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Nueva York sin mascarillas

Los neoyorquinos se pasean y socializan sin mascarillas en Central Park (en el centro de la isla de Manhattan). Un 70% de la población ya ha sido inoculada contra el covid-19. Foto: Reuters / Caitlin Ochs

Sobre la vacuna, Terry apenas alega que le dolió el brazo. La solución, que tanto ha rechazado, finalmente le fue inoculada para dar paso a una pequeña reu­nión familiar en Nueva York. Debe ser que el covid-19 ha traído tantas desgracias que es mejor no hablar del virus, ni de nada relacionado con él. Seguramente es eso.

Así que Terry no da razones de por qué no se ha vacunado en todo este tiempo, si tenía la solución contra el virus a una cuadra, en un farmacia. En lugar de eso se relaja y habla de su gran aventura de dejar Ecuador y establecerse en Nueva York. “Los gringos eran bien inocentes”, dice, para cambiar de tema. Su auditorio se compone de Juana, su hermana; Loli, su madre; y un par de primos quiteños que lo oyen sonreídos, indicio de que una picardía se aproxima. “Eran inocentes, hasta que pasó el 11 de septiembre. De ahí todo cambió”.

Loli se adelanta a su hijo y revela que Terry llegó a Nueva York porque quería sacarlo de su vida de músico bohemio. Bueno, músico como tal, con estudios u oído musical, no era… la cuestión es que sus padres habían emigrado sin él a Nueva York en 1990 y tres años después, el muchacho andaba dedicado a la parranda. Para sacarlo de eso tuvieron una idea que parecía buena, pero de la cual no habían medido las consecuencias.

Los padres de Terry se enteraron de que una orquesta quiteña, que viajaba frecuentemente a EE.UU., podía traerlo a ‘La Yoni’. Hicieron los contactos, adelantaron dinero y, para que todo fuera más creíble, los verdaderos músicos le dieron un güiro a Terry para que fuera parte de la orquesta. Así estuvo un año, dándole ritmo a esa banda… un año más de locuras. Cuando aplicó para la visa, en la Embajada le creyeron que era músico. Pero al llegar a Nueva York, la orquesta le quitó el güiro y su madre le prohibió el ‘guaro’. Ahora, 26 años después, es ciudadano estadounidense.

“Esas cosas ya no se pueden hacer”, agrega Terry, ahora ya cincuentón. Desde el 11 de septiembre revisan todos los detalles de las visas.

El primer trabajo que tuvo Terry en Nueva York fue en un taller de joyería de un viejito judío de Brooklyn. “Lo conseguí gracias a mi papi”. Es la primera vez que menciona a su padre, Alfredo, un hombre que se ganaba la vida en la estación Clirsen. En Quito hacía sin ningún problema el viaje diario de San Bartolo, donde vivía, a Latacunga. Siempre fue un hombre trabajador, y en Nueva York tuvo fama de tipo duro, sin miedo a los horarios. Su último oficio lo realizaba en una floristería de un coreano en Queens: doble turno, de domingo a domingo, a sus 70 años.

Es una especie de terapia recordarlo y decir que a Alfredito le fascinaba la sazón del pollo peruano que venden en Roosevelt Avenue, que Alfredito siempre estaba pendiente del Aucas en Ecuavisa Internacional. Loli, cuando conversa sobre Alfredo, habla en presente. No dice le gustaba el pollo peruano. “Le encanta”, asegura Loli.

En un momento, Loli vuelve al pasado, señala el sillón marrón, y explica en pretérito cómo Alfredo se ahogaba en medio de una fuerte fiebre, en abril del 2020, y cómo llamó al 911 para que lo salvaran. Que los paramédicos pidieron que se despidieran, porque nadie podía entrar al hospital por el peligro de contagiarse del covid-19. En el edificio en donde viven, el caso de Alfredo no fue el único, tres vecinos más fueron llevados en ambulancias y no regresaron.

Cuenta entonces Loli, que no pudieron cremarlo porque no había disponibilidad en los centros adecuados para ello. Así que tuvieron que estar a casi 100 metros de distancia en su funeral.

Quizá recordar lo que pasó con el patriarca de la familia les quita a Loli, a Terry y a Juana las ganas de hablar de la pandemia o de darse cuenta de que están en un lugar en donde las vacunas sobran, a pesar de que mucha gente, como sus primos, que han llegado desde Quito, darían cualquier cosa para inocularse y alejar al fantasma del covid-19.

Esa es su realidad, les tocó vivir en el epicentro de la pandemia. Si Guayaquil, por un par de casos importados desde España, vivió en marzo del 2020 una pesadilla, hay que imaginar la grave situación de una ciudad como Nueva york, la número 12 del mundo en cuanto a la cantidad de conexiones aéreas.

Más bien hablan de las cosas que mejoran, que el Gobierno les dio ayudas en la pandemia y que desde el 21 de mayo es común ver a la gente sin cubrebocas, pues se permitió a los vacunados andar sin ellas, de forma voluntaria. “Nueva York sin mascarillas”. Finalmente, el miércoles pasado el estado de Nueva York levantó la obligatoriedad, una vez que el 52% de sus habitantes se ha inoculado.

Así que cuando termina el almuerzo, Loli lleva a sus sobrinos a 35th Street y se emociona hablando de cómo la vida ha vuelto a la normalidad en Nueva York, mientras unos caminan sin cubrebocas y otros van con la mascarilla en la boca y la nariz libre. Hay un olor fuerte, como en los conciertos de hardcore en los 90, en Conocoto, o en los recitales de Willy Colón en el Ágora de la Casa de la Cultura, en Quito. Loli dice que desde que se legalizó la marihuana en Nueva York, en el 2020, el olor de la mota es parte del paisaje urbano. “Fuchis”, se queja de ese vaho. Eso no es nada: basta ir a Times Square, allá ese aroma se impregna en la ropa y se empieza a caminar ‘groggy’, como dicen los gringos, o ‘drogui’, como decimos en Quito… pero esa es otra historia.

Loli y sus dos sobrinos llegan a Nueva Vida Pharmacy, que es lo que llamaríamos una farmacia de barrio. Los clientes hacen fila para pagar sus medicinas y vacunarse. Se oyen acentos colombianos, puertorriqueños y ecuatorianos. Ni uno solo gringo. Las dependientas son mujeres de rasgos asiáticos que hablan un buen español y, como si fuera una farmacia en Quevedo, gritan: “¿qué marca te vas poner?”, con un ligero acento colombiano y una dificultad para el fonema r.

“Tenemos Pfizer, Moderna y Johnson & Johnson”, gritan. Afuera llueve, algo usual en verano en una ciudad con desembocaduras de ríos. Da tristeza saber que ahí pregunten a mansalva cuál marca uno quiere para inocularse, cuando en América Latina llegan con cuentagotas las vacunas. Se entiende por qué Terry se resiste a hablar de la pandemia, Nueva York sin mascarilla es una prueba de que evitar hablar de la pandemia es proyectarse a un futuro más promisorio.

Un pinchazo. Solo queda reconstruir la vida que ha quedado atrás.