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Camilleros trabajan en primera línea

Rubén Rodríguez (40 años) es parte del equipo de este centro privado, desde el año 2003. Foto: Galo Paguay / EL COMERCIO

En un día, los camilleros se desplazan por buena parte de las instalaciones hospitalarias. Lo hacen con agilidad, ya que deben trasladar a los pacientes desde sus habitaciones hasta los laboratorios, para realizar exámenes de todo tipo, por ejemplo con tomógrafos, etc.

Además, movilizan insumos médicos y fármacos e incluso deben apoyar en el cuidado de los hospitalizados.

David Cevallos tiene 51 años; siete de ellos dedicados a esta labor en la unidad de cuidados intensivos (UCI) del Hospital Carlos Andrade Marín, del Seguro Social. En ese espacio ha vivido jornadas extenuantes.

Las más duras han sido durante la pandemia del covid-19, porque trata con personas en estado grave. “Actuamos rápido, porque están en riesgo”.

Cuando un paciente requiere una tomografía -relata- los médicos generan un pedido. De inmediato, él y una enfermera lo colocan en la camilla. Trabajan en equipo, para no perder ni un minuto.

Luego siguen los protocolos de traslado de los infectados con SARS-CoV-2, instaurados en el hospital. Consisten básicamente en seguir una ruta única, a diario, para evitar las infecciones en el resto de los pacientes y en el personal.

David baja desde la UCI covid, ubicada en el ala norte del sanatorio, hasta la sala de tomografía, en el primer piso. Lo hace en el ascensor asignado.

No solo empuja la camilla, también carga los equipos a los que está conectada la persona: tanques de oxígeno, ventiladores portátiles, tubos torácicos, etc. Finalmente, ingresa a la sala, carga al paciente y lo coloca en el equipo.

“Los licenciados realizan el examen. Yo espero afuera. Al final entro, recojo al paciente y volvemos a la habitación. Esto dura máximo 15 minutos”, relata este auxiliar de enfermería, que se encarga de movilizar a unos cinco pacientes al día.

El trabajo de los camilleros incluye además la limpieza de las camas, la movilización y preparación de insumos, equipos y medicamentos. Estas tareas se realizan en la llamada ‘zona gris’, en donde no hay contacto con los infectados.

Carlos Poveda, de 45 años, labora en hospitalización, en donde se acoge a contagiados con síntomas moderados. La mayoría está despierto, por lo que su movilización es más sencilla. “Les ayudamos para que caminen o se dirijan al baño. Les entregamos medicinas, altas y citas”, cuenta el quiteño, con 14 años de experiencia.

Ha apoyado, recuerda, en el traslado de las pertenencias de los hospitalizados. Cada día, Carlos se dirige a la entrada principal de la casa de salud, para recoger las fundas con útiles de aseo, pijamas o mascarillas que les dejan.

“Subimos las pertenencias y las entregamos a sus dueños. A veces nos han dado cartas y nos agradecen, lo que nos llena de ánimos y de emoción”.

En otros sanatorios, los camilleros realizan actividades similares. Rubén Rodríguez, de 40 años, labora en la UCI del Hospital Metropolitano.

En el 2003 ingresó como personal de limpieza. Se preparó y llegó a ser auxiliar de enfermería. “Me gradué y pude ascender. Ahora soy parte del equipo de ocho camilleros que trabajamos en terapia intensiva”.

Rubén fue el primero en ingresar al área crítica de infecta­dos. La noticia les causó miedo a él, a su esposa Evelyn, de 35 años, y a su hijo Mateo, de 18. “Sentí temor, pero poco a poco gané en confianza y he apoyado a los seis hospitalizados del área. Me siento más seguro”.

Él está tranquilo, incluso cuando cumple con sus otras tareas: amortajar cadáveres y trasladarlos a la morgue. “Con la pandemia esto se complicó, debemos tener mayor cuidado. Al fallecido se lo envuelve en varias capas plásticas”.

Al contarlo se pone serio. Sin duda, lo más complejo ha sido enfrentarse a la muerte. Lo reconoce Segundo Vega, de 58 años. A él le faltan solo dos años para jubilarse y la pandemia lo ha marcado.

“Es devastador ver a las personas ahogándose, sin poder respirar. Muchos ingresan con complicaciones leves y al día siguiente están intubados con un mal pronóstico…y fallecen”.

Para los cuatro camilleros, la crisis sanitaria ha sido la experiencia más fuerte que han enfrentado en sus carreras. Pero sienten que su trabajo ayuda en esta lucha contra el covid. Cómo no sonreír -coinciden- cuando recuerdan los apretones de manos o los agradecimientos de pacientes que vencen al SARS-CoV-2.