entre la máscara y lo que realmente somos, cuando no sabemos que hay debajo.

¿Las máscaras sociales que usamos entonces definen también lo que somos?

La máscara nos transforma de cierta manera, como lo hace en el teatro. Es decir, sorteamos y reelaboramos lo que somos a través de la máscara, a menudo de forma automática e inconsciente.

¿Y cuándo no diferenciamos entre máscara de la verdadera identidad?

Para los griegos no había una diferencia entre máscara y rostro, eran una misma cosa, incluso se dice que la palabra persona es un préstamo del latín que significa ‘máscara de actor’, ‘personaje teatral’ y pasó de las acepciones teatrales a designar al individuo mismo, generalizándose al ser de la especie humana. Y creo que para ellos era la misma cosa, nosotros, con la modernidad, hemos separado rostro, máscara, persona, personaje, rol.

¿Si antiguamente máscara y persona eran consideradas una misma cosa, qué cree que pasa ahora?

En la contemporaneidad se me hace más enfática esa diferencia entre rostro y máscara en la vida cotidiana, a costa de los avances tecnológicos seguimos encubriéndonos. La Internet está plagada de esos estereotipos, imperan las máscaras del exitoso, del vegano, del intelectual...

¿En las redes sociales nos enmascaramos como en ninguna otra parte?

Son unas mascaradas festivas, aunque muchas veces eso que mostremos está distante de lo que somos realmente, así se suelen enfrentar al mundo.

Es curioso que mencione a los griegos que inventaron la cara triste y la sonriente como símbolos del teatro. ¿Cómo relacionarlos con el tema?

El mundo es un teatro, también en la vida participamos de esa teatralidad. La vida es un componente de las dos facetas, la vida con sus grises es ese tránsito entre esa dualidad, entre la risa y el llanto, entre la tragedia y la comedia, y de alguna manera es lo que mostraban las máscaras griegas del teatro. En esa línea está la vida.

¿Qué diferencias habría entre el uso de la máscara en el teatro y en la vida?

En la vida cotidiana es como un juego de inserción para poder entrar en la sociedad, para cubrir aquello que no queremos que la gente vea. En el teatro es un juego mucho más honesto, al contrario de lo que puede pensarse.

¿Puede existir honestidad en una mentira?

Considero que el teatro es una de las profesiones más honestas, porque uno se queda totalmente expuesto, con sus emociones, su cuerpo, su historia, su memoria, está ahí cuando uno lo entrega al público. Y a veces uno hurga zonas que precisamente no son las que siempre está exponiendo en la vida cotidiana. Lo que intenta hacer precisamente el actor o la actriz es llegar a una veracidad. Por eso, cuando entro en un personaje sí soy muy detallista con su vida anterior, sus formas y constituciones, que no se quede en una cosa excesivamente plana, porque la máscara también puede generar estereotipos, de hecho genera estereotipos. Mira que la gente cuando te habla en términos coloquiales te dice, ‘ah, no me hagas teatro, deja el drama’, como refiriéndose a no mientas, no exageres, no subrayes, cuando en realidad ya profesionalmente es al revés.

¿Qué tanto ponerse una máscara social es un proceso inconsciente?

Sí, a menudo no es que lo hagamos voluntariamente, quizás los políticos sí (sonríe). ¡Qué buenos actores son, cómo nos engañan! Y parece que quisiéramos creer. Pero elaboramos la máscara para ocultar aquellas zonas que no queremos revelar, andamos por la vida diciendo que somos exitosos, pero en realidad escondemos el temor a no serlo. Andamos diciendo que tenemos todo bajo control, cuando en realidad lo que ocultamos es que somos muy inseguros.

¿Cuál cree que sea la máscara social por excelencia?

La felicidad. En la contemporaneidad todo el mundo aparenta ser feliz, porque la felicidad significa ser exitoso. Creo que habría que revisar lo que consideramos el éxito. Usamos la máscara de la felicidad para cubrir lo otro, la infelicidad de una época en donde hay violencia a cada paso que caminas, donde la corrupción se mueve en todos los niveles y los recursos se agotan por ese alto consumo que demanda la idea de la felicidad.

En el teatro, lo que más he tratado ha sido esa relación del hombre con la incertidumbre y con su angustia existencial, muchas veces con las grandes preguntas del ser humano, como aquella de cuánto nosotros mismos colaboramos para nuestra propia destrucción.

¿Cree que el uso de la máscara está naturalizado?

La mayoría lo acoge como una forma de protección, como algo natural que aprendemos desde niños, los hombres no debemos llorar -por ejemplo-, en ese caso la máscara es toda una construcción social.

¿Cómo cree que se relaciona el tema con las nociones de lo monstruoso y de la identidad?

En mi plástica está presente la máscara de forma monstruosa. Y la máscara festiva, que nos permite el rito de la fiesta. Me llama mucho la atención ese punto medio del trance en las fiestas populares latinoamericanas, en donde a través de la máscara, del rito y de la fiesta, tú te permites lo que no debes ser, se te ofrecen todo tipo de licencias en los tipos de roles que interpretas. Pero es permitido solo en ese espacio y tiempo de la fiesta y el rito, como en un teatro. Es como un trance donde no eres censurado por los roles que juegas, la gente te acepta, la comunidad te recibe, luego termina la fiesta y ya tendrías que volver a ‘la normalidad’ ente comillas. Por eso el Carnaval es antes del Miércoles de Ceniza, porque el Carnaval es aval al diablo. Luego viene el Miércoles de Ceniza donde te purificas y te devuelven a la cotidianidad.

¿Qué nos dicen esas mascaradas de la identidad?

Hablan de lo pecaminoso, que viene de nuestra cultura judeocristiana, porque para nuestros antepasados, los aborígenes en América, la máscara demoniaca era más bien como ponerse a la altura de ese mundo imaginario de los dioses. La tradición judeocristiana viene a censurarla y satanizó esa relación más horizontal con el mundo interior o espiritual que tenían nuestros aborígenes a través de la ayahuasca o el peyote. Hay también allí todo un juego de mascaradas.

Virgilio Valero
(Guayaquil, 1958) Ha integrado elencos de películas como ‘La Tigra’ y de la miniserie ‘Los Sangurimas’. Es actor, director teatral, catedrático y artista plástico. Fundó y dirige el grupo guayaquileño Teatro Ensayo Gestus desde 1987. En julio pasado recibió de la Municipalidad de Guayaquil el reconocimiento como uno de los ‘100 guayaquileños destacados’, por su aporte a la ciudad.

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