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Los voluntarios dan vida a los proyectos de refuerzo escolar

120 pequeños hacen sus tareas por turnos en un espacio comunitario del Guasmo. Foto: Enrique Pesantes / EL COMERCIO

Para Denisse Caicedo cada clase es una ofrenda de vida. Ver a los pequeños frente a una mesa repleta con lápices, cuadernos y goma le trae recuerdos de su infancia. “Dicen que lo bien aprendido difícilmente se olvida”, afirma.

Cuando era niña aprendió de la hermana Teresa Legarreta, una misionera española que sembró un proyecto socioeducativo en el Guasmo, una zona popular del sur de Guayaquil. Ahora, a sus 28 años y mientras se capacita en Psicopedagogía, tomó la posta con un proyecto de apoyo escolar para chicos en clases no presenciales.

La fresca brisa del Salado se cuela por las ventanas a medio terminar de una escuela improvisada. Al pie del estero, en uno de los recónditos barrios, Denisse y otras cinco voluntarias convocan a 120 niños, en distintos horarios, para ponerlos al día en sus tareas.

“Les ayudamos a completar sus portafolios y luego reforzamos Lengua y Matemáticas, que son las principales falencias. Hay niños en cuarto, quinto y sexto año que aún no saben leer ni escribir bien”.

Trabajar en equipo contra el rezago escolar generado por la pandemia es el motor que da impulso a los proyectos de soporte académico que nacen de organizaciones sociales y universidades. Talleres en espacios comunitarios, cursos de capacitación para maestros y el desarrollo de tecnologías aplicadas a la educación son algunas de sus estrategias.

Las letras y los números cobran vida en entretenidos videos realizados con el apoyo de #LaPizarraAudiovisual, un proyecto ideado por docentes y estudiantes de la Escuela Superior Politécnica del Litoral (Espol). En los últimos dos años suman casi 1 500 estudiantes y más de 60 maestros.

“Las clases virtuales son un reto para los niños de 4 a 7 años y sus padres. Las plataformas de escolarización no están pensadas para ellos, que no tienen autonomía para ejecutar tareas como leer y escribir”, comenta Elizabeth Elizalde, profesora de la Facultad de Arte, Diseño y Comunicación Audiovisual de Espol, y directora del proyecto.

Por eso, con el aporte de politécnicos de distintas carreras, abrieron capacitaciones para docentes en el uso de herramientas audiovisuales. Y crearon tutoriales de refuerzo para compartir por WhatsApp.

Editar videos con divertidas imágenes y música fue el aporte de José Bravo, alumno de Producción Audiovisual. Por unos meses, separó tiempo para orientar a un grupo de profesoras para preparar material entretenido y didáctico.

“Al inicio, las maestras pensaban que les tomaría horas, pero con herramientas sencillas y de uso gratuito aprendieron a crear un video en menos de 30 minutos. Nunca imaginé participar en un proyecto tan gratificante”, dice convencido.

La Pizarra Audiovisual es parte de Explora 5.0, una propuesta más amplia de Espol que fusiona la adaptación de la educación virtual con apoyo en nutrición infantil y soporte psicológico para las familias beneficiarias.

La iniciativa abarca plataformas educativas y también la entrega de tabletas para estudiar en casa. Incluso ha logrado la instalación de antenas en barrios populares de Guayaquil para facilitar la conectividad de 10 000 escolares.

“Partimos de una estadística general que nos dice que se aprende un 15% si solo se entrega las fichas pedagógicas. Pero si los alumnos acceden a una tableta, tienen conexión a Internet y sus maestros se capacitan, se puede llegar al 95%”, asegura Diego Carrera, director de Explora 5.0.

Pero las fichas son la única opción en otras zonas con poca conectividad, como Flor de Bastión, al noroeste. Allí Diana Demera es la evangelizadora de las letras y los números.

Cada semana reúne a 60 niños en la iglesia Juan Pablo II, donde también dirige el grupo pastoral, para darles clases dentro del proyecto Estoy contigo. Ella y otros cuatro educadores ofrendan su tiempo libre para dar apoyo pedagógico.

“Rescatamos a los niños que no querían estudiar o que habían abandonado la escuela porque sus padres no podían ayudarles en casa”. El grupo incluye a 20 niños con distintos tipos de discapacidad.

Con su labor, los voluntarios también rescatan grandes sueños en estos pequeños y alejados barrios. En el Guasmo, donde Denisse da soporte, hay niños que quieren ser médicos, policías, futbolistas…

Su trabajo tiene el respaldo del Comité Permanente por la Defensa de los Derechos Humanos, que ha replicado las clases de refuerzo en otros cinco sectores de Guayaquil. Suelin Noriega dirige el programa que ha llegado a 225 niños, la mitad de ellos en condición de movilidad humana.

“Esta forma tan despersonalizada de educar en medio de la pandemia ha dejado vacíos -asegura-. Hay niños que no saben leer ni escribir, a pesar de su edad. Por eso el siguiente paso será empezar un programa de lectoescritura”.

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