15 de marzo de 2020 00:05

¿Tienen sentido los partidos políticos?

Imagen referencial. La crítica a estos organismos no es reciente. Ya en 1963, Velasco Ibarra decía que Ecuador no era un país para ellos. Foto: Pixabay

Imagen referencial. La crítica a estos organismos no es reciente. Ya en 1963, Velasco Ibarra decía que Ecuador no era un país para ellos. Foto: Pixabay

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Jorge R. Imbaquingo
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Hace 40 años, cuando el país salía de una dictadura militar y, además, por efectos de una bonanza económica se insertaba en la globalización, la idea de que Ecuador fuera una nación democrática se trabajó desde una sistema de partidos políticos. Hoy las cosas han cambiado, hay nuevas sensibilidades que la política tradicional aún no termina de tomar en serio, porque rompen su propio paradigma.

Hay varias interpretaciones de lo que son los partidos políticos. Max Weber y Carl Friedrich los categorizan como organizaciones que buscan que el líder o sus élites lleguen al poder y, así, dar ventajas a sus miembros de la estructura.

Otros pensadores, como el italiano Giovanni Sartori, son más pragmáticos y simplemente los definen como “cualquier grupo que se presente a elecciones y que puede colocar mediante ellas a sus candidatos en cargos públicos”.

A partir de esas definiciones, esa visión de 1977 de que Ecuador necesitaba de una democracia regida por un sistema de partidos sólidos era, en sí misma, una idea revolucionaria para la época, ya que una tradición muy arraigada de los partidos era su anclaje al tema religioso, como lo analizan los catedráticos Flavia Freidenberg y Manuel Alcántara Sáez, en un intenso estudio sobre los partidos políticos en el Ecuador, llamado ‘Los dueños del poder’, que muestra un deterioro del modelo del discurso polarizado de liberales y conservadores.

Aquella comisión de 1977 delineó que la participación democrática debía ser dirigida únicamente a través de los partidos políticos. El experto en partidos políticos y docente de la Flacso, Simón Pachano, lo señala así en el prólogo de ‘Los dueños del poder’, ya que eran los únicos que podían participar en elecciones y, posteriormente, incidir a través de la administración pública.

El hecho de que la representación política estuviera dominada únicamente por los partidos políticos era otra irrupción a lo establecido. Unas declaraciones de José María Velasco Ibarra a EL COMERCIO, en 1963, muestran cómo el término “partido político” tenía un valor negativo para la representación de la voluntad popular, en tanto que los partidos eran expresiones más bien de las élites.

“El mundo -decía Velasco Ibarra- no está hecho para partidos. Hay que formar movimientos. Los partidos son instituciones anquilosadas de la etapa burguesa, que ya pasó. La hora actual de este siglo es la vehemente explosión de los reclamos de las muchedumbres, de los reclamos populares, de los reclamos nacionales. Hay que formar grupos, movimientos que penetran muy adentro de esta nueva hora en que los pueblos y las naciones se expresan y quieren fortificarse”.

De ahí que, en 1977, basar el futuro democrático del Ecuador en un ecosistema de partidos también era una idea controvertida. Pero, poco a poco, ese proyecto partidizante se fue amoldando a lo que las fuerzas políticas del momento determinaban.

En una entrevista concedida a este Diario, por los 40 años del retorno a la democracia, Osvaldo Hurtado, quien estuvo a cargo de la comisión que creó la Ley de Partidos Políticos de 1979, aseguró que esa normativa no estuvo creada para tener un sistema bipartidista, sino una confluencia de “tres o cuatro partidos fuertes”, algo que contrastar con los datos del Consejo Nacional Electoral, que determinan que entre 1925 y 1978 hubo 52 partidos políticos.

Uno de los métodos que se utilizó para garantizar la idea de los partidos fuertes fue que aquellos que no alcanzaran el 4% mínimo de votos perdieran su registro. Es decir, todo se configuró para lo que Giovanni Sartori identifica como ‘modelo de multipartidismo moderado’.

Sin embargo, en 1983 la Corte Suprema de Justicia declaró inconstitucional esa parte de la Ley de Partidos, y le devolvió su registro al Frente Amplio de Izquierda (FADI). Los simpatizantes de esta tienda política reclamaban en esa época que el sistema estaba ideado para que solo participen partidos de tendencia populista y de derecha.

En 1994 se votó una consulta popular en la que se permitió que los movimientos participasen en la política electoral. Así, el plan partidizante de 1977 se vio diezmado. Luego, se vivió una exacerbación
del discurso antipartidos, que tuvo un giro dramático pues este llevó a los ‘outsiders’ a formar partidos políticos, como en el caso de Lucio Gu­tiérrez. Algo parecido pasó con Rafael Correa, aunque con una variante.

El discurso de Correa posicionó a su organización como una respuesta a la “partidocracia”, ya que gobernó 10 años con el membrete de un movimiento, aunque a todas luces era un partido. En la práctica, el movimiento de Correa, Alianza País, llegó a depender de un liderazgo total y vertical del exmandatario, como lo señala con claridad la politóloga argentina Yanina Welp, del Albert Hirschman Centre on Democracy: “El expresidente Rafael Correa fue cerrando debates -desde el aborto hasta el extractivismo- no formando consensos sino dando órdenes”.

De ahí, surge el debate de la incapacidad práctica de los ‘outsiders’ de lograr los cambios que tanto propugnan con su discurso antipolítica tradicional, puesto que siguen replicando esas prácticas que tanto critican: a la vez, nuevos partidos que llegan con la promesa de renovar la política con modelos alternativos de organización y acaban, poco a poco, reorganizándose y pareciéndose cada vez más a los partidos a los que criticaban”, asegura Welp.

Entonces, en este ecosistema de organizaciones políticas, ¿cómo deben los partidos políticos entender las nuevas sensibilidades de los jóvenes, más allá de ver en su tecnologización una oportunidad de mercadeo para llegar a ellos?, ¿cómo sintonizar con las luchas de género?, ¿cómo conectar con causas como las de los animalistas sin acercarse el día de las votaciones con una mascota a las urnas?

La respuesta no es fácil. La política es un compendio de voluntades que funcionan mientras haya participación. De ahí que si la respuesta de quienes son activistas o seguidores de las nuevas sensibilidades es alejarse, los resultados serán poco alentadores.

La intención de contar al partido político como una pieza de museo es poco probable, estas organizaciones se adaptan a los tiempos y, de seguro, su resiliencia nos pinta como animales políticos.

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