22 de julio de 2018 00:00

Simón Bolívar, ideólogo positivista

Obra de Tito Salas Simón Bolívar recibiendo clases de Andrés Bello y el Padre Andújar. 1796.

Obra de Tito Salas Simón Bolívar recibiendo clases de Andrés Bello y el Padre Andújar. 1796.

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Amílcar Tapia Tamayo* (O)

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Simón Bolívar “fue marcado por el destino para ser no solamente Libertador de América, sino un hombre cuya figura concentraría en sí no solo la gloria sino también la envidia, la maledicencia y la ingratitud de sus benefactores.

Pocos seres hay en la Historia universal que han llegado al culmen de la gloria y al abismo del dolor; al iris de la fama y al sopor de la difamación; al esplendor de los laureles y a la sima de la traición (…) Estos seres jamás podrán ser olvidados a pesar de los huracanes del tiempo, el cual jamás borrará sus acciones y pensamientos, los que, en muchas ocasiones, serán tomadas por algunos bufones como símbolo de su nimiedad, sin considerar que la luz de los genios no se presta para la fruslería incómoda y fugaz de los necios” (Haiger, Vicent, Los superhombres en la historia de la Humanidad, París, Ediciones de Madame Chantel, 1935, p. 67).La gloria de Bolívar comienza luego del doloroso fallecimiento de su esposa María Teresa Rodríguez del Toro, ocurrida el 22 de enero de 1803. Este acontecimiento le arroja en un verdadero torbellino: viajes que duran tres años; al principio la nostalgia del primer amor, nostalgia que a veces se vuelve desesperación; proyectos confusos, nuevas pasiones que se tornan violentas y efímeras y al fin, el alto ideal que se apodera de su espíritu, arrastrándole a la lucha por la libertad de su patria. (Foroul, Gil, Historia Constitucional de Venezuela, Tomo I, Segunda Edición, Caracas, 1930)

A partir de este episodio, la vida del Libertador se convierte en un accionar de impetuosas luchas por la libertad de América, llena de matices y pasiones propias de iluminados. Por ello, si se desea estudiar al Bolívar humano, habrá que recorrer con paciencia las extensas páginas escritas sobre este ser que no fue de gabinete ni un pensador sistemático, sino un hombre de acción.

Nacido un 24 de julio de 1783, era un individuo perfectamente enterado de los problemas políticos europeos y americanos y de la historia clásica, y podía ubicarse a la altura de los más grandes eruditos del siglo XIX. Por otra parte, era un intelectual poderoso y creador, dotado de formidables capacidades dialécticas y literarias.

A ello sumaremos el hecho de que fue plenamente consciente de la necesidad de un pensamiento político nuevo para hacer frente a una situación social y política atípica en una región que bregaba por cambios. Finalmente, Bolívar no se aferró a ningún dogma, manteniendo vivo y creativo su pensamiento para afrontar diversas situaciones y problemas, lo cual le permitía adaptarse constantemente a nuevas circunstancias. (Villarreal, Sandra, Bolívar ideólogo y libertador, Quito, Sayd Producciones, 2017, p. 77)

Sobre su formación, comenta al general Santander el 20 de mayo de 1825: “Ciertamente que no aprendí ni la filosofía de Aristóteles ni los códigos del crimen y del horror: pero puede ser que Mr. De Mollien no haya estudiado tanto como yo a Locke, Coindillac, Buffon, D’Lambert, Helvetius, Montesquiu, Mably, Filangieri, Lalande, Rousseau, Voltaire, Rollin, Berthot y todos los clásicos de la antigüedad, así filósofos, historiadores, oradores y poetas: y todos los clásicos modernos de España, Francia, Italia y gran parte de los ingleses”. (Lecuna, Vicente, Obras completas, La Habana, Ministerio de Educación de Venezuela, 1947, pp.1099. Cfr. Manuel Fraga, La revolución de las ideas de Bolívar sobre los poderes del Estado, Madrid, s/a, p.229)
Bolívar era un digno discípulo de Simón Rodríguez, intelectual furibundo.

Exaltará siempre el papel político-social de la educación. Refiriéndose a ella dirá en el Congreso de Angostura (1819) que “debe ser el cuidado primogénito del amor paternal del Congreso”, puesto que “moral y luces” son “los polos de una república” y su “primera necesidad”. Por ello propone una cámara de educación como “poder moral”, idea que nunca abandonará. (Ibid. Fraga, p.230). Pero este educador de pueblos desconfía, como Napoleón Bonaparte, de los “ideólogos”, de los “buenos visionarios” de los espíritus” partidarios”. Bolívar fue un hombre culto de estilo anglosajón, no un ateneísta de corte latino. Realismo y moderación, nada de radicalismo ni utopía.

Todo su pensamiento está traducido en este positivismo: “las leyes deben ser relativas a lo físico del país, al clima, a la calidad del terreno, a su extensión, al género de vida de los pueblos”. Dice nuevamente en Angostura (1819): “Nada de imitar lo ajeno”. “Nada de extremismos ni de retórica inútil”, demostrando con ello que fue un gran reflexivo de la política. Por ello “ se debe apreciar la sabiduría de sus ideas políticas, la madurez de su crítica, la profundidad de su observación, la originalidad de su modo de pensar”. (Madariaga S. Bolívar, 2Vls. México, 1951, p. 23)

Bolívar va a la realidad directamente: le importa la existencia más que la esencia. No presume nada, y menos que nada, la virtud. En 1820, escribe: “ Yo tengo muy poca confianza en la moral de nuestros conciudadanos, y sin moral republicana no puede haber gobierno libre. Para afirmar esta moral he inventado un cuarto poder que críe a los hombres en la virtud y los mantenga en ella”. (Op. Cit, p 442).

La gran categoría literaria de Bolívar, en cualquier modo de expresión, con razón admirada por Rodó, le hizo manifestar con enorme brillantez su pensamiento creador en toda suerte de documentos, discursos, proclamas y sus innumerables y extraordinarias cartas. En cada momento usa el lenguaje y los argumentos que convienen. En la Carta de Jamaica invoca un derecho feudal demandado de los pactos del Emperador Carlos V, con los primeros conquistadores frente a la idea centralista y burocrática de la monarquía borbónica. En Angostura y Cúcuta se reviste, prudente, de la sabiduría constitucional británica. A Bolivia le propondrá una república de corte antiguo y cesarista. Pero el tema es siempre el mismo: cómo organizar sólida y eficientemente las nuevas sociedades americanas.

Bolívar supo que ninguna fórmula prefabricada le servía. Lejos de imitar los modelos jacobinos franceses, el federalismo norteamericano o el peculiar liberalismo doceañista, Bolívar buscó soluciones propias y originales basado en el análisis de la realidad, y hasta en las personas que efectivamente ocupaban la escena. Estos rasgos no pasan desapercibidos en el perfil del Bolívar que traza Sandra Villarreal Villarreal en su obra ya citada sobre el Genio de América.

*Canciller de la Confraternidad Bolivariana de América, Capítulo Ecuador.

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