19 de mayo de 2019 00:00

La TV dice adiós a la última gran sitcom

‘The Big Bang Theory’ fue una digna heredera de sitcoms que triunfaron y se convirtieron en parte de la cultura de masas. Foto: fotos: images.spoilertv.com / ingimage

‘The Big Bang Theory’ fue una digna heredera de sitcoms que triunfaron y se convirtieron en parte de la cultura de masas. Foto: images.spoilertv.com / ingimage

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Alejandro Ribadeneira

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‘The Big Bang Theory’ dejó de grabarse luego de 12 años, en una época en que los dramas son los preferidos del público. 

Se ha ido ‘The Big Bang Theory’ y parece que, ahora sí, las comedias de situación se han convertido en un género menor. Luego de reinar en la pantalla de televisión desde los años 60, las sitcoms elaboradas en Estados Unidos han entrado en una decadencia que pasma. Las grandes cadenas de ese país las han desplazado para preferir otros formatos.

Quizás ‘The Big Bang Theory’, que debutó el 24 de septiembre de 2007 en la cadena Warner Bros., su productora, sea la última gran sitcom de la historia. Se extendió a lo largo de 279 episodios y el último fue el jueves. Atrás quedaron 12 temporadas, una colección de personajes entrañables y contrastados, un notable humor basado en el sarcasmo pero sin caer en el mal gusto y las referencias al universo de los frikis y los geeks. Ah, y los cameos de personalidades de la talla de Leonard Nimoy, Carrie Fisher y Stephen Hawking.

Una sitcom que funcionara debía tener ciertas características. Los personajes no debían ser profundos necesariamente pero sí histriónicos y carismáticos, propensos a caer en desventuras. El humor físico y los gags son parte de la máquina de risas. Podían usarse risas grabadas pero era mejor filmar con público alrededor del plató. Parte de la gracia era que fueran predecibles y autoconclusivas, pero efectivas.

Se considera a la británica ‘Pinwright’s Progress’ la primera sitcom de la historia, con 10 episodios entre 1946 y 1947. Pero el honor de ser considerado el padre del género le pertenece al estadounidense William Asher, un escritor, director y productor que con su famoso show ‘I Love Lucy’ sentó, en 1952, las bases de una sitcom de éxito. Asher también creó programas referenciales como ‘Bewitched’ (1962) y sobre todo ‘The Dukes of Hazzard’ (1979), que ya no eran sitcoms sino series de televisión grabadas en exteriores.

‘The Big Bang Theory’ fue una digna heredera de sitcoms que triunfaron y se convirtieron en parte de la cultura de masas: ‘Seinfeld’, ‘Cheers’, ‘That’s 70’s Show’ y ‘Friends’ son algunos de los más ilustres ejemplos. Exhibió todos los ingredientes que el manual exigía, pero el productor Chuck Lorre bosquejó ‘The Big Bang Theory’ pensando en los geeks y la premisa “smart is the new sexy”, algo de moda hace 15 años. Los temas de la comedia giraban en torno a la ciencia.

El éxito, por lo extravagante de la propuesta, no fue instantáneo. La crítica tardó una temporada en aceptar y luego elogiar al serial. Se la calificó como una sitcom inteligente por sus chistes sobre la ciencia, las referencias a los cómics (de DC, por supuesto) y el permanente nivel de calidad del relato.

Los personajes eran científicos y pasaban gran parte del relato indagando sobre teorías y problemas, y era un encanto ver al protagonista tomar un marcador y despejar una fórmula en una pizarra.

Gran parte del éxito se debió al personaje de Sheldon

Cooper, interpretado por Jim Parsons, que impactó porque era divertido pero también novedoso. Era un científico brillante pero con muchas manías, quisquilloso, sin aptitudes sociales, ególatra e impredecible al borde del surrealismo. Y, además de ofrecer por norma una taza de té a un amigo que esté triste (aunque ni se la pidan ni la quieran), siempre tenía una frase sensacional, como esta: “Uno llora porque está triste. Por ejemplo, yo lloro porque los demás son estúpidos y eso me pone triste”.

O sale con diálogos como este, que sostuvo con el personaje Leonard, tan célebre que daban ganas de dedicárselo a alguien en el trabajo:

Leonard: Hice algo malo.
Sheldon: ¿De alguna forma me afecta?
Leonard: No.
Sheldon: Entonces sufre en silencio.

O esta, cuando explica por qué se sienta en un lugar concreto del sofá, otra de sus manías: “En invierno ese sitio está lo bastante cerca del radiador para tener calor pero no lo bastante para causar transpiración. En verano está en el punto perfecto de la corriente creada al abrir ventanas ahí, y ahí. El televisor está en un ángulo que no es ni directo, desalentando la conversación, ni tan amplio que cause un tirón de cuello. Podría seguir pero… creo que me habrás comprendido”.

Los demás personajes del reparto encajaban perfectamente para las más disparatadas historias. Leonard, el compañero de departamento de Sheldon, era un físico paciente, detallista y práctico. La vecina Penny tuvo aspiraciones de ser actriz, pero era insegura en el plano sentimental porque sus relaciones personales siempre acababan mal.

Howard (un judío que ‘solo’ tiene una maestría en ingeniería aeroespacial), Raj (un astrofísico de origen hindú), Bernardette (camarera y doctora microbióloga), Amy Farrah Fowler (neurocientífica con la personalidad similar a la de Sheldon) y Stuart Bloom (dueño de una tienda de cómics) completan el elenco.

Los actores que los representaban comenzaron ganando USD 60 000 por episodio, y acabaron recibiendo 900 000 cada uno desde el 2017.

Hay cosas más importantes que el dinero, claro, y ni siquiera la cuantiosa oferta que se le extendió al actor Jim Parsons le convenció de seguir con la serie. Tras 15 años, se dio cuenta de que las sitcom están en retirada y prefirió seguir hasta el jueves último con el show. Y, sin Sheldon, era imposible que ‘The Big Bang Theory’ continuara, así que los productores se resignaron al final.

Fue mejor. ‘The Big Bang Theory’ dejó estupendos recuerdos a sus televidentes y se retiró compitiendo en sintonía con ‘Juego de Tronos’, ni más ni menos. Se fue con buenas cifras y logros (la segunda serie más vista del 2018, promedio de espectadores de 12,73 millones por temporada y Parsons cosechó 21 premios, incluido el Globo de Oro), antes de que les dé la espalda el público, cada vez más ávido de dramas profundos, personajes complejos y tramas que aborden desde la lectura contemporánea los problemas sociales.

Parece que ya no hay espacio para programas en que todos son felices, tal vez porque las sitcoms, sencillas y cándidas, ya no pueden reflejar el mundo de ahora, que no tiene nada ni de sencillo ni de cándido.

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