18 de abril de 2019 17:39

El taichí y el saber ancestral lleva la 'calma' a los presos argentinos

Un grupo de presos participa en un encuentro de taichí este martes, 16 de abril de 2019, en el pabellón 11 de la cárcel de San Martín, Buenos Aires.

Un grupo de presos participa en un encuentro de taichí este martes, 16 de abril de 2019, en el pabellón 11 de la cárcel de San Martín, Buenos Aires. Foto: EFE

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Agencia EFE

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"Calma, calma y calma" es lo único que siente Eduardo Verón, interno en la cárcel bonaerense de San Martín, cuando hace taichí. Este arte marcial, sumado a las bases del saber ancestral americano, son un instrumento de transformación espiritual para los 63 presos que allí comparten pabellón.

"Calma, calma, calma. Es algo que a veces no tenemos y esas pocas horas que vienen sentís tu armonía. Después de que termina la clase encarás de otra manera el día. El día y la semana", dice a Efe Verón, a quien solo le faltan 5 meses para saborear su libertad.

La organización Árbol del Sur aporta "su semillita" todos los martes desde marzo de 2016. El fin es acercar los valores ancestrales a los presos del pabellón 11 de San Martín, para que encuentren su esencia, conecten con la tierra y desarrollen un equilibrio espiritual, mental y físico.

Lo que más le impacta a Juan Pablo Pelacini, fundador de la organización y profesor de taichí, es cómo los internos con el transcurso de las sesiones y las charlas que tienen tras la clase "se conectan con ellos mismos", llegan "a un espacio de escucha personal" y consiguen "paz", "armonía" y "equilibrio".

"Cuando yo estaba en la unidad 35 (otra cárcel) era explosivo. Hace 8 meses que hago taichí y aprendí a calmar esa explosión. Notás esa diferencia hasta para hablar. Ahora dialogás, antes gritabas y hoy podés conversar", asegura Eduardo, que tras 15 años privado de libertad ha encontrado en esta herramienta una manera de "largar la energía negativa".

Es martes y son las nueve de la mañana. Los funcionarios del penal recién abrieron las 32 celdas donde duermen los internos.

Tras una semana sin verse, esta gran "familia", como ellos mismos se designan, saluda cariñosamente a Juanpi -como Pelacini se hace llamar- y a otros viejos conocidos de la organización que les visitan.

"Prejuicios tenemos todos", señala Pelacini, pero, como dicen "los hermanos indios, cuando señalamos hacia afuera siempre hay tres dedos que van a estar señalándonos a nosotros mismos". "Estemos fuera o dentro, todos tenemos nuestra propia cárcel mental", agrega.

Hoy no solo trabajarán la energía humana, sino la de las paredes.
En esta ocasión se unió el muralista Juan Luis Salazar para pintar con los chicos un "amaru", que en quechua quiere decir serpiente y simboliza, según el artista, la confianza ciega en el grupo.

Cuando Juan Pablo se coloca bajo el mural del cóndor, otra iniciativa que la organización impulsó, y la música oriental suena, la clase de taichí comienza.
Los internos se colocan con disciplina y se preparan para repetir, con más o menos destreza, las posturas del maestro. Mientras, reflexionan. Algunos parecen en completa sintonía y otros se conmueven notablemente.

"Al principio no entendía, pero me di cuenta de la voluntad que le ponía Juanpi. Ahí le empecé a poner un poco de más empeño y como que te hace reflexionar muchas cosas", dice Gabriel Araujo, tras revelar que estas sesiones cambiaron "mucho" su mente y le ayudaron a "ver cosas que antes no veía".

Cuando la clase termina, se reúnen a través de un gran abrazo en un círculo y "ahí afloran cosas muy hermosas de cada interno: sus ánimos, sus esperanzas, cómo ven el mundo, el miedo a salir, cómo se sienten acá adentro", cuenta Pelacini.

Según un informe de 2018 del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos cerca del 30 % de internos en cárceles argentinas es reincidente. Tanto Árbol del Sur como los internos esperan que los avances que consiguieron con este programa se reflejen cuando salgan, pese al complejo contexto que vive Argentina.

La pobreza urbana en Argentina alcanza el 32 % y el aumento de las medidas de seguridad han provocado, según el informe anterior, que un 46 % de los detenidos esté procesado sin condena firme.

Gabriel tiene 23 años y está deseando salir. Solo le quedan 90 días para disfrutar de la libertad que tanto ansía y de su juventud. "Tengo una meta que cumplir: tengo que salir para ayudar a mi familia. Tengo un hermano discapacitado y a mi viejita (madre), que ya tiene 58 años, que me están esperando para que podamos estar juntos de vuelta", dice con entusiasmo.

"Pienso yo que para algo va a servir todo esto que estamos haciendo, para algo en mí va a servir. Hubo un momento en que pensábamos que íbamos a salir e íbamos a volver a lo mismo, pero bueno, ojalá Dios quiera que no", pide con esperanza el joven.

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