14 de octubre de 2018 00:00

San Romero de América

Óscar Arnulfo Romero desplegaba una gran actividad pastoral. Fue ordenado en 1942; lo asesinaron en 1980. Foto: jesuitascam.org

Óscar Arnulfo Romero desplegaba una gran actividad pastoral. Fue ordenado en 1942; lo asesinaron en 1980. Foto: jesuitascam.org

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Gonzalo Ortiz
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Monseñor Pedro Casaldáliga, en un poema escrito a los pocos días del asesinato del obispo salvadoreño, que fue baleado mientras celebraba la misa el 24 de marzo de 1980, fue el primero en llamarlo “San Romero de América”. Hoy, 38 años después, en Roma, el papa Francisco en efecto lo proclamará santo, junto con Paulo VI.

Son dos santos muy especiales, y cercanos a Francisco, porque Paulo VI fue el papa que no se dejó impresionar por las fuerzas retardatarias y continuó el Concilio Vaticano II, presidiendo tres de sus cuatro períodos de sesiones (el primero lo había presidido Juan XXIII), y llevó adelante la renovación de la Iglesia.

A su vez, inscribir a Romero en la lista de los santos reconoce lo que los pueblos de América Latina han dicho desde que murió y es, además, un triunfo personal de Francisco, que destrabó su causa, introducida trabajosamente en Roma y que se había quedado estancada.

Lo beatificó el 23 de mayo del 2015 en una ceremonia en la plaza Salvador del Mundo en San Salvador, a la que asistieron 300 000 fieles de 57 países. Este marzo anunció la ­canonización que se llevará a cabo hoy.

Esto por parte de la Iglesia Católica. Porque la verdad es que las iglesias protestantes le reconocieron como santo hace 15 años. Su estatua está en la abadía anglicana de Westminster y, en su calendario litúrgico, el 24 de marzo es día de Óscar Romero y de los mártires de El Salvador.

¿Quién fue monseñor Romero?
Óscar Arnulfo Romero Galdámez fue el cuarto arzobispo metropolitano de San Salvador, capital de El Salvador. Nació en Ciudad Barrios, el 15 de agosto de 1917 en una familia pobre, sencilla y católica. Su padre era empleado del correo y su madre, ama de casa.

En 1937 entró al seminario mayor. Sus superiores lo mandaron a Roma, a estudiar Teología en la U. Gregoriana donde se doctoró. Fue ordenado sacerdote el 1 de abril de 1942.

De vuelta a su país trabajó durante 20 años en la diócesis de San Miguel. Era un modelo de sacerdote, de mucha oración y actividad pastoral. Por un lado, contaba con el cariño de la gente, de los pobres y también de las familias acomodadas. Por otro, sus compañeros lo cuestionaban por ser muy tradicional.

El 25 de abril de 1970 fue nombrado obispo auxiliar de San Salvador, y el 15 de octubre de 1974, obispo de Santiago de María, en un momento en que estaba comenzando la represión contra los campesinos organizados. En 1975, la Guardia Nacional asesinó a cinco campesinos. Monseñor Romero, preocupado y conmovido, consoló a las familias afectadas, pero no quiso hacer una denuncia pública como le aconsejaban los sacerdotes. En cambio, escribió una dura carta privada al Presidente del país, que era amigo suyo, aunque sin resultado alguno.

El 3 de febrero de 1977 fue nombrado arzobispo de San Salvador, la capital, escogido por su aparente conservadorismo y cercanía al poder. Pero Romero no iba a transigir: la represión al pueblo provocó su conversión, convirtiéndose en la voz de los pobres y perseguidos.

Un mes después de su posesión, los escuadrones de la muerte asesinaron a su amigo, el padre jesuita Rutilio Grande, y a dos campesinos. Este hecho violento le dolió profundamente; exigió públicamente una investigación y dijo que mientras no hubiera resultados no asistiría a ningún acto o reunión con el Gobierno. Además, contra la opinión del nuncio y de otros obispos, canceló las misas en toda la arquidiócesis y las sustituyó por una sola misa fúnebre en la Catedral de San Salvador.

Más de 150 sacerdotes la concelebraron y más de 100 000 personas acudieron a la catedral para escuchar el discurso de Romero, quien pidió el fin de la violencia.

Voz de los sin voz
Desde entonces, las homilías en su misa dominical en la Catedral, transmitidas por radio, fueron seguidas en todo el país. En ellas interpretaba los hechos de la semana a la luz del Evangelio y daba fe y esperanza a todas las personas que luchaban por la justicia y la liberación.

Por su compromiso de fe, traducido en consecuencias sociales, Romero fue calumniado y amenazado de muerte. Estas amenazas no eran cosa de juego: el mayor Roberto D’Aubuisson había organizado, con personal del propio Ejército, los tenebrosos escuadrones que asesinaban a los dirigentes populares y a cualquiera de quien sospechasen que se oponía al orden oligárquico.

Sin embargo, el arzobispo no se amedrentó: “Quisiera aclarar un punto. Se ha hecho bastante eco a una noticia de amenazas de muerte a mi persona. Quiero asegurarles a ustedes, y les pido oraciones para ser fiel a esta promesa, que no abandonaré a mi pueblo, sino que correré con él, todos los riesgos” (Homilía 11-11-1979).

Y sabía que su muerte se acercaba: “Hablo en primera persona porque esta semana me llegó un aviso de que estoy yo en la lista de los que van a ser eliminados la próxima semana. Pero que quede constancia de que la voz de la justicia nadie la puede matar ya” (24-02-1980).

Añadió con voz profética: “Si me matan resucitaré en el pueblo salvadoreño. Como pastor estoy obligado a dar la vida por quienes amo, que son todos los salvadoreños. Mi muerte, si es aceptada por Dios, será por la liberación de mi pueblo y como testimonio de esperanza en el futuro. Un obispo morirá, pero la Iglesia de Dios, que es el pueblo, no perecerá jamás”.

“¡Cese la represión!”
El 23 de marzo de 1980, el arzobispo pronunció una dolorida, dramática y casi desesperada homilía para que terminara la persecución: “Yo quisiera hacer un llamamiento de manera especial a los hombres del Ejército y en concreto a las bases de la Guardia Nacional, de la Policía, de los cuarteles.

¡Hermanos! ¡Son de nuestro pueblo! ¡Matan a sus mismos hermanos campesinos! [...]. Ningún soldado está obligado a obedecer una orden contra la Ley de Dios […]. En nombre de Dios, pues, y en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les suplico, les ruego, les ordeno en nombre de Dios: ¡Cese la represión!”
“Fue su última homilía. Con ella monseñor Romero había firmado su sentencia de muerte”, dice el teólogo José Luis Tamayo.

“Los jefes militares interpretaron sus palabras como una llamada a los soldados a la desobediencia y a la insumisión y prometieron vengarse”. Al día siguiente, a las 06:20 de la tarde, Mons. Romero era asesinado por un francotirador, mientras celebraba la eucaristía en la capilla del Hospital de la Divina Providencia.

En 2010, el periodista Carlos Dada hizo varias entrevistas al capitán Álvaro Rafael Saravia, que se encuentra en paradero desconocido. Reclutado por D’Aubuisson para colaborar en el “frente anticomunista”, el capitán Saravia participó en el asesinato de monseñor Romero: según confesó, él “consiguió las armas, el vehículo, el matón y el plan” y luego “pagó al hombre que disparó” (El Faro, 22-3-2010).

Romero había luchado casi solo en medio de un Episcopado timorato mientras EE.UU.apoyaba con ingentes sumas de dólares al Gobierno salvadoreño y a su Ejército para, en alianza con la oligarquía local, atentar contra la ciudadanía indefensa y terminar con la Iglesia de los pobres y con la teología de la liberación.

Como dice Tamayo, “tras su asesinato martirial, se hizo un largo silencio –en muchos casos acusatorio– sobre Mons. Romero en la Iglesia institucional salvadoreña, el Vaticano y los sectores políticos conservadores del país. Silencio que contrastó con el reconocimiento de su compromiso con los pobres y de su santidad martirial por parte del pueblo salvadoreño, de las comunidades de base y de la teología de la liberación”.

San Romero no es un santo al estilo usual. Ejemplo de ciudadanía activa, fue un pedagogo popular y conciencia crítica del poder, defensor de los derechos humanos, comprometido en la lucha por la paz y justicia, desde la no violencia activa, al estilo de Gandhi y Martin Luther King. Y, como lo dirá hoy el Papa, mártir del cristianismo liberador. *Periodista, escritor.

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