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‘Tengo una cédula que no me identifica’

A fines de 2021, Isabela se realizó una cirugía de reasignación de sexo para completar su transición. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

"Cuando comienzas a tener uso de razón, te das cuenta de que hay algo que no concuerda en ti. Me veía y decía: ‘¿por qué tengo estos genitales?’. Los comparaba con los genitales de las niñas y quería saber por qué no eran iguales a los míos; no lo entendía.  

Recuerdo que mi mamá era costurera. La veía coser vestidos y no sabía cómo decirle que quería usar uno de ellos. Nunca me animé porque en ese tiempo era mal visto y los niños eran crueles. Yo nací en el año 1981; tenía 4 años. 

Vas creciendo y en la adolescencia es cuando se inicia lo más fuerte. La voz cambia, empieza el desarrollo y es un choque que golpea tan fuerte. Sabía quién era, pero no sabía si había médicos o personas que me pudieran ayudar.  

Sientes que no es tu cuerpo, que no perteneces a él; quieres salir de él. Mis padres son católicos, me inculcaron el temor a Dios, pero también hablaban del infierno. Cada noche recuerdo que rezaba y le pedía a Dios que, al despertar, sea niña. Mi respuesta no estaba ahí.

Cuando pude operarme y regresé al país fui al Registro Civil al siguiente día. Una abogada me asesoraba porque con la operación no podía seguir con la misma identidad. Tenía mi certificado apostillado por el Ministerio de Salud de Chile y lo llevé al Registro Civil.

Presenté los documentos el 5 de enero de 2022 y la chica que me atendió dijo que solo podían cambiar el nombre y el género. Para cambiar el sexo me enviaron a un juzgado y un médico debía revisar mis genitales. Pregunté dónde decía eso; solo me dijo que estaba en la ley. Ese fue el inicio de un camino en el que todavía sigo.  

Una historia que empezó mucho antes

Soy de Portoviejo, Manabí, y decidí venir a Guayaquil para estudiar Ingeniería en Sistemas. En la universidad conocí a mi mejor amiga, que se enamoró de mí. Le pedí que buscara a alguien más y le dije que yo no era lo que ella esperaba. Pero comencé a sentir que tendría una compañía y que no estaría sola toda la vida.

Así que intenté ser la persona que ella se merece, aunque yo no podía ser quien soy. Nos casamos, tuvimos a mi hija, después vino mi hijo y en ese momento decidí que no podía seguir más así. Le conté todo lo que sentía y le dije que era libre de tomar una decisión.

Para ambos fue difícil; hubo una especie de duelo por esa persona que no vería más y que en realidad nunca existió. Para mis hijos no fue difícil porque siempre me han visto como Isabela. Me vestía como hombre porque debía ir al trabajo y a ellos les decía que debía disfrazarme de hombre.

En 2009 comencé mi tratamiento. Me contacté con un doctor en México, porque aquí no había especialistas como ahora. Nos comunicábamos por correo y me dijo lo que debía tomar, pero era difícil porque no tenía un control periódico. A pesar de todo, continué.

Empecé a ver los cambios en mi cuerpo. Los senos comenzaron a crecer, era como empezar una nueva adolescencia. Mi voz nunca cambió; siempre me preguntan eso; mi voz siempre fue la misma. Obviamente, cuando vestía ropa de hombre, me expresaba como hombre; actuaba para sobrevivir y mantener a mi familia.

En 2019 me contacté con una endocrinóloga de Quito para seguir mi proceso con controles. Me derivó a una psicóloga y a un psiquiatra antes de atenderme. Luego investigué por la cirugía completa y encontré a un médico en Chile. Quería sentirme completa.  

Casi un año después viajamos los cuatro. Estaba decidida, me sentí valiente, fuerte… Estaba lista. Entré al quirófano y cuando desperté escuché que ya había sido operada. Me dije: por fin. Ni siquiera sentía dolor.

Al regresar al país comenzó el viacrucis en el Registro Civil. Después de la primera negativa que tuve decidí cambiar mi nombre, pero no iba a dejar que cambiaran sexo por género.