4 de octubre de 2020 00:00

‘Spartacus’ y la tensión creativa de dos genios

El estadounidense Kirk Douglas interpretó al protagonista, un esclavo rebelde dentro del Imperio Romano.

El estadounidense Kirk Douglas interpretó al protagonista, un esclavo rebelde dentro del Imperio Romano.

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Alejandro Ribadeneira. (O)

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La película Spartacus’, estrenada hace seis décadas, está enfocada en la lucha de un esclavo por la libertad en el Imperio Romano. Sin embargo, su impacto ayudó a terminar con una injusticia en la vida real, aunque también pasó a la historia por ser el primer filme exitoso de Stabley Kubrick como director y escenas memorables, incluida una que fue censurada en su momento.

El principal nombre de la película, sin embargo, es el de Kirk Douglas, que en esa época ya era un actor de enorme influencia en Hollywood, que iba más allá de su proverbial hoyuelo en la barbilla y su mandíbula fuertemente apretada. Famoso por sus papeles de personajes arrogantes, soberbios e intensos, un calco de la personalidad del propio actor, también era un productor que hacía gala de altos niveles de testarudez.

Douglas se esmeró en que todo fuera descomunal con ‘Sparcatus’, desde el presupuesto (USD 12 millones, altístimo para la época) hasta los extras (9 000). Pero las peleas internas, casi todas propiciadas por el propio Douglas, también fueron desmedidas y casi dinamitaron la filmación, aunque luego le dieron a la cinta un toque legendario que ayudó en su éxito de taquilla, unos jugosos USD 60 millones.

El punto de partida fue la novela del estadounidense Howard Fast, quien redactó la obra mientras cumplía una pena de tres meses en prisión, por comunista. Era la época del macartismo, es decir, la persecución a los intelectuales vinculados al marxismo, promovida por el senador Joseph McCarthy. Unos, en efecto, eran comunistas, como Fast. El libro salió en 1951, se tradujo a 56 idiomas y sedujo a millones de lectores, entre ellos, a Douglas.

Dejando de lado las licencias que Fast se tomó para recrear la vida de Espartaco, que en realidad no nació esclavo ni tuvo una amante de nombre Varinia, la historia del gladiador que encabezó la llamada Tercera Guerra Servil (del 73 antes de Cristo al 71 antes de Cristo) era lo que Douglas necesitaba para una producción de envergadura, que reuniera a varias estrellas y que reafirmara su peso en Hollywood.

De paso, era el telón perfecto para vengarse del director William Wyler, quien prefirió darle el papel de Ben-Hur a Charlton Heston en la mítica cinta homónima y no a Douglas, a quien solo se le ofreció interpretar a Mesala. ¡Qué afrenta!

Las intrigas, enredos y negociaciones de Douglas para sacar adelante su ‘Spartacus’ están documentadas y han inspirado libros enteros (el propio Douglas escribió el suyo). Si en esos años hubieran existido los Blue-ray con las habituales entrevistas para la sección ‘making off’, habría faltado capacidad de almacenamiento.

Señalemos solo unos ejemplos. Douglas, para atraer a estrellas como Laurence Olivier (que interpretó a Craso), Charles Laughton (Sempronio Graco), Peter Ustinov (Batiato) y Tony Curtis (Antonino), les envió guiones falsos haciéndoles creer a cada uno que eran protagonistas de la película.
Esto, a su vez, causó problemas al primer director, Anthony Mann -virtuoso del cine negro clásico y del western- que renunció, harto de las exigencias de los actores por más líneas y protagonismo, pero también cansado de la prepotencia de Douglas.

Stanley Kubrick fue su reemplazo y, desde el punto de vista de la estética, fue un acierto. Kubrick, aunque jamás estuvo satisfecho con el resultado final, logró que la película tuviera los ingredientes que la convirtieron en éxito de taquilla pero también en un triunfo intelectual: un inicio emocionante, un despliegue visual de vanguardia y desborde de sentimientos, todo matizado con una fábula sobre los entresijos de la corrupción política.

En una época en que no existían los efectos por computadora, Kubrick se las arreglaba: para recrear los horribles desmembramientos de manos en las batallas, contrataba actores mancos que usaban prótesis, así como enanos.
Decisiones suyas también fueron que, en la escena de amor entre Varinia y Espartarco sonara el segundo concierto de piano para Rachmani­noff. Y también que el actor Woody Strode colgara de cabeza en la estremecedora escena en que el cadáver del gladiador etíope sirve como ejemplo a los demás gladiadores.

Kubrick, como se sabe, tampoco concluyó en buenos términos su relación con Douglas y se prometió que jamás aceptaría dirigir sin que tuviera el control absoluto del proyecto. Douglas exigía apego al guión, una adaptación escrita por Dalton Trumbo, otro proscrito por el macartismo. A Kubrick no le gustaba el guión porque lo consideraba muy idealista.

La terquedad de Douglas, en este caso, ayudó a que se terminaran las persecuciones del marcatismo y se eliminaran las listas negras de Hollywood. Trumbo, como muchos perseguidos, firmaba con seudónimo sus trabajos (incluso ganó un Oscar) y cobraba menos. Douglas le dio el crédito y, aunque no fue el primero en reivindicar a Trumbo, su gesto causó un enorme impacto porque, de todos modos, el actor era poderoso e intimidante.

Las escenas de ‘Spartacus’ son memorables, pero una es particularmente legendaria, un diálogo censurado de la escena del baño entre Craso y Antonino. Aludiendo a caracoles y ostras, ambos sostienen una charla de evidente corte homosexual, algo arriesgado para la moral de esos años. En 1990, se añadió esa escena para las versiones de aniversario, las cuales son las únicas que se pueden conseguir.

Seis décadas después, ‘Spartacus’ sigue vigente, no solo por sus lecciones de cine, sino por su idealismo y su vigor.

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