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El colectivo Vivas Nos Queremos Ecuador anunció su cierre: ‘Decidimos no callar, nombrarlas, contar sus historias’

Durante cuatro años, el colectivo Vivas Nos Queremos convocó a miles de personas a escala nacional para levantar la voz para la violencia machista. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

Durante cuatro años, el colectivo Vivas Nos Queremos convocó a miles de personas a escala nacional para levantar la voz para la violencia machista. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

Durante cuatro años, el colectivo Vivas Nos Queremos convocó a miles de personas a escala nacional para levantar la voz contra la violencia machista.
Foto: Archivo/ EL COMERCIO

Michelle alistó su maleta, una botella de agua y, de a poco, llegó al Parque El Arbolito, en el norte de Quito, ese 26 de noviembre del 2016. Estaba sola, confiesa, y tenía miedo; había decidido salir de un círculo de violencia dos meses antes. Aquel día, en ese espacio, el colectivo Vivas Nos Queremos Ecuador convocó a su primera marcha nacional para levantar la voz contra la violencia machista, por las mujeres sobrevivientes y quienes fueron asesinadas con impunidad. “Grité, grité con todas mis fuerzas y me sentí cobijada, acompañada por estas mujeres que no conocía”, dice la joven, de 29 años. Ese, quizá, es uno de los grandes legados que la plataforma deja tras anunciar su cierre el 19 de agosto último después de cuatro años de trabajo. 

“Nos dijeron que no tenían nombre, ni historia, ni justicia. Nos dijeron que sus vidas no importaban. Quisieron enterrarlas, quisieron olvidarlas. Ellas, nuestras hijas, madres, hermanas, compañeras, amigas. Su ausencia nos rompió, nuestras familias se transformaron, nuestras vidas cambiaron y, con ello, también cambiamos nosotras. Decidimos no callar, nombrarlas, contar su historia”, escribe Vivas Nos Queremos, en su mensaje de cierre. 

Consignas, música y cientos de voces protagonizaron la Marcha ‘Vivas nos queremos’ de noviembre del 2019, en Quito. Foto: Archivo/ EL COMERCIO

La lucha del colectivo germinó de la impunidad partiendo de una idea clara: justicia y reparación tras los femicidios de Vanessa Landínez, Johanna Cifuentes, Valentina Cosíos y Angie Carrillo. Pero su búsqueda se convirtió, finalmente, en un sentimiento colectivo que, hoy, mueve a cientos de voces. 

La plataforma, además, se convirtió en un referente del movimiento feminista en Ecuador por su impulso para promover la despenalización del aborto en casos de violación y visibilizar el feminicidio como una “forma de violencia política y sistemática contra nosotras”. El concepto implica un reclamo ante la falta de operancia del Estado y lo responsabiliza por su ausencia en un contexto cultural de violencia de género, aunque el Código Orgánico Penal vigente en el país no reconoce a la figura, sino que tipificó al femicidio como la máxima expresión de violencia contra la mujer. 

Sus voceras no callaron. Ruth Montenegro, madre de Valentina, continúa su búsqueda por la justicia en el caso de su niña. El 23 de junio del 2016, la pequeña -de 11 años- se despidió de su madre e ingresó a la escuela Global del Ecuador. En la tarde, debía ir al Conservatorio Nacional del Ecuador. Esa era su rutina diaria. Pero no regresó. Un día después, del 24 de junio del 2016, la encontró en el patio de entrada, a pocos pasos del acceso principal. Estaba muerta, tirada en el piso. A partir de ahí, sobre su muerte hubo silencio. Nadie la vio ni notó nada en su escuela particular, ubicada en la avenida 6 de Diciembre, norte de Quito.

Mujeres de todo el país se concentraron en el Arco de la Circasiana del parque El Ejido, en la marcha Vivas Nos Queremos 2019.

El ministro de Educación del 2016, Augusto Espinosa, declaró, según recuerda Ruth, que al ser un hecho dentro de un colegio privado, no podía hacer nada. De la muerte de su hija, se dijo que fue accidental -que se golpeó la cabeza después de caer de una barra de juegos, aunque después se comprobó que nunca estuvo ahí- , que pudo haber tenido un ataque al corazón e incluso, que fue un suicidio. Su madre mantiene que Valentina fue lastimada, agredida sexualmente y asesinada.

Después de más de tres años, el caso de Valentina continúa represado en indagación previa, la primera fase de investigación del proceso judicial. 

Frente a la inoperancia estatal, Ruth no decae y visibiliza el caso de su niña a diario. Es una madre resiliente. El mayor homenaje que le hace a su hija es buscar la alegría todos los días y, sobre todo, reconectarse con lo que fue parte de su vida: la música. Valentina creció en un hogar lleno de melodías, arte, que hoy viven en la voz de Ruth.

Sobre el cierre de la plataforma, Vivas Nos Queremos dijo que fue una decisión colectiva que “responde a nuestros diversos deseos de transformar el espacio y que se conjuga con la coyuntura política actual”. Pero, además, responde a otro señalamiento: “la ausencia de estrategias de prevención, sanción, reparación, sanación y no repetición de los hechos de violencia que siguen mermando la vida de las mujeres y niñas en este país; también para visibilizar las omisiones tanto del Estado, como de la sociedad, para precautelar nuestras vidas”. 

En marzo último, el colectivo recibió el galardón Simone-Veil, que premia a las personas o colectivos comprometidos con la igualdad de género en todo el mundo. Tras el anuncio del fin de la plataforma, la vocería aseguró que el reconocimiento económico será dirigido para las familias de “víctimas de feminicidio quienes las impulsaron desde un inicio…serán ellas las encargadas de formular un proyecto que permita continuar ese camino y en ellas recae nuestra confianza”.

El ciclo de Vivas Nos Queremos ha culminado, pero sus integrantes aseguran que es el inicio de nuevos caminos, sobre todo, en un país que, ha registrado 77 denuncias de femicidio durante la emergencia sanitaria por el covid-19. “Mientras el sistema y la sociedad no brinden respuestas y pongan en el olvido sus vidas y la de nuestras hermanas, encontraremos nuevas formas de hacer justicia, de luchar en contra del olvido y de encontrarnos nuevamente en las calles o donde haga falta”.