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Jóvenes Lgbtiq+ construyen su agenda

Carlos Rivas tiene 29 años y salió de su país, Venezuela a los 24. Sabrina Carrasco tiene 22 años y se graduó de Relaciones Internacionales. Sofía Brito tiene 28 años y es comunicadora. Ricardo Chica tiene 25 años y es abogado. Fotos: Carlos Noriega y Julio Estrella / EL COMERCIO

El derecho a una vida sin violencia o discriminación, a la educación, al trabajo, a la generación de ingresos, a la salud, a la participación y a la libre organización son algunas de las problemáticas que aborda la Agenda Joven Lgbtiq+ (lesbianas, gais, bisexuales, transgénero, intersexo, queer y otros no identificados con las siglas).

Tras su presentación, Danilo Manzano, director de la organización Diálogo Diverso, señala que se trata de una herramienta para la generación de política pública.

Para el desarrollo de la Agenda se hizo un estudio con 600 encuestas a la ciudadanía en general, en 23 provincias. Estas fueron sobre sus percepciones sobre población Lgbtiq+. Además, se realizó una encuesta digital, específicamente a 306 personas Lgbtiq+. Los datos fueron contrastados y complementados con grupos focales y un taller de validación con activistas.

El estudio reveló que, de las personas Lgbtiq+ encuestadas, el 46,1% ha sufrido gritos, insultos, amenazas, burlas, golpes u otras agresiones físicas y verbales.

En el hogar, el 45,1% ha sigo obligado a vestirse o comportarse de manera diferente a la que es. El 22,3% ha sido víctima de acoso sexual, relaciones sexuales obligadas o a cambio de favores. Al 14,8% no le permitieron acceder a un trabajo o a mantenerlo.

Esas cifras tienen rostros. Son los de las personas Lgbtiq+, que afrontan diferentes violencias y quieren que esa realidad cambie.

Ser migrante y homosexual a la vez

Carlos Rivas es especialista en Derecho Administrativo

Ser migrante no es fácil, y menos ser migrante Lgbtiq+. Se puede ser víctima hasta de triple vulneración, por la nacionalidad por ser gay y por la condición socioeconómica.

A pesar de que existen leyes y organizaciones que protegen a la población Lgbtiq+, la realidad es otra cuando estás en la calle. Varias cosas me han marcado. En la universidad me ofrecí para donar sangre y en el formulario me preguntaron mi orientación sexual; el médico se mostró con miedo cuando vio que soy gay. Me dijo que no soy apto para donar.

Cuando vine a Ecuador trabajaba en una tienda de zapatos. No fui abiertamente gay porque sentía que me iban a discriminar. Escuchaba comentarios homofóbicos, pero sobre todo xenofóbicos. Por ejemplo, cuando no limpiaba bien un zapato me decían “venezolano tenías que ser”.

Me sentía muy frustrado, tenía falta de dinero pero también de amor de pareja, porque no podía demostrar que era gay.

Cuando conseguí mi primer trabajo en un estudio jurídico, una persona me preguntó frente a otras si yo era gay, porque siempre “estaba arreglado”. Lo negué, me sentí expuesto, desnudo.

A veces se normaliza la discriminación. Por ejemplo, cuando los amigos se refieren a uno como el gay, el mariquita. Pero ahora tengo claro que no pertenezco a una “comunidad” sino que soy parte de la sociedad.

Una constante ‘salida del clóset’

Sabrina Carrasco se graduó de Relaciones Internacionales

A las mujeres nos discriminan desde la sexualización. Cuando nos gustan las mujeres, lo primero que nos dicen es “hagamos un trío”. O llegan a la violencia sexual para supuestamente “curarnos”, porque “no hemos probado un hombre que nos haga sentir lo que debemos y por eso estamos con mujeres”.

También, a la gente le parece un fetiche ver a dos mujeres besándose o en cualquier acto de amor, sin que sea sexual. Les parece interesante, lo ven con morbo y eso también es discriminación.

Todos los días es un ‘salir del clóset’. Lo haces con tu familia; y mañana te haces de un amigo y tienes que volver a hacerlo para contarle. A lo largo de la vida se conoce a personas a las que no tienes la obligación de contarles tu orientación sexual, pero cuando se dan cuenta es complicado.

Soy una persona queer, pero cuando me han visto tomada de la mano con una novia nos han dicho ‘marimachas’ y otros insultos. Incluso nos han discriminado en espacios educativos, que se supone son inclusivos.

Yo considero que vivo en un círculo seguro. Mi hermano es gay, tengo un tío que tiene un esposo y sé que puedo llevar a una novia a un viaje familiar y que mi abuela nos tomará una foto dándonos un beso, sin problema. Pero esa no es la realidad que la mayoría vive.

La forma de poner un alto a toda esta discriminación es desde un empoderamiento.

Discriminación en todos los niveles

Sofía Brito es comunicadora

He vivido discriminación en mi familia, en anteriores trabajos y también en el espacio público. Una vez estaba con otra chica que también es lesbiana y con una pareja de amigos gais, que estaban abrazados.

Se acercaron unas personas y les dijeron que se largaran. Luego nos miraron a nosotras y nos preguntaron “¿ustedes también son como ellos?”, pero con nosotras no fueron violentos sino morbosos. Nos dijeron “bésense”.

En un trabajo que tuve, mi jefe era muy homofóbico. Me mostraba videos con discursos de odio e insultaba a los gais y lesbianas. Él no sabía que yo lo era. Prefería no decirle nada, pero esas cosas me lastimaban. No podía estar tranquila en mi trabajo.

Cuando salí del clóset mi papá me apoyó, pero con mi mamá fue duro. No había un día en que me levantara y no recibiera una indirecta de ella. Me dijo que soy enferma, que soy anormal, que me iba a curar o a llevarme al psicólogo. Me decía que no soy su hija.

No se me haría raro que mañana alguien sea violento conmigo, por eso trato de estar en lugares seguros. Todo esto se debe al sistema en el que vivimos. El Ecuador es un país conservador, heteronormativo, machista, patriarcal y cisgénero. Todo lo que esté fuera de esas concepciones está mal.

La política pública no debe quedar en papel. También hay que poner estos temas en la educación para romper el paradigma.

Cambiar patrones para encajar

Ricardo Chica es abogado

Los primeros años de escuela fueron muy difíciles para mí como un niño gay. Yo no sabía qué era la homosexualidad, pero por ser espontáneo me decían, por ejemplo, afeminado. Los profesores me forzaban a pasar solo con niños, a jugar fútbol.

En mi familia cercana no tuve ningún rechazo, pero en el núcleo más amplio sí. A mi abuela le decían que por qué tengo esta “tendencia” sexual, que es temporal, querían que ella hablara conmigo porque pensaban que iba a dejar la universidad o me iba a dedicar a la prostitución, la peluquería, el alcoholismo, la drogadicción. Todos esos son estigmas.

En salud he visto que no existen protocolos adecuados para tratar a las personas Lgbtiq+. Tuve una infección en las vías urinarias y fue incómodo mencionar que tengo relaciones con otros hombres y que soy propenso a contraer este tipo de infecciones.

Mi jefe no tenía por qué acceder a esa información, que no puede salir de talento humano o de los médicos de la institución. Pero lo hizo y empezó a actuar mal conmigo. Me hostigaba y decía que no cumplo con mi trabajo.

Sentir que desde niños debemos ajustarnos a ciertos patrones para no sufrir bullying tiene una explicación. Se debe a que vivimos en una sociedad estructuradamente diseñada bajo ciertos parámetros, que terminan siendo discriminatorios para los que somos diferentes.