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La ceguera no limita el poder pedalear por la ciudad

Tamia Cando hizo de guía y llevó a Pepe Calderón desde la avenida Colón hasta el parque Gabriela Mistral. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

El primer paso es tocarla. Recorrer con las manos la estructura de la bicicleta, los pedales, las llantas y el asiento para conocerla y perderle el miedo. Cuando una persona no puede ver, sus palmas se vuelven ojos y ayudan a dibujar la realidad. Por eso, en Ciegocleta, una agrupación que organiza recorridos en bicicleta para las personas que tienen discapacidad visual, ese primer contacto es clave.

El proyecto nació hace 12 años de la mano de Miguel Ramos. Cuando construyó el primer vehículo de este tipo, lo hizo para llevar a un niño al Ciclopaseo y poder tenerlo siempre a su lado. Ninguno de los dos tenía discapacidad.

Luego conoció a José Benavidez -no vidente- y comenzaron a darle un uso distinto a ese vehículo. Se trata de una estructura que une dos bicicletas y permite que dos personas pedaleen simultáneamente, pero que una de ellas sea la guía.

Al momento, en Quito, 50 personas conforman la agrupación y salen entre dos y tres veces a la semana a conocer y reconocer las calles, a vivir la ciudad desde otra perspectiva.

Cuando una persona no puede ver, su movimiento se desacelera. Para salir de una habitación a otra da pasos cortos y su bastón le deja avanzar con extrema lentitud. Pero sobre ruedas, eso cambia. Sus piernas sobre los pedales le permiten dar impulso y sentir que se mueve ‘con la velocidad del viento’. Y como dice Anabel Morales, de 42 años, más que correr, es como volar.

Fátima Espinosa es una de las guías de Ciegocleta. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Por eso le gusta tanto hacer recorridos, sobre todo en trayectos montañosos. Escucha el sonido de las llantas sobre la tierra o las hojas, las ramas en movimiento, los pájaros, el agua que corre por los ríos. Y su imaginación es tan fuerte que a pesar de tener atrofiado el nervio óptico desde los 17 años y haber perdido completamente ese sentido, ella asegura que puede ver.

Sabe de memoria cómo llegar a las oficinas de la entidad ubicadas en la Colón y 6 de diciembre. Sale de su casa en Solanda (en el sur), y en la esquina aborda un bus alimentador. “Tomo la Ecovía, me bajo en la parada Baca Ortiz, cruzo a mano derecha, luego giro a la izquierda y ya”.

Anthony Benavides ayuda a su papá a bajar las gradas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

El recorrido más largo que ha hecho Anabel –quien se gana la vida como terapista holística- es de 150 kilómetros: Riobamba, Baños, Puyo. Sobre ruedas disfruta de la velocidad. En carretera, estos ciclistas llegan a alcanzar los 50 km por hora.

La agrupación hace tres niveles de ciclismo. El primero es para quienes acaban de unírseles y están adaptándose a la dinámica. El recorrido es en el ciclopaseo, los domingos. En el segundo nivel se hacen trayectos en parroquias rurales como Perucho, Nono, Lloa, Nanegalito… Cubren entre 20 y 50 kilómetros. El tercer nivel es competitivo. Cuatro de los miembros de este grupo se cruzaron el país de Tulcán a Loja, en cinco días, cicleando más de 1 000 km, a oscuras. Franklin Ochoa, alias el Franco, es uno de ellos.

Pepe Calderón se prepara antes de iniciar el recorrido. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Cuando tenía 28 años sufrió una caída mientras trabajaba y se le desprendió la retina. Sin vista dejó de montar bici hasta hace cinco años que se unió al grupo. Actualmente tiene 39 y trabaja en el área administrativa de un colegio particular. Ha participado en cientos de cicleadas, pero la que más ‘lamparosea’ -como él dice- es en la que se cruzó el país de norte a sur. Para él, lo más valioso de ciclar es conocer gente nueva, hacer amigos y confiar en ellos.

Ciegocleta no recibe apoyo gubernamental. Subsiste solo por la autogestión de sus miembros, lo que ha limitado varios de sus recorridos ya que todo trayecto involucra un gasto. Cada bicicleta puede costar más de USD 1 000. A pesar de su corto presupuesto y de tantas necesidades, jamás rechazan a un nuevo miembro. No importa la edad ni el tipo de discapacidad, solo basta el deseo de unirse. También hacen falta guías (quienes dirigen el vehículo) por lo que hacen un llamado a quienes desean ser voluntarios.

Las bicis tienen adaptaciones para que puedan ser usadas por dos personas. Foto: Patricio Terán / EL COMERCIO

Miguel es el guía más antiguo de la agrupación. El martes pasado los miembros se reunieron y ciclearon desde la Colón hasta el parque Gabriela Mistral. Se colocaron protecciones y mientras avanzaban, Miguel se dirigió a la persona con discapacidad visual a quien llevaba. “Agárrate fuerte que este momento vamos a rebasar a 50 autos”, gritó y pedaleó con fuerza. Su acompañante sabía que exageraba, pero se desató en risas y al finalizar el recorrido, despeinado y agitado por el esfuerzo, solo atinó a decir “esto es vida”.

Cifra:  

8 053 personas con discapacidad visual están registradas en Quito según las estadísticas del Consejo Nacional Para la Igualdad de Discapacidades.

Contacto:

Para más información sobre Ciegocleta puede contactarse con Miguel Ramos (+593) 099 547 8537.

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