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Los taitas y mamas salasakas comparten saberes ancestrales

Los jóvenes y los niños salasakas acompañan a sus tíos, padres y amigos en el ritual. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

Los jóvenes y los niños salasakas acompañan a sus tíos, padres y amigos en el ritual. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

Los jóvenes y los niños salasakas acompañan a sus tíos, padres y amigos en el ritual. Foto: Modesto Moreta / EL COMERCIO

Como lo hicieron sus antepasados, Lorena Gómez, habitante de la comunidad indígena Salasaka, llegó temprano al cementerio parroquial.

La joven se reunió con su madre, tíos, tías y primos. Ellos se ubicaron alrededor de la tumba de sus abuelos e iniciaron el ritual de los muertos. Esta tradición tiene más de 200 años y la practican los 12 000 habitantes de este poblado de Tungurahua, localizado a 15 kilómetros al oriente del Ambato.

Estos conocimientos son transmitidos a los niños y jóvenes por los taitas y mamas de la comunidad, cada 2 de noviembre. Gómez, de 31 años, inició la ceremonia levantando un pequeño altar sobre la tumba. Colocó flores y frutas. “No murieron, ellos están con nosotros y vinieron a compartir los mejores potajes preparados en casa”, dijo la joven.

Un día antes de esta fiesta preparó tres cuyes, que los asó precisamente para visitar el camposanto. Amasó la harina y elaboró pan con formas de llamingos, burritos y guaguas.

La joven estuvo ataviada con las mejores galas. Vistió anaco negro, blusa blanca con bordados, bayeta morada, sombrero de paño y sandalias. A las 12:00, los alimentos fueron compartidos con quienes se reunieron alrededor de la tumba.

Marcia Masaquiza, conocedora de esa tradición, contó que es una ceremonia dirigida a sus ancestros que están en la otra vida, y en la que recuerdan los principios de honestidad, trabajo y valores como un legado que ellos nos dejaron.

Todos los años, estos saberes pasan de generación en generación para que no desaparezcan y se fortalezca la unidad familiar. “Ellos comparten con nosotros y por eso preparamos los alimentos que más les gustaba”, comentó Masaquiza.

En el nicho, los deudos se colocaron en círculo y dejaron un espacio específico para que sea ocupado por el espíritu de su ser querido. Ubicaron un pilche donde se depositaron los alimentos y las bebidas para el difunto.

En otro taza se suele colocar vino, licor o chicha. Tras una plegaria a Dios repartieron los alimentos. “Pensamos que mientras más nos alimentamos más lleno estará el finado”, contó Martha Chango, habitante de Salasaka.

En la madrugada del viernes, antes del festejo, en el pueblo nadie durmió, todos trabajaron preparando los alimentos que llevaron al camposanto.

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