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El miedo es una frontera móvil

La editorial española Candaya publicó el año pasado ‘La primera vez que vi un fantasma’, el noveno libro de relatos de la escritora guayaquileña Solange Rodríguez Pappe. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

La editorial española Candaya publicó el año pasado ‘La primera vez que vi un fantasma’, el noveno libro de relatos de la escritora guayaquileña Solange Rodríguez Pappe. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

La editorial española Candaya publicó el año pasado ‘La primera vez que vi un fantasma’, el noveno libro de relatos de la escritora guayaquileña Solange Rodríguez Pappe. Foto: Enrique Pesantes/ EL COMERCIO.

‘La primera vez que vi un fantasma’ (Candaya, 2018), el más reciente libro de cuentos de la escritora guayaquileña Solange Rodríguez Pappe, enfrenta a los personajes con sus miedos y pérdidas o con sospechas perturbadoras. La autora de libros de cuentos como ‘Episodio aberrante’ (2016) y ‘El lugar de las apariciones’ (2007) reflexiona sobre cómo el miedo evoluciona con nosotros y cómo puede paralizarnos.

¿De dónde viene su fascinación por el estudio y la exploración del miedo?

Trabajar los temas que tienen que ver con violencia, con miedo, con lo fantástico es producto de una evolución que viene desde mi primer libro de cuentos en el 2000. ‘La primera vez que vi un fantasma’ tiene una serie de imágenes que se relacionan con el miedo, pero usualmente también son metáforas de ese miedo. Hay símbolos del miedo, como por ejemplo los fantasmas que son un símbolo ancestral de lo que tememos, está el tema de la oscuridad, de los espejos y de los animales, que tienen que ver con lo salvaje, con lo que no terminamos de controlar. Y a partir de esos símbolos trabajo la ficción que es lo que me interesa y una de las posibilidades de la ficción, que es el pensamiento latente de todos los seres humanos, es el temer.

¿De qué forma cree que fue evolucionando con nosotros esta emoción?

Desde el momento en el que desconocíamos lo que había más allá de la oscuridad, más allá de nuestro bosque, de nuestro pequeño sector, siempre estuvimos suponiendo qué habría. Frente a ese ‘más allá’ siempre han existido dos posibilidades, una es lanzarse a conquistarlo, a explorarlo, y otra es hacer reglas o poner límites para desconocer eso a lo que tememos. Y preferimos suponer que más allá hay dragones o que el mar termina en un abismo…

¿En tiempos primigenios el miedo estuvo relacionado con lo fantástico?

Definitivamente. Hay cosas que no entendemos, nos preguntamos por ejemplo por qué están cayendo rayos, por qué está bramando el cielo y eso que no terminamos de entender, lo imaginamos: ‘Es un dios, más fuerte que nosotros, más grande, tan grande que ocupa todo el firmamento, está molesto y entonces ¿qué podemos hacer para que se calme? Tenemos que ofrecer en sacrificio algo que amemos. Vamos a sacrificar a nuestras hijas’.

¿Se le suma la barbarie a la ecuación del miedo y la imaginación?

Todo aquello que no terminamos de comprender lo suponemos, lo completamos con historias, a la que nos aboca el temor. Por eso creo que el cuento de terror es también una cosa primigenia, porque está ligado a la imaginación del ser humano. El miedo va avanzando a medida que descubrimos cosas como civilización y no es que superamos nuestros grandes miedos, el temor a la oscuridad o a la muerte -puede que algunos lo vamos superando-, pero lo que pasa mayormente es que los vamos acumulando.

¿Hay un nuevo temor en cada nueva frontera?

Queremos creer que hay cierta confianza en la racionalidad. Los miedos se van acumulando, ahora por ejemplo en el terreno de digital -en un no lugar- y lo atemorizante está en la deep web (Internet profundo), donde hay tortura, muerte y barbarie.

El miedo activa un resorte ante el peligro y avanza también con nosotros…
A medida que conquistamos espacio como civilización los miedos avanzan también; mientras más descubrimos vamos temiendo. La tecnología no es una salvaguardia ni garantiza que superemos los miedos.

El miedo es físico, es acción o reacción ante la amenaza y sin él no hubiéramos podido sobrevivir como especie ¿En qué medida cree que ahora es mucho más neurótico?

Te contesto con otra cosa, el temor al tema de zombi, que sigue siendo vigente y se demuestra en el éxito de películas y series como ‘The Walking Dead’. ¿Por qué el zombi sigue siendo un miedo contemporáneo? Porque tiene relación con el terror de ser devorados, es un temor ancestral como especie, porque en un momento los animales nos devoraban. ¿Por qué las películas de terror recaudan tanto dinero? Porque convivimos con esa esencia del miedo, queremos deshacernos de él pero al mismo tiempo coqueteamos con él, porque es parte de lo que somos, tenemos que temer también para evolucionar, porque si no, no habría evolución. Está en nuestro ADN.

¿Hay miedos que se fundamentan en el prejuicio?

Estuvo ligado en un inicio a la prohibición, como decíamos al principio, ‘no atravieses la selva porque del otro lado hay un tigre que te va a comer’. El gran temor es el miedo a lo desconocido. Y ese que no es como yo, ese que no se parece a mí, también encarna al miedo. Ese gran otro ha tenido muchas caras, la mujer fue satanizada, tachada de bruja o loca. Y lo mismo el extranjero, el que venía de afuera, rodeado de atributos imaginarios ligados a ese que no se parece a mí. ‘A todo aquel que no es como yo, le temo’.
El miedo puede impulsar, pero también puede estancarnos como sociedad.

¿Depende de cómo se procese socialmente?

La parálisis sería lo peor que te puede pasar, porque significaría no lograr ningún tipo de cambio a nivel social y quedarse solo en el problema, volverse una sociedad muy cerrada que no acepta a los otros. Estamos frente a una vuelta de las ideologías de ultraderecha, que son muy herméticas, un pensamiento cerrado y prejuicioso como el que tenemos en Estados Unidos y en Brasil con Donald Trump y Jair Bolsonaro, donde no hay ningún tipo de negociación con ese otro. Hay una vuelta a este primitivismo de pensamiento, que por alguna razón, que no entiendo, tiene mucha acogida electoral. Creo que son ciclos, habría que esperar que este ciclo pase y el siguiente sea más tolerante. La parálisis te impide negociar con el miedo, en el momento en que empiezas a entender los motivos y razones del otro, deja de ser ese gran demonio y es posible que lo encuentres más cercano a ti.

¿Esa puede ser la forma de abordar miedos como la xenofobia?

Por ejemplo… Pero hay una larga lista, como las preferencias sexuales diversas que no tienen que ver con lo que yo prefiero. El arte y la literatura sirven para eso, para ponernos en el lugar de los otros y para generar empatía, entonces mientras más entiendo al extraño menos miedo tengo de él y más se parece a mí.

¿La empatía puede ser una vía para procesar el pulso de irracionalidad?

Sí, el problema es que muchas personas no están interesadas en escuchar puntos de vista diversos, muy diferentes a los suyos. Las redes sociales se convierten en una especie de burbuja de comunicación donde nos rodeamos de personas que tienen un pensamiento muy similar al de nosotros, cuando alguien resulta diverso a nuestro pensamiento hay una suerte de minuto de odio y la gente los persigue. Las redes ayudan a incrementar ese odio y ese miedo a los otros, hay que manejarlas con inteligencia. Estos miedos tienen que ver con lo irracional con lo que desconocemos y también con lo que queremos seguir desconociendo.

Evidentemente hay una relación entre el miedo y el odio, los políticos lo saben y lo capitalizan…

El miedo es natural y nos ha ayudado a sobrevivir como especie, pero cuando es demasiado nos paraliza. La religión y la política han explotado mucho esos miedos para su favor. Un político sabe que si tienes una sociedad que vive temiendo de ciertas cosas, puede manipular eso a su favor. Hay una fracción que pareciera ser una mayoría –creo que no lo esSEnD que se revela frente a los cambios y ve en líderes de pensamiento conservador una solución para que el avance del pensamiento atemperante hacia los otros se detenga. Creo que este avance es indetenible. Habrá una época que una elección sexual diversa no escandalice a nadie, por ejemplo.

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