27 de mayo de 2018 00:00

Réquiem por el padre del nuevo periodismo

Tom Wolfe fue uno de los ­periodistas estadounidenses  más importantes de la ­segunda mitad del siglo XX.  Falleció el pasado 15 de mayo, a los 88 años de edad.

Tom Wolfe fue uno de los ­periodistas estadounidenses más importantes de la ­segunda mitad del siglo XX. Falleció el pasado 15 de mayo del 2018 a los 88 años de edad. Foto: AFP

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Gabriel Flores
Redactor (O) gflores@elcomercio.com

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Una mañana de otoño de 1962, Tom Wolfe, un joven treintañero que acababa de graduarse de doctor en Literatura y que trabajaba en el New York Herald Tribune, agarró la última edición de la revista Esquire y se enganchó con un artículo que llevaba por título ‘Joe Louis: el rey hecho hombre de edad madura’, un texto que comenzaba con el tono y el clima de un relato breve y que estaba firmado por Gay Talese.

Por esos años Wolfe, un dandi que siempre disfrutó vestir con trajes blancos, tenía el hábito de leer a los periodistas dedicados a escribir reportajes, entre ellos Talese, Robert Lipsyte Michael Mok, Charles Portis, Jimmy Breslin y Dick Schaap. Todavía no lo etiquetaban con el mote de ‘Padre’ del Nuevo Periodismo pero sabía que el trabajo que estaban haciendo estos reporteros era el camino que quería seguir.

Todos ellos, incluido Wolfe, tenían el sueño de convertirse en grandes novelistas. Frente a ellos tenían el legado que habían dejado autores como Ernest Hemingway, John Dos Passos y F. Scott Fitzgerald.

A más del clima y del tono propios de la novela, esta tribu de periodistas decidió incorporar en sus textos, de largo aliento, a personajes y hechos que habían pasado desa­percibidos para el ojo y el oído de la mayoría de reporteros. El trabajo previo que hacían también era diferente. Para reunir todo el material, que luego se condensaría en textos de 5 000 o 6 000 palabras, pasaban días enteros con sus fuentes.

La idea de este ejercicio que Wolfe explicó en ‘El nuevo periodismo’ consistía en ofrecer una descripción más amplia a los lectores sobre la vida subje­tiva y emocional de sus personajes, como ocurría en la novela. “Solo a través del trabajo de preparación más minucioso­ era posible, fuera de la ficción, utilizar escenas completas, diálogo prolongado, punto de vista y monólogo interior”.

En 1963, Wolfe comenzó a escribir en el suplemento dominical del Herald Tribune que se llamaba New York, un espacio en el que no tenía reglas para contar las historias. Allí aparecieron textos como ‘El embellecido cochecito aerodinámico fluorescente’, ‘¡¡¡¡Las Vegas!!!!’ y ‘Sana diversión en Riverhead’, textos que se distinguen por el uso recurrente de signos de exclamación y por la presencia de una narrador que reta constantemente al lector.

El mérito de Wolfe y de esa generación de periodistas fue darse cuenta de que el periodismo de esa época no entendía cómo contar lo que estaba viviendo la sociedad estadounidense. Por eso hicieron algo que en la actualidad parecería una perogrullada: escuchar lo que decía la gente y contarlo. Una de las frases que siempre repetía era que “para escribir hace falta el mismo esfuerzo que para informar: el esfuerzo de tener la boca cerrada y escuchar exactamente cómo habla la gente y qué es lo que dice”.

Vivir a caballo entre la literatura y el periodismo se convirtió en algo natural para Wolfe y su generación. El resultado de ese trabajo intelectual fue la publicación de libros como ‘La izquierda exquisita & Mau-mauando al parachoques’, (1970), un texto en el que cuenta lo que sucedió en la fiesta que el compositor Leonard Bernstein ofreció en Nueva York, en homenaje a los Panteras Negras, para intentar comprenderlos y apoyarlos. Wolfe retrata desde el sarcasmo cómo la élite neoyorquina en esa ocasión quedó rendida ante este grupo y cómo estos jóvenes militantes disfrutaron de la ignorancia de los otros.

A esta historia se suman otras como ‘La palabra pintada’ (1975); ‘Los años del desmadre’ (1976); y ‘Lo que hay que tener. Elegidos para la gloria’ (1979) un gran reportaje en donde Wolfe introduce al lector en las entrañas de la vida de los astronautas. Después de seis años de investigaciones y entrevistas, descubrió que los hombres encargados de conquistar el espacio eran personas que provenían del mundo de los pilotos de pruebas, un universo que fomentaba imágenes míticas, muy distintas a las del pasivo robot que deseaban los técnicos y burócratas del Programa Mercury.

En el lado de la ficción, la gran novela de Wolfe es ‘La hoguera de las vanidades’ (1987), uno de los retratos literarios más famosos de Nueva York, protagonizado por Sherman McCoy -un poderoso corredor de bolsa de Wall Street- que un día se adentra, con su Mercedes deportivo de USD 48 000, al South Bronx, uno de los sectores más bravos de la ciudad.

En este libro, Wolfe muestra la hostilidad que existía hacia los negros y los latinos por parte de las autoridades y las disputas por el poder político y económico. En 1990, la cinta fue llevada al cine por el director Brian De Palma. La película fue protagonizada por un joven Tom Hanks, Bruce Willis y Melanie Griffith.

Después vinieron novelas, que la crítica estimó de menor factura, entre ellas ‘Todo un hombre’ (1998); ‘Soy Charlotte
Simmons’ (2004) y ‘Bloody Miami’ (2012).

En su última novela, Wolfe decidió sumergirse en las profundidades de Miami. Entre los lugares que visitó estuvo un club de ‘striptease’ ruso, donde las bailarinas lo confundieron con un anciano aristócrata y se le sentaban en las rodillas para hablarle. También estuvo en la famosa Regata del Día de Colón, en la que yates y botes terminan agrupándose en fiestas que terminan en bacanales.

El periodista Óscar Corral, que ese tiempo trabajaba en el Miami Herald, tuvo la suerte de convertirse en el guía oficial de Wolfe durante su estadía en la ciudad. En una entrevista publicada en El País de España, Corral cuenta que muy pocas veces tomaba notas porque lo que más le interesaba era escuchar a la gente, mirarla, saber qué pensaba y entenderla. “Decía que tenía un interruptor que encendía cuando estaba haciendo reportajes y se daba cuenta de todo y cuando no estaba trabajando lo apagaba y era normal”.

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