13 de septiembre de 2020 00:00

Hablar sobre el suicidio, un paso para evitarlo

Jorge Escobar posa junto a un jardín vertical, en el Hospital Bicentenario.

Jorge Escobar posa junto a un jardín vertical, en el Hospital Bicentenario. Foto: Mario Faustos / EL COMERCIO

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Alexander García
Redactor (O)

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El mundo conmemoró, el pasado jueves 10 de septiembre de 2020, el Día Internación de la Prevención del Suicidio, una oportunidad para abordar este tema con el psicólogo Jorge Luis Escobar, quien trata a pacientes con ideas suicidas en la nueva Unidad de Salud Emocional del Municipio de Guayaquil.

¿Qué se entiende por pulsión de muerte?

Sigmund Freud utiliza la idea del eros para representar el impulso de vida, la pulsión del amor; y el Tánatos de la mitología griega para la muerte. Con la noción de la pulsión de muerte, Freud justifica que en cada ser humano hay una tendencia autodestructiva. En los últimos años hemos entendido -y Humberto Maturana nos ayudó en eso- que la emoción primigenia es la del amor y la sobrevivencia, que se vive más aprendiendo desde lo positivo y placentero, aunque en lo negativo también aprendemos.

Entonces, ¿en el corazón de cada hombre no hay una cierta tendencia a la propia destrucción?

Esa es una interpretación filosófica muy primigenia, con una visión desde el psicoanálisis. Pero no creo que esa tendencia a la autodestrucción sea inherente al ser humano. El detalle es que si creo que es natural esta pulsión de muerte, se me hace más fácil articular la idea suicida porque creo que es inevitable.

¿Pero acaso el alcoholismo, la drogadicción o la gula no son en cierta medida una expresión de esa tendencia autodestructiva?

Es buena la comparación, porque cuando eres consciente del daño que te hace y decides seguir en el disfrute, el valor de tu vida se reduce a un instante de placer. Es cierto que el apego desbordado al placer empieza a generar conductas autodestructivas. Pero creo que es la sociedad la que asume el rol de poner etiquetas.

Vemos un aumento ligero de las cifras de suicidio durante la pandemia en ciudades como Guayaquil. ¿Cómo entenderlo?

Toda crisis tiene la capacidad de sacar lo mejor o lo peor de cada persona. La pandemia por covid-19 fue cultivada con miedo en la cuarentena, eso provocó que a la fecha exista un incremento de los indicadores y es algo que puede seguir pasando factura durante los próximos seis meses, según advierte la propia OMS (Organización Mundial de la Salud).

¿De qué forma las condiciones de la crisis sanitaria pueden actuar como detonante?

Son un factor predisponente. La pandemia y las medidas de mitigación tomadas alrededor del planeta han hecho que mucha gente se vea abocada a transitar por síntomas más agudos de ansiedad y depresión, es lo que hay que prevenir. Mucha gente perdió la identidad de futuro o la sensación de seguridad y certeza, y en esas condiciones se exacerban las ideas erráticas. La mayor parte de la gente que intenta suicidarse lo hace porque el sentido de su vida depende del sueldo que gana, de quién lo quiere o ya no lo ama, de cuánta gente lo sigue o lo acepta. La persona que tiene que darle sentido a la vida eres tú; el sentido es de autopertenencia, de autoestima.

¿Qué papel juega la crisis económica en esas ideas?

El factor económico afecta en la medida en que nos hemos acostumbrado a creer que somos felices si tenemos dinero. Hasta el 2011, la OMS establecía que las principales causas de suicidio eran la depresión y la ansiedad, cosa que no necesariamente sucede en América Latina, donde tiene que ver además con problemas socioeconómicos, relaciones ­vinculares, intrafamiliares, violencia y frustración.

¿Cómo reconocer estas conductas y prevenirlas?

Los suicidas casi siempre alertan desde el surgimiento de la idea hasta el día en el que finalmente toman la determinación de quitarse la vida, entre una cosa y otra pueden pasar meses o años. La sociedad está tan distraída que no reconoce los síntomas porque los ha normalizado. Y no es normal que alguien suelte frases como: ‘esta vida ya no tiene sentido’. Un primer paso es comenzar a hablar de esto. Eliminar el estigma, reconocer el problema y abordar el tema. También hay que invertir en prevención, una prevención que apunte a la reeducación. El problema es que por cada persona que muere, 20
más lo están intentando.

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