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Dispositivo de conducción ósea ayuda a oír a pequeños, con microtia

La médica Tania Cuzco coloca el aparato a Francisco, cargado por su madre Estefanía. Foto: Cortesía

El 5 de noviembre del 2018, cuando la cuencana Samantha recibió a su primogénito tuvo emociones encontradas. Alegría de acogerlo en su regazo y sorpresa porque sus orejitas no estaban formadas.

Caleb había nacido con microtia bilateral en grado tres. Se trata de una malformación congénita de sus oídos externos. No alcanzaron su total desarrollo durante el primer trimestre del crecimiento fetal, explica la audióloga Tania Cuzco, del Hospital Vicente Corral Moscoso de Cuenca, quien atiende a Caleb.

Carlos, el padre, recuerda que ese día el pediatra les dio una breve explicación sobre la microtia, pero les dejó más dudas que certezas. “Como padres quedamos muy preocupados y empezamos a buscar más información”.

La palabra microtia viene del latín que quiere decir “oreja pequeña” y varía en apariencia. Según los estudios, en los grados uno y dos se produce un ligero desarrollo de la oreja, con estructuras identificables y un estrecho canal auditivo. Y se registra una pérdida auditiva moderada.

Pero en los niveles tres y cuatro, como el de Caleb, hay ausencia del pabellón auricular, del tímpano, del canal auditivo y el oído externo es del tamaño de un maní. La persona no escucha absolutamente nada. Esa malformación puede ocurrir en uno o en los dos oídos.

Estos padres no saben las razones por las que su hijo nació así, porque entre sus familias no existen casos de microtia.

Entre 1999 y 2004, el genetista Milton Jijón estudió esta patología en 204 casos de niños del país que eran atendidos en el Hospital Baca Ortiz.

Así descubrió que es la principal malformación en el Ecuador: se presenta en 16 de cada 10 000 nacidos vivos. Como causas constan la presencia de genes mutados (información sobre nuestros rasgos) de uno de los progenitores.

Un gen alterado -explica Jijón- no produce la proteína para el crecimiento o la elabora incorrectamente. La segunda causa podría ser vivir en ciudades sobre los 2 850 metros de altura. De los casos estudiados, 179 correspondían a niños de la Sierra, 20 de la Costa y cinco de la Amazonía.

Quito registró el porcentaje más alto, incluso con relación a estudios similares realizados capitales de Sudamérica como Bogotá (2 600 de altitud) y La Paz (3 800). Por eso, dice el genetista-pediatra, esta ciudad es considerada el epicentro mundial de ocurrencia de microtia.

El dispositivo vibra en el hueso detrás de la oreja para enviar el sonido directamente al oído interno, usa baterías. Foto: Cortesía

Pero lo más grave de esta malformación es que la pérdida auditiva retrasa el desarrollo del lenguaje en el niño y la capacidad para aprender a leer y escribir. En ese mundo de silencios ha crecido Caleb, quien a sus dos años con ocho meses apenas balbucea las palabras papá y mamá.

Eso lo ha conseguido con la colocación de un dispositivo de conducción ósea. Es una banda elástica que se coloca en la cabeza y que permite oír por medio de vibraciones que se emiten hacia el hueso temporal ubicado en el cráneo.

Según explica la audióloga Cuzco, hasta los seis años de edad, los especialistas no recomiendan cirugías reconstructivas porque los huesos de los niños están en crecimiento.

Por eso, desde el 2017 el Ministerio de Salud Pública (MSP) entrega estas ayudas técnicas gratuitas a niños de entre seis meses y cinco años, que padecen de microtia bilateral, porque son los que no escuchan absolutamente nada.

Lo hace en varios hospitales de las capitales provinciales, entre ellos el Corral Moscoso. Caleb fue uno de los beneficiados cuando cumplió un año, pero a los seis meses se le dañó. “Esperé buen tiempo por la reparación y se interrumpió el aprendizaje”, dijo la madre.

Desde hace un año está activo y nota un avance lento. Para Cuzco, que el niño escuche y hable dependerá mucho del apoyo de los padres en la rehabilitación auditiva. Con Caleb, los progenitores trabajan en emitir sonidos de aplausos, cantos y silbidos.

En los cuatro años, este hospital ha entregado unos 50 cintillos de conducción ósea a niños de Azuay, Cañar, Pichincha, El Oro, Loja, Tungurahua, entre otras provincias, que han sido derivados de los hospitales del Ministerio.

Francisco, de seis meses, fue el último en recibir este aparato hace tres semanas. Estefanía Amaya está feliz porque su hijo empezará a escucharla e identificará los sonidos; y porque se lo entregaron sin costo. En el mercado, este dispositivo bilateral cuesta USD 5 000.

Durante la pandemia no se interrumpió la entrega. Luis también nació sin escuchar nada de lo que ocurría en su entorno. “Tiene tres años y ahora es un niño feliz, ve la televisión, escucha órdenes y pronuncia mejor algunas palabras”, comentan sus padres. En el estudio, el genetista Jijón encontró también que varios pacientes con microtia presentaban trastornos de la columna vertebral y de los riñones.

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