10 de marzo de 2019 00:00

Sacachún, ligado a la figura de su dios tutelar

La figura de San Biritute se levanta en el centro del pueblo. El patrono del pueblo, San Jerónimo, da nombre a la iglesia. Las veredas son adoquinadas pero la calle sigue siendo de tierra

La figura de San Biritute se levanta en el centro del pueblo. El patrono del pueblo, San Jerónimo, da nombre a la iglesia. Las veredas son adoquinadas pero la calle sigue siendo de tierra. Foto: Mario Faustos/El Comercio

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Alexander García
Redactor (O)

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Un mito instalado en el imaginario de los sacachunenses extendió la idea de que cuando regresara el tótem fálico de San Biritute todo retornaría a la pequeña comuna de Santa Elena: los jóvenes, la fertilidad y la prosperidad.

San Biritute, el señor de las aguas, una legendaria escultura precolombina a la que se le atribuyen poderes sobre la fertilidad y el don de “hacer llover”, devolvió más que precipitaciones a Sacachún, tras su retorno el 16 de julio del 2011.

El regreso del monolito, tallado en conglomerado de piedra marina, ídolo de culturas ancestrales que habitaron territorios de la antigua provincia peninsular, le trajo también agua potable al pequeño pueblo, una comuna de la parroquia rural de Simón Bolívar, del cantón Santa Elena.

En 1952, la talla de forma fálica fue llevada “por la fuerza” a Guayaquil, en donde permaneció por 59 años. Ahí fue exhibida primero en las calles de la ciudad y luego en el Museo Municipal. El tótem fue recuperado -y su retorno celebrado en su momento por la provincia- tras un largo reclamo de los comuneros.

La atención que concentró el retorno de la figura mítica se tradujo además en la reapertura de la escuela unidocente del pueblo, el asfaltado de la carretera de ingreso, veredas adoquinadas, arreglo de fachadas. Aunque la migración de la población por falta de oportunidades sigue siendo, casi ocho años después, un reto de la comuna.

Sacachún es ahora una aldea de 50 familias en la cima de una loma, con una calle principal sin pavimentar -la obra del adoquinado de la calle principal ya fue concesionada por el Municipio de Santa Elena-, una calle secundaria más estrecha y una población de un centenar de personas.

La mañana de un viernes de finales de enero hay pocos habitantes en la calle principal, gran parte de ellos adultos mayores. Como antes del retorno del dios precolombino, los adultos y jóvenes migran por trabajo o educación a otros poblados de provincia o al propio Guayaquil. Pero a medida que transcurre la mañana dos niñas en etapa preescolar recorren la calle y un trabajador hace un alto en una tienda para tomarse un refresco.

“A raíz de que trajimos al tótem volvieron las lluvias; la gente está sembrando maíz en los campos. Entonces sí ha traído beneficios San Biritute”. Dionicio Tigrero, de 59 años, sonríe cuando hace la evaluación. Él fue presidente de la comuna e impulsó el regreso de la talla en el 2011. “Con el trabajo en las haciendas han regresado algunos jóvenes”, agrega.

Se estima que para inicios de esta década solo quedaban 30 familias en la comuna. Los habitantes que trabajan en otras zonas o estudian fuera vuelven para los fines de semana o los días de fiesta.

Con el retorno del dios tutelar de la población, también se reabrió la escuela Carlos Alberto Flores, donde hoy estudia media docena de niños, desde el período inicial hasta séptimo grado. Wider Tomalá, de 59 años, es el único profesor de la escuela y se dedica además a la agricultura.

Las largas sequías hicieron que muchos se fueran. Tomalá descubrió con su familia que dos pozos de agua subterránea habían sido envenenados a finales de los años 80 con barbasco cuando se expulsó de la comuna a una tropa de nómadas. Durante años, las vacas que tomaban agua se iban muriendo, hasta que limpiaron y reabrieron uno de los pozos.

Los habitantes se dedican ahora a la cría de cabras y chivos. Alrededor de las dos glorietas del pueblo donde se exhiben el ídolo de piedra se asoman animales de corral, como patos y cerdos.

“El pueblo estaba queriendo morir y con San Biritute recobró un poco de vida”, recuerda el profesor. “Ahora la falta de recursos económicos impide que la gente pueda emprender”.

Tomalá tiene sembradas tres hectáreas de café en una finca a tres kilómetros del poblado, Cuenta que comenzaron en el proyecto una docena de compañeros y quedaron solo dos. La mayoría abandonó los cultivos, porque no todos tenían los recursos para invertir por dos o tres años el mantenimiento de las bombas de riego.

Ahora, por fin, comenzó a cosechar. “La tierra es maravillosa, pero se prefiere sembrar maíz, sandía o melón en la etapa de lluvias, porque el café requiere de riego todo el año. Se necesita traer agua por medio del trasvase, eso sí sería un cambio rotundo”, dice.

Hasta la comuna, ubicada a 87 kilómetros de Guayaquil y a 50 de Santa Elena, se ingresa por la vía a la Costa desde el poblado de Buenos Aires.

La Prefectura de Santa Elena trabaja para completar el asfaltado de una parte del camino vecinal que une a la ruta de viejos dioses guancavilcas, que son poblaciones con sus propios tótems de piedras ancestrales como Julio Moreno y Juntas del Pacífico. Los monolitos fueron traslados a las plazas de los pueblos desde el Cerro Las Negras, parte de la ruta del interior de la provincia.

El dios tutelar de Sacachún fue tradicionalmente latigueado, para exigirle que hiciera llover, según una antigua creencia local. Y las mujeres que querían quedar embarazadas tenían que ir a sobarlo en sus partes íntimas o a frotar sus cuerpos contra la talla.

El rito se sigue practicando. Don Arcadio Balón, el panadero del pueblo, presta las sábanas para que las parejas que no pueden concebir hijos y llegan en busca del favor, cubran sus frotamientos de las miradas furtivas. Y en dos ocasiones han visto a padres que han regresado a celebrar en las glorietas el primer cumpleaños de sus bebés, en señal de agradecimiento a San Biritute.

Antonio Tigrero Gonzabay, sacachuneño de 89 años, recuerda que, según le contaron, para la época sin fecha en la que sus bisabuelos trajeron al monolito, había un invierno durísimo. Con otros comuneros abrieron trochas y lo trajeron a caballo desde el cerro Las Negras. “Cuando llegaron con San Biritute llovió tanto que le pusieron que era milagroso. Y luego cuando no llovía lo castigaban con cuero de vaca para que lloviera”, cuenta.

En 1952 se produjo lo que los pobladores llaman el rapto del monolito, por parte de militares armados que llegaron al pueblo en dos volquetas. Y se llevaron la escultura de 2,35 metros, considerada la figura antropomorfa precolombina más grande hallada en tierras del Ecuador.

Tigrero Gonzabay, quien fue testigo presencial del robo de San Biritute, cuenta que ya otras veces habían intentado llevarse la talla y los pobladores lo impedían, pero esa vez, no pudieron oponerse a las armas de los militares.

“Vamos para que vean dónde va a quedar San Biritute, nos dijeron, y nos subimos a la volqueta con otro compañero, pero como a dos kilómetros de aquí nos dejaron botados”. No lo acompañaron hasta la morada temporal (Guayaquil).

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