Vestigios revelan a los ancestros de los shuar

María Aguilera forma parte de la organización Ivacma, dedicada a conservación. Foto: cortesía Invacma

María Aguilera forma parte de la organización Ivacma, dedicada a conservación. Foto: cortesía Invacma

María Aguilera forma parte de la organización Ivacma, dedicada a conservación. Foto: cortesía Invacma

Entre los ríos Machinaza y Zamora, en pleno escenario bélico en el que Perú y Ecuador se enfrentaron en 1981 en la denominada guerra de Paquisha, se encuentra una de las zonas auríferas más grandes del país. Sin embargo, la cordillera del Cóndor ha develado que no solo posee riqueza mineral, sino también vestigios arqueológicos invaluables que hacen que se replantee incluso la época en la que el ser humano asentado en nuestro país comenzó a fabricar utensilios de cerámica.

El reservorio arqueológico descubierto por un equipo encabezado por la arqueóloga María Aguilera Vásquez lo integran 84 sitios que aportan con distintos hallazgos.

Las investigaciones comenzaron por el requerimiento legal de indagar y cuidar el patrimonio cultural en las zonas en las que se procede a la extracción minera. El área, asignada a la minera canadiense Aurelian Lunding Gold, no fue la excepción, y permitió develar varios capítulos de nuestro pasado.

Impresiona la antigüedad de lo encontrado: son objetos que, según datación por el método de carbono 14, alcanzan hasta los siete mil años antes de Cristo.

Según la arqueología tradicional, en esa época los habitantes originarios del continente eran cazadores recolectores, del denominado período Precerámico o Paleoindio (10 000 a 4 000 a. C.) que recién domesticaban plantas silvestres, como ocurría en Centroamérica con el maíz, el aguacate o el fréjol.

Los pobladores americanos de entonces eran nómadas que cazaban a los últimos perezosos gigantes, mastodontes o tigres dientes de sable. De aquella época, en nuestra Amazonía había solo vestigios líticos (de piedra), sobre todo petroglifos, dibujos tallados en grandes piedras para mostrar el entorno o con fines ceremoniales (la mayor muestra de ellos está en el valle de Cotundo en la provincia de Napo).

Luego de esa época se observa en el registro arqueológico un vacío de tiempo que podría llenar el hallazgo en la Cordillera del Cóndor, porque después de los milenarios petroglifos hay un salto hasta los 3 000 años a.C., época en la que se reconoce la presencia humana en la Amazonía de nuestro país dentro del denominado período Formativo de la Amazonía.

Esto hace referencia a lo que el arqueólogo padre Pedro Porras describió como cultura Pastaza y Fase Upano en las actuales provincias de Pastaza y Morona Santiago, período caracterizado por la elaboración y abundante presencia de objetos cerámicos.

El área de la Cordillera del Cóndor fue estudiada por un equipo multidisciplinario. Allí se instalaron laboratorios para el análisis e interpretación de los modos de vida en cada período cronológico estudiado, porque contrariamente a lo que suele suceder en otras partes, en este sitio se tiene vestigios de cazadores recolectores del período Formativo.

Ellos elaboraban objetos de cerámica y construyeron casas y otros objetos del período de Desarrollo Regional caracterizado por actividades como extracción de metales, y del período de Integración en el que se desarrolla el comercio.

No solo llama la atención entonces la antigüedad de los objetos encontrados, sino la continuidad de los asentamientos en distintos períodos de tiempo en la zona de la cordillera del Cóndor, pues los vestigios más antiguos datan de 7 000 a. C. pero llegan hasta el 1 600 a. C. Para Aguilera, esto es una cédula social ancestral que muestra a los ecuatorianos de la zona durante los períodos Formativo y Desarrollo Regional.