17 de mayo de 2020 00:00

El sorteo puede ser parte de la democracia

David van Reybrouck (1971) no es solo un teórico sino que ha puesto su idea en práctica.

David van Reybrouck (1971) no es solo un teórico sino que ha puesto su idea en práctica.

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Florian Frank* (O)

“Mañana juega la lotería”. Hasta ahora nadie conecta este llamado en las calles de Quito con la selección de los candidatos para la Asamblea. Pero en el mundo el movimiento para renovar la democracia mediante el sorteo de sus representantes adquiere cada vez más adeptos. Esto se debe al éxito de uno de sus promotores más importantes.

El historiador belga David van Reybrouck ha obtenido mucha repercusión con la publicación de su ensayo ‘Contra las elecciones -cómo salvar la democracia’ (Editorial Taurus). El libro ya fue otra vez puesto en práctica el año pasado en el este de su país natal, en la capital regional Eupen, que cuenta con 76 000 habitantes.

La idea de sortear las curules en vez de votar puede al principio parecer todo, menos democrático. La expresión de la voluntad democrática mediante la votación por la propuesta de un candidato que represente esta postura durante su mandato parece lo más normal. Pero obviamente no funciona, como demuestra Reybrouck, con el auge del populismo en todo el mundo.
La democracia ha entrado en crisis porque nadie se siente realmente representado. El mundo de los políticos se ha alejado mucho del electorado. Cuando los parlamentarios pasan su vida en comisiones discutiendo con sus semejantes e interviniendo a través de los medios, la gente se siente cada vez menos representada.

Uno de los grandes problemas -dice Reybrouck- consiste en la lógica que impone una democracia representativa en un elegido. Este debe pensar desde el primer momento después de una elección en cómo ganar la siguiente. Este es el imperativo de su actuación y le resta mucho espacio de maniobrar y de encontrar soluciones con representantes de partidos opuestos.

Todo sería mucho más fácil si el político pensara no tanto en su futuro personal sino en el bien común. Esta acusación -también suscrita por las fuerzas populistas del mundo de hoy- puede ser fácilmente solucionada mediante el sorteo, sostiene Reybrouck.

Él ha estudiado los orígenes de la democracia en la Grecia antigua. Allí los más altos representantes fueron elegidos mediante sorteo cada año. Como cada escogido, sabía de antemano que no podía seguir en el puesto, pudo actuar libre e independiente de segundos pensamientos.

Este sistema, enfatiza Reybrouck, permitió mucha más permisividad de los actores y sobre todo más concordancia, pues nadie tenía interés de por sí en obstruir la solución para escalonarse a sí mismo. “El sorteo no es irracional sino no-racional: un sistema neutral para repartir las posibilidades políticas de forma igualitaria y sin crear descontentos”.

Reybrouck identifica en la Revolución Francesa los orígenes del sistema democrático representativo de hoy. La idea fue entonces más bien alejar al pueblo del poder y mantener el control de las nuevas élites, la oligarquía. Y funcionó: mundialmente la mayoría de los parlamentarios cuenta con estudios superiores, muchos son abogados y casi todos son hijos e hijas de familias medias y medio altas.

Con el sorteo existe la posibilidad de que también gente de otras esferas de la sociedad sea incluida para discutir los asuntos de la nación durante un tiempo delimitado. Que los argumentos sobre la supuesta ignorancia de las “clases humildes” no tienen una base real fue demostrado más de una vez por ejemplo en ejercicios participativos como el Gobierno abierto en Quito para establecer presupuestos.

¿Cómo funciona el sistema de sorteo?
Reybrouck no solo es un pensador teórico. Sobre todo se ha ocupado de poner sus ideas en práctica. El libro también es resultado de este esfuerzo. Fue activista del movimiento belga G1000 que durante meses discutió los problemas políticos más importantes del país y que ahora está detrás del proyecto en Eupen.

Hay otros ejemplos en Europa. En Irlanda del Norte, país sumamente católico, la cuestión del aborto y los derechos para la comunidad gay ha sido durante décadas un asunto de mucha polémica y sin solución. Finalmente se optó por la instalación de una nueva comisión cívica con 99 miembros seleccionados vía sorteo.

Y ellos fueron capaces en sus deliberaciones de encontrar en 2015 una solución para el cambio de la constitución que fue puesta bajo voto y aceptada luego en un plebiscito. Aparte de ser más libres en sus discusiones, los miembros de la comisión fueron considerados como la voz del pueblo y aceptados como tales.

El plebiscito es otra de las soluciones para una democracia muy discutido actualmente. Según Reybrouck, esta es solo la segunda mejor opción. Porque las preguntas en cuestión son muchas veces más complicadas y se encuentran más allá de un simple “sí o no”.

Como en estos casos falta la libre e intensa deliberación sobre opciones posibles, el resultado muchas veces no es el final de un conflicto político sino el principio de una desunión más grande. Y cabe además -dice- la pregunta: ¿quiénes son los interesados en estos plebiscitos, en su mayoría ideados por las élites políticas y no tanto por la base?

No a la revolución, sí a la renovación
No obstante, el ensayista belga llama no tanto a la revolución sino a la renovación del sistema político. Así, no se hace ninguna ilusión acerca de la entrega del poder de parte de la clase política y sus partidos. Pero es muy claro: “el ciudadano ni es niño ni consumidor”, y quiere ser tomado en cuenta y participar en la elaboración de las soluciones.

Reybrouck propone la ampliación del sistema como en el caso de Irlanda, donde la asamblea popular no ha suplantado al parlamento pero sí ha obrado un cambio de perspectiva: en vez de que los representantes parlamentarios pregunten a los votantes acerca de su opinión sobre asuntos específicos, son las comisiones con miembros sorteados las que imponen su agenda.

Ahora es el caso en Eupen. La asamblea de la ciudad decidió trabajar junto con un comité popular cuyos 24 representantes fueron sorteados para una gestión de no más de 18 meses. Y para que haya más estabilidad, cada seis meses seis de ellos son cambiados. Elaboran una lista de preguntas que luego son contestadas por una asamblea popular de 50 personas. Sus resultados son finalmente aprobados por el parlamento regional que legalmente sigue siendo la institución con poder de decisión.

En tiempos del covid-19, la remodelación del sistema democrático existente puede parecer un lujo imposible y superfluo que complica la toma de decisiones. Pero a la vez las preguntas que afrontan nuestras sociedades ahora que hay que elegir qué camino tomar, son demasiado importantes como para no ser tomadas con la sabiduría de muchos y la aprobación de una buena mayoría.

*Periodista alemán

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