3 de febrero de 2019 00:00

De Río de Janeiro a Brasilia, un arduo camino hacia la paz

Firma del Protocolo. Constan, entre otros, los cancilleres de Perú, Alfredo Solf y Muro, y de Ecuador, Julio Tobar Donoso, y representantes de EE.UU., Brasil, Argentina y Chile. Foto: enciclopediadelecuador.com

Firma del Protocolo. Constan, entre otros, los cancilleres de Perú, Alfredo Solf y Muro, y de Ecuador, Julio Tobar Donoso, y representantes de EE.UU., Brasil, Argentina y Chile. Foto: enciclopediadelecuador.com

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Enrique Ayala Mora
historiador, investigador y docente.

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El 29 de enero de 1942, en Río de Janeiro, se suscribió el Protocolo de Paz, Amistad y Límites, entre Perú y Ecuador. Así terminó un conflicto militar, en que nuestro país había sido derrotado e invadido un año antes y comenzó un largo proceso histórico en medio del cual el pueblo ecuatoriano sufrió la humillación de haber perdido parte del territorio amazónico que había reclamado por más de un siglo. El Canciller que firmó el protocolo no tuvo más remedio, pero lo hizo con indignidad y mal entendida resignación. El gobierno vendepatria de Carlos Arroyo del Río propició la derrota y se mantuvo luego en el poder con represión y corrupción. Se produjo un trauma nacional.

El Congreso ratificó el Protocolo cuando el territorio ecuatoriano estaba aún ocupado. Luego, una comisión mixta comenzó a demarcar la frontera. Allí se descubrió la verdadera ubicación y extensión del río Cenepa, afluente del Marañón, que se interponía entre el cauce del Zamora y el Santiago, imposibilitando la demarcación, puesto que no existía el “divortiun aquarum” o división de aguas previsto en el Protocolo. El Ecuador planteó que el Protocolo era inejecutable y pidió una negociación complementaria. Pero el Perú se empecinó en negarla. Hacia 1950 la demarcación se había detenido y quedó en el Suroriente una zona no delimitada.

En 1960 el asunto estaba en un punto muerto. Perú solo ofrecía como salida el sometimiento a su interpretación del Protocolo. En medio de un clima continental de agitación social y política, el presidente Velasco Ibarra proclamó la nulidad del Protocolo de Río de Janeiro, ampliamente respaldada en un país que no había encontrado eco para un arreglo decoroso y que sentía aún su dignidad pisoteada. La nulidad, rechazada enérgicamente por el Perú y los países garantes del Protocolo, condujo a un callejón sin salida, agravado por la inexistencia de una tesis territorial única. El propio Dr. Velasco habló de la “solución honrosa”, a cambio de un puerto en el Amazonas. Gobiernos posteriores plantearon una “salida honorable”.

Con la declaratoria de nulidad, el Perú radicalizó su posición de que no existía problema y avanzó sobre los territorios en disputa, llevando sus guarniciones hasta la Cordillera del Cóndor, donde se produjo un enfrentamiento en enero de 1981. El Ecuador reaccionó con unidad. La Organización de Estados Americanos intervino para evitar un conflicto, pero el Perú consolidó sus posiciones.

En busca de un arreglo

Desde entonces avanzó en Ecuador la tendencia a buscar un arreglo con Perú. Una propuesta del presidente Osvaldo Hurtado en 1983 sembró una semilla positiva. Contrariamente, León Febres Cordero, cuando fue presidente, abanderó la postura de mantener el conflicto como una “herida abierta”. Desde 1988, la acción del canciller Diego Cordovez consiguió la aceptación inicial del Perú de que había un conflicto pendiente. En 1981, ante la Organización de Naciones Unidas, el presidente Rodrigo Borja planteó someterse al arbitraje del Papa. El Perú no aceptó, pero ante la iniciativa ecuatoriana debió admitir por primera vez que existía un problema con el Ecuador. El presidente Alberto Fujimori visitó el país en 1992 e hizo una tímida oferta de arreglo que creó grandes expectativas.

En 1992 llegó a la Presidencia Sixto Durán Ballén, y mantuvo la búsqueda de un arreglo. En el Perú, el presidente Fujimori se proclamó dictador con apoyo de las Fuerzas Armadas y logró significativos éxitos contra Sendero Luminoso. La coyuntura de un intento de reelección presidencial y de ocultar graves acusaciones de narcotráfico en la cúpula militar del Perú, desembocó en una nueva agresión en enero y febrero de 1995, centrada en el sector de la cabecera del Cenepa, en la zona no delimitada.

Pese a la superioridad numérica del Ejército peruano, las fuerzas ecuatorianas resistieron sin ceder posiciones. El Gobierno y el pueblo del Ecuador reaccionaron con unidad, bajo la consigna “ni un paso atrás” de Durán Ballén. Cuando no pudo tomar Tiwintza, el Perú aceptó un cese al fuego y luego de complejas negociadores, auspiciadas por los países garantes del Protocolo, se firmó en Brasilia la Declaración de Paz de Itamaraty.

La firma de la paz

En octubre de 1998, Jamil Mahuad y Alberto Fujimori firmaron la paz. En el centro, Fernando Henrique Cardoso.

En octubre de 1998, Jamil Mahuad y Alberto Fujimori firmaron la paz. En el centro, Fernando Henrique Cardoso.

Ecuador y Perú iniciaron en 1995 la búsqueda de un arreglo definitivo. La negociación fue larga y compleja, pero pese a las dificultades primó la idea de que postergar el arreglo significaba mantener el peligro de enfrentamientos bélicos con su costo humano y económico. La resistencia efectiva y la calidad militar demostrada por nuestros soldados ratificaron un sentido de seguridad en nuestra propia fuerza.

Luego de que el proceso sorteara numerosas dificultades, se lograron acuerdos sobre navegación y libre comercio, integración fronteriza y medidas de confianza mutua. Pero los dos países no se pusieron de acuerdo sobre la demarcación de frontera. Pidieron, entonces, un pronunciamiento a los garantes, que a su vez se comprometieron a intervenir, siempre que el procedimiento fuera aceptado por los congresos y su pronunciamiento fuera obligatorio. Así se aceptó. Los garantes se pronunciaron y el 26 de octubre de 1998 se firmó en el Palacio de Itamaraty, Brasilia, el Acuerdo de Paz.

Nuestro país tuvo que hacer el sacrificio de aceptar la frontera fijada en Río de Janeiro. En virtud de los acuerdos, se dio la razón al Ecuador en su demanda sobre la zona Cuzumaza-Bomboiza, pero se aceptó la postura peruana sobre la cabecera del Cenepa. La frontera fue fijada por las altas cumbres de la Cordillera del Cóndor. El Ecuador recibió en propiedad un kilómetro cuadrado en Tiwintza. Se establecieron dos parques adyacentes, se ratificó el derecho del Ecuador a libre navegación por el río Marañón-Amazonas y sus afluentes septentrionales, y se previeron dos establecimientos comerciales ribereños al río Amazonas para Ecuador por cincuenta años. Se impulsó la integración.

A los veinte años

El balance de estos veinte años es favorable, aunque algunos compromisos no se cumplieron del todo y el comercio amazónico está en veremos. Habría sido terrible, por ejemplo, que afrontáramos el conflicto surgido en la frontera con Colombia mientras se mantenía una amenaza de guerra con el Perú.

La paz con Perú fue posible por la profesionalidad y resistencia de las Fuerzas Armadas, por la actitud correcta de los cancilleres Galo Leoro y José Ayala Lasso, que dirigieron las negociaciones, por el apoyo internacional, pero sobre todo porque se logró crear un consenso dentro del país sobre la necesidad de un arreglo. Superando los traumas, la sociedad ecuatoriana se sintió madura para dar el gran paso. Esa es la mayor lección del proceso.

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