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En Ecuador también hay voces que imploran por la eutanasia

A sus 49 años de edad, Mónica Mayorga revela sus sentimientos frente a una enfermedad que afecta a diario su condición de salud. Foto: cortesía

Testimonio de Mónica Mayorga, paciente terminal que clama por la eutanasia en Ibarra, Imbabura.

El pedido de Martha Sepúlveda abrió el debate. La colombiana de 51 años solicitó a las autoridades de su país el derecho a morir. Fue la decisión que tomó para poner fin a su diagnóstico de esclerosis lateral amiotrófica (ELA). Y su pedido, inicialmente, fue aceptado por dichas autoridades.  

El 10 de octubre habría sido sometida a una eutanasia. Pero la veloz y masiva difusión de su testimonio frustró sus planes. El Instituto Colombiano del Dolor, donde se realizaría el procedimiento, canceló el pedido por “no cumplir con el criterio de terminalidad”.  

La voz de Martha no es la única. Si bien en América Latina solo Colombia ha regulado la eutanasia para pacientes con enfermedades terminales (desde 2015), en Ecuador también hay voces a favor. Son las voces de pacientes con males terminales que día tras día batallan contra do­lores indescriptibles.

El clamor de la ibarreña Mónica Mayorga, de 49 años, está presente. Este es su testimonio: 

“Soy paciente terminal. Estoy en quinta fase y el cáncer está regado en más del 80% de mi cuerpo. Todo comenzó como un cáncer de mama. Pasé por una mastectomía radical completa y desde hace cuatro años tengo metástasis. Estoy de acuerdo con la eutanasia. Como paciente, los dolores son insoportables y he pensado en no continuar sufriendo a diario. Es más doloroso cuando se trata de una persona que está sola, que no tiene una familia propia o alguien que le ayude, como en mi caso.

Incluso si estamos en un entorno familiar, pensamos en no dar molestias a los demás. La eutanasia es una manera de descansar en paz, tranquilamente.

Muchas personas hablan del tema, pero es muy diferente tener que sobrellevar los síntomas: hay que afrontar el decaimiento, la imposibilidad de movilizarnos, en muchos casos solos, sin la ayuda de nadie… Así que se piensa en esa opción para no hacer sufrir a nuestros seres queridos; es mejor morirse.

La medicación no es suficiente. Yo utilizo morfina, pero por ahora no hay medicina en los hospitales, no hay absolutamente nada. En el Hospital San Vicente de Paúl (en Ibarra, donde vive) no nos proveen desde hace seis meses. Hace 15 días viajé al Hospital Eugenio Espejo, en Quito, donde recibí el tratamiento contra el cáncer, y tampoco había medicina.

Tengo que hacer lo que sea para, por lo menos, comprar morfina, y su costo es muy alto. Hay parches de USD 20, según los miligramos. También uso tramadol en gotas, un frasquito que cuesta USD 6. Pero en ocasiones ni para eso tengo.

Nos toca vivir con lo que se pueda, pidiendo ayuda, porque otro problema es que no podemos trabajar. Esta es una sociedad que limita al paciente oncológico, lo hace a un lado por el hecho de estar enfermo.

Muchos pacientes somos profesionales y no tenemos trabajo ni ayuda de ninguna institución. Soy especializada en Administración de Empresas y desde que me enfermé no puedo conseguir empleo.

No hay empleo porque como tenemos consultas continuamente y les molesta -a los jefes- que pidamos permiso con frecuencia. A quienes no tienen para solventar sus medicinas, pues les toca morir en medio de terribles dolores.

Todos los días tengo que usar morfina, por las mañanas y por las noches, para tratar de atenuar los dolores tan fuertes. Una buena parte depende de la fuerza de voluntad. El cáncer es invisible. Hay personas que dicen: ‘yo te veo bien, no tienes nada’. Pero por dentro todo está sumamente mal.

Hace seis años me diagnosticaron cáncer de mama en el Hospital Eugenio Espejo. Dos meses después del diagnóstico entré a quimioterapia. Como la atención del Estado es lenta, hubo demoras en las radioterapias. En mi caso demoraron más de seis meses y mientras el tiempo pasaba, el cáncer tomó mis huesos. Tengo un tumor en una pierna y un osteosarcoma, un tipo de cáncer que afecta a los huesos.

Yo soy sumamente religiosa, soy católica. Pero insisto, es fácil decir: ‘no te mueras’; otra cosa distinta es sentir el dolor, vivirlo. La gente debe ponerse en nuestros zapatos y entendernos. El dolor puede ser tan intenso que hasta nos nubla la visión. Hay mucha insensibilidad en las personas y debería ser tomada en cuenta nuestra propia decisión.

Siempre lo digo, debería existir la eutanasia. Vivo diciéndolo, porque tengo compañeras en Ibarra que ya ni siquiera pueden levantarse; están agonizando y piden a gritos la eutanasia. Están muriendo y aunque solicitan ayuda al MIES y otras instituciones, hasta hoy no la reciben. Solo contamos con el apoyo de fundaciones como Jóvenes contra el Cáncer, que siempre están junto a nosotros.

Ver un cuadro así, de agonía, es sumamente doloroso. No es justo ni para ellos ni para sus familias que también se afectan, se deprimen y sufren de impotencia. Es preferible la eutanasia que gritar cada día por los dolores o por no lograr moverse para nada”. 

Mónica Mayorga

En 2015 le diagnosticaron cáncer de mama. Su ­tratamiento sufrió retrasos debido a complicaciones en el acceso a atención pública.

Ella es parte de la Fundación Jóvenes Contra el Cáncer Ecuador, organización que brinda ayuda a personas con diagnóstico de la enfermedad.

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