11 de noviembre de 2018 00:00

De la guerra a la unión y la paz

La canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Emmanuel Macron, durante una reunión de trabajo en Berlín para discutir reformas a la Unión Europea, en abril. Foto: AFP

La canciller alemana Ángela Merkel y el presidente francés Emmanuel Macron, durante una reunión de trabajo en Berlín para discutir reformas a la Unión Europea, en abril. Foto: AFP

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Joachim von Marschall y Jean-Baptiste Chauvin,
embajadores de Alemania y Francia en Ecuador (O)

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La Guerra Mundial fue la primera de varias catástrofes importantes del siglo XX, que afectó y sacudió no solo a Europa sino también a partes de países no europeos. Nunca antes se había librado una guerra con tantas pérdidas humanas (más de 9 millones de soldados, entre ellos más de 2 millones de alemanes y más de 1,3 millones de franceses; pensándolo en términos del Ecuador de 1918, significaría casi cuatro veces la población del país).

Para los pueblos de Europa, el final de la guerra, el 11 de noviembre de 1918, fue ante todo un gran alivio y una liberación: liberación de los 4 años de lucha, hambre, desesperación y angustia por los familiares. Al mismo tiempo, la gente pudo recobrar el sentido de la vida, tomar conciencia de las grandes pérdidas y llorar sus muertos. Sin hablar todavía de los millones de mutilados, algunos de ellos gravemente heridos, que tuvieron que pasar el resto de sus vidas sufriendo esfuerzos y dolores constantes.

En el contexto histórico, sin embargo, el final de la Primera Guerra Mundial fue solamente el comienzo de un período de agitación política y de gran inestabilidad en Europa.

La relación entre nuestros dos Estados, Alemania y Francia, no cambió mucho con la firma del Tratado de Paz en Versalles, en 1919. Aunque ya no se luchaba, ambos Estados se habían debilitado mucho por la guerra y el sentimiento de antipatía mutua -podría decirse incluso enemistad entre los dos pueblos- que tenía sus orígenes allá en el siglo XVII, es decir, tenía muchos siglos de antigüedad, persistió… Quizás se había profundizado aún más por la guerra. Nadie podía imaginar entonces que algo cambiaría.

Con la Segunda Guerra Mundial (1939-1945) la situación empeoró considerablemente y los sacrificios de personas y bienes que este conflicto reclamó superaron a los de la Primera.

Pero entonces sucedió un milagro histórico que nadie hubiera creído posible al final de la Primera Guerra Mundial: en lugar de albergar sentimientos de venganza, como en 1918, los estadistas alemanes y franceses (el ministro de Asuntos Exteriores francés Robert Schumann y el jefe de Gobierno alemán Konrad Adenauer) llegaron a la conclusión de que solo una solución dirigida al equilibrio y a la cooperación política y económica podría crear una paz duradera entre ambos Estados (y, por lo tanto, en toda Europa). De la misma manera en que se puso fin a la antigua enemistad entre Ecuador y Perú, hace 20 años, gracias a la voluntad de los dos países de caminar juntos por la senda de la paz.

Sobre esta base, la cooperación europea se desarrolló a lo largo de los años cincuenta, hasta la creación de la Comunidad Económica Europea (actualmente la UE) en 1957. En 1962, el presidente Charles de Gaulle y el canciller Federal Konrad Adenauer se reunieron en Reims para celebrar juntos una misa de reconciliación, un símbolo de la relación amistosa que ha reinado desde entonces entre los antiguos “enemigos a muerte”.

Las comparecencias públicas conjuntas del presidente François Mitterrand y del canciller Federal Helmut Kohl en 1984, en el antiguo campo de batalla de Verdún, y del presidente Emmanuel Macron y del presidente Federal Frank-Walter Steinmeier en 2017, en el antiguo campo de batalla del Hartmannsweilerkopf de Alsacia, hoy convertido en el primer memorial totalmente binacional de esa guerra, son dos símbolos importantes adicionales de los estrechos ­vínculos que existen hoy entre ambos pueblos y Estados. La joven generación de ambos países ya no puede siquiera imaginar que hubo y por qué hubo hostilidad entre alemanes y franceses.

Si comparamos la Europa de 2018 con la de 1918, salta a la vista la inmensa diferencia entre un continente destruido y de­sunido en el año 1918; y un continente próspero, democrático y unido, en paz desde hace 70 años, que es la situación de hoy. Europa logró esta recuperación posguerra gracias a la voluntad de sus pueblos, apoyados por el Plan Marshall de los Estados Unidos de América, y sobre todo gracias a la construcción europea.

Al poner en común en el año 1950, bajo una organización internacional integrada, la producción del carbón y del acero, que habían sido históricamente elementos claves de las políticas belicistas, los dirigentes europeos de la época sentaron las bases de una paz duradera. Luego, seguirían, entre otras, la integración económica, ilustrada por el mercado común, una moneda común, las libertades de circulación de las personas, de los bienes, de los servicios y de los capitales, así como la implementación de políticas comunes.

Este contraste entre la Europa de hoy y la Europa de 1918 debe enaltecer nuestras convicciones y nuestras ambiciones europeas. Hoy, a un ­siglo de la primera deflagración mundial, nos toca reflexionar sobre las lecciones aprendidas de este conflicto y transmitir los valores comunes que nos hemos forjado.

Sabemos que nada puede darse como adquirido para siempre. De ahí la importancia de un trabajo memorial. Para construir un futuro de paz, confiamos en un multilateralismo justo y eficaz, que permita enfrentar los desafíos de la globalización o de la lucha contra el cambio climático en particular. En este contexto, la construcción europea sigue siendo un ejemplo valioso, que ofrece un marco insuperable y, a la vez, siempre mejorable, para responder a las necesidades actuales y del futuro.

Las atrocidades de la guerra no pueden justificarse con nada. Pero en el caso de nuestros dos Estados se puede decir que al menos han hecho que la gente se dé cuenta que la guerra no es un medio para resolver conflictos. A los 100 años del armisticio de 1918, vemos con orgullo el camino transitado por nuestros dos países en una Unión Europea que nos ha permitido afianzar la paz, la solidaridad y la prosperidad.

¡Deberíamos estar agradecidos por siempre por esta gran lección y nunca olvidarla!

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