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La guerra sí tiene reglas humanitarias

Guerra

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Después de haber impedido la víspera una resolución de condena en la ONU contra el régimen de Damasco por el ataque químico en Siria, Rusia se ha mostrado a favor de que se lleve a cabo una investigación internacional “exhaustiva e imparcial” de la matanza con gas tóxico de al menos 86 civiles, entre ellos 30 niños, en la ciudad rebelde de Jan Sheijun, en la provincia siria de Idlib.

Las condiciones planteadas por Moscú a los inspectores de la Organización para la Prohibición de las Armas Químicas (OPAQ) fueron descritas con detalle por el gobierno del presidente Bachar al Assad. “Una comisión de investigación no politizada, que debe iniciar su misión desde Damasco, y no desde el territorio de Turquía”, precisó el ministro de Exteriores sirio, Walid al Mualem, quien negó vehementemente que sus tropas hubiesen causado el ataque.

La investigación de la OPAQ se espera que sea independiente porque fue creada por la Convención de 1993 y ha venido desarrollando un importante trabajo para tener un mundo libre de armas químicas.

La prohibición del empleo de armas químicas es una ley universal, es decir, una norma de derecho internacional humanitario consuetudinario que obliga a todas las partes en conflictos armados, así sean estados o actores no estatales. Sin embargo, como toda norma, su solidez se comprueba en caso de un incumplimiento, de acuerdo a cómo reacciona la comunidad internacional ante las infracciones.

En 5 000 años de historia han existido cerca de 14 000 conflictos armados y han muerto decenas de millones de seres humanos, entre combatientes y civiles.

La humanidad a través de los siglos ha intentado regular la guerra. Aunque parezca difícil de creer, hubo que esperar la edad moderna para que surja el Derecho Internacional Humanitario tal como se le conoce hoy en día. Es un conjunto de normas que en el ejercicio de la guerra regula los derechos, obligaciones y limitaciones que tienen los combatientes, tanto en los métodos y medios de hacer la guerra, como en la protección a las víctimas.

En 1859 el suizo Henry Donante observó los horrores de la batalla de Solferino. Tres años más tarde escribió su famoso libro Recuerdos de Solferino que conmovió a la comunidad internacional; de este libro nació el Primer Convenio de Ginebra para aliviar la suerte de los heridos de los ejércitos en campaña, y apareció la Cruz Roja, sobre fondo blanco como emblema neutral que identificara a los medios sanitarios. Así nació el Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR), organismo neutral e independiente garante del Derecho Internacional Humanitario y su desarrollo.

Un máscara antigás utilizada por un soldado en la Primera Guerra Mundial.

A partir del Convenio de Ginebra de 1864 se desarrolló ampliamente la protección a los heridos, enfermos, náufragos, prisioneros de guerra y la población civil. El Convenio de La Haya de 1899 permitió desarrollar diferentes tratados sobre la prohibición de utilizar ciertas armas y métodos que causan daños superfluos e innecesarios.

En especial, las armas químicas o agentes tóxicos de destrucción masiva, desde su aparición en los escenarios bélicos, provocaron una repulsión generalizada por sus características insidiosas, sus secuelas a largo plazo y sus efectos letales sobre la población civil.

El primer acuerdo en condenar el uso de armas venenosas se firmó entre Francia y Alemania, en 1675: prohibía el uso de “bombas cargadas de veneno”.

Posteriormente, en 1899, en el marco de la Primera Conferencia de Paz Internacional, en Holanda, las naciones europeas firmaron la Convención de La Haya, en la cual renunciaron “emplear proyectiles que tengan como objetivo dispersar gases tóxicos y asfixiantes”.

Durante la Primera Guerra Mundial se emplearon desde el gas lacrimógeno a agentes incapacitantes como el gas mostaza y agentes letales como el fosgeno. Mientras Alemania fue la primera en hacer uso a gran escala del gas como arma, detonando 18 000 obuses contra posiciones rusas, Francia fue la primera en lanzar gas empleando granadas de mano.

Con este antecedente, el 6 de febrero de 1918 el CICR hizo un llamado internacional contra el empleo de gases tóxicos para convencer a los beligerantes que renunciaran a ello, bajo su supervisión.

Así, el organismo humanitario dio a su labor una nueva dimensión que sobrepasaba la asistencia a las víctimas para interesarse en los métodos y las técnicas de combate.

Pero, con el propósito de proteger a las víctimas de la guerra, el CICR decidió proseguir en esa dirección y dar gran publicidad a su acción convocando a involucrarse a todos los estados.

Se recibieron respuestas alentadoras en Ginebra, particularmente de las cruces Rojas Danesa, Noruega y Sueca que dieron parte de su aprobación.

Alentado por ese éxito, el Comité intentó convencer a las grandes potencias aún renuentes. En marzo de 1918, Édouard Naville, presidente interino del Comité, y el doctor Ferriére, su vicepresidente, viajaron a París. El presidente de la República francesa, Raymond Poincaré, les informó que los aliados estaban dispuestos a hacer una declaración, renunciando al empleo de gases a condición de que sus adversarios, los imperios centrales, hicieran lo mismo. Los gobiernos de los aliados hicieron suya la iniciativa humanitaria y aceptaron incluso la idea de un acuerdo que prohibiera el empleo de gases, pero atribuían la responsabilidad de la guerra química a sus contendientes.

El 12 de septiembre, el CICR recibió la respuesta del Gobierno alemán. Tras haber recordado la posición adoptada durante la Conferencia de La Haya de 1899 en favor de la supresión de las armas tóxicas, así como sus protestas contra el empleo de gases en el frente europeo, Alemania acusó, a su vez, a sus contendientes de ser responsables de la invención y el desarrollo del empleo de gases en el conflicto armado.

Estos esfuerzos contribuyeron directamente para que los estados aprobaran el Protocolo relativo a la prohibición del empleo en la guerra, de gases asfixiantes tóxicos o similares y de medios bacteriológicos aprobados en Ginebra el 17 de junio de 1925.
Durante la Segunda Guerra Mundial los gases tóxicos no fueron utilizados por las partes en conflicto lo que permitió salvar decenas de miles de vidas.

*Periodista, especialista en seguridad y en derecho internacional humanitario. Fue parte de la Cruz Roja.

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