2 de diciembre de 2018 00:00

La quiteñidad es coexistencia

Eduardo Kingman Garcés en una de las áreas verdes de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales (Flacso), donde trabaja como profesor emérito. Foto: Julio Estella / EL COMERCIO

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Gabriel Flores

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La quiteñidad se vuelve una de las ideas más populares y difundidas en estos días dedicados a la celebración de los 484 años de la fundación española de Quito. En medio de la celebración a bordo de ‘chivas’, del inicio de los campeonatos de cuarenta, de los desfiles y los conciertos masivos y las fiestas barriales, Eduardo Kingman Garcés, antropólogo urbano, lanza sus reflexiones sobre esta idea. Una noción que tiende a caracterizar de una forma determinada a los quiteños o a la gente que vive en Quito.

¿Cómo definiría la quiteñidad?
Me parece que puede ser pensada como una construcción cultural que se está transformando constantemente. Hasta la primera mitad del siglo XX la idea de quiteñidad estaba muy vinculada a la hispanidad y al sentido de lo criollo. A esta idea de ciudad señorial o colonial. Después, esa noción se fue ampliando porque la ciudad se empezó a configurar por una cantidad de sectores que tienen un origen provinciano o uno rural. Pero en general me parece una noción de ciudadanos que excluye a otros ciudadanos.

¿La quiteñidad también hace referencia a una serie de valores que supuestamente solo tienen los quiteños o la gente que vive en Quito?
Cada ciudad va marcando características que tienen que ver con distintos factores como su paisaje -Quito es una ciudad encañonada-, o su propia historia. Esta es una ciudad con una fuerte presencia del mundo rural y de relaciones con distintos grupos sociales. El problema con la idea de quiteñidad es que nos lleva a esencializar nuestras relaciones sociales. Me da la impresión de que muchas veces es una noción de ciudadanos que excluye a los ‘no’ ciudadanos.

¿Por qué suele hablarse de esta idea de quiteñidad y no de la guayaquileñidad o la cuencanidad?
Porque como capital estamos tratando de caracterizarnos. Quito es una ciudad que ha crecido y ahora lo que existe es una multiplicidad de poblaciones que vienen de otras partes del país y del exterior. El uso de este tipo de caracterizaciones esencializadoras como la quiteñidad puede alimentar la intolerancia hacia esos sectores. Si nos ponemos a hablar de quiteñidad debería ser para saber en qué medida somos capaces de convivir con el otro.

¿Qué papel juega la memoria social en esta idea de quiteñidad?

La memoria social es importante en la medida en que se incorpora como un habitus, como una forma de ser característica y que tiene que ver con un tipo de trato de las relaciones en el largo plazo. La memoria, en el sentido de tratar de pensar quiénes somos y cómo somos, me parece que no se ha puesto a operar lo suficiente. Esa es la memoria que nos permite construir un diálogo colectivo.

¿El olvido juega algún papel?
Sí, los ciudadanos no siempre recordamos que esta ciudad se constituyó a través de una fuerte relación con el campo. Que esa relación tiene sus lados claros y sus lados oscuros. Sus lados claros en la medida en que la ciudad siempre fue abastecida por un mundo campesino y que la propia cultura está marcada no solo por los elementos de hispanidad sino por una cultura popular de origen campesino. Gran parte de la riqueza de nuestra cultura viene de ahí, como el sistema de religiosidad popular, o la producción de ciertos objetos. Pero al mismo tiempo hay un lado oscuro. Un ejemplo es cómo se incluyó a la población indígena. Se lo hizo a través de un sistema de servicios. Fue una inclusión que a la vez fue una separación. Son cosas del pasado pero que siguen actuando sobre el presente. Por eso necesitamos pensar la quiteñidad siempre buscándole un sentido distinto.

¿Cómo ha influido la hispanidad en esta idea de quiteñidad?

La idea de hispanidad está muy vinculada a esto que Ángel Rama llama la ciudad letrada. En relación a la separación de lo letrado y lo no letrado. Los hispanistas remiten nuestros orígenes a los ciclos de las fundaciones de la ciudad y de las celebraciones de esas fundaciones. Por eso dan un valor simbólico al centro de la ciudad, a los monumentos y a lo monumental. En ciertos campos esta idea de que somos una ciudad hispana y no una ciudad de mezclas aparentemente fue superada a partir de la segunda mitad del siglo XX.

¿Por qué aparentemente?
Porque la idea de patrimonio que sigue vigente es una idea que reconstituye la hispanidad. Lo patrimonial es lo monumental y lo monumental nos remite a lo hispano. Ahí el punto de quiebre es reconocer que existen otros mundos dentro de la ciudad. Que la ciudad es el lugar de una multiplicidad de memorias.

¿Mundos que permanecen en las periferias?
La multiplicidad está en la periferia pero también en el centro. El problema es que no alcanzamos a ver esa multiplicidad que, en muchos casos, está vinculada a la cultura popular, que se mezcla con la cultura de masas y con los sectores medios. Una cultura que viene de las nuevas migraciones venezolanas, colombianas y haitianas. Toda ciudad es un espacio de encuentros y de mundos diversos pero hay una tendencia a la construcción de esencias que deslegitiman y apartan.

En este afán de construir una esencia se ha excluido al mundo indígena.
Ese no es un proceso de ahora. Siempre hubo la idea del mundo urbano vinculado al progreso y separado del campo que ha sido visto como un mundo atrasado y bárbaro. Siempre se ignoró que esta ciudad está llena de población indígena. Esto tiene que ver con lo que Rancière llama la partición de lo sensible: lo que es estético y de buen gusto de lo que no lo es. En Quito hay una partición social pero también hay una partición estética.

¿La quiteñidad entonces apela a lo bonito?
Apela a lo bonito concebido como lo mío. Apela a la separación con respecto a lo otro. Pero también podría haber otra percepción de la quiteñidad, una más vinculada a la idea de multiplicidad. Me parece que, más que buscar qué caracteriza al quiteño, hay que pensar que esta ciudad se puede abrir a la posibilidad de muchos encuentros.

¿Cabe hablar de la quiteñidad en un mundo cada vez más globalizado?
Tenemos que entendernos dentro de un mundo interconectado donde las influencias vienen de muchos lados, y es bueno sentirlo así porque eso nos hace menos sectarios con respecto a las mezclas. Por otro lado también tenemos mundos que se han definido localmente. Tenemos un tipo de alimentación y un tipo de temporalidades. Si te vas a una población cercana que ya está dentro de la ciudad como Nayón puedes sentarte en la plaza y ver cómo el tiempo se mueve de otro modo.

¿Qué pasa cuando instituciones como el Municipio abanderan esta idea de quiteñidad?
El problema de toda visión que se genera desde una institución es que tiende a convertirse en una visión única. Eso puede generar un campo de fuerzas como el que se produjo hace dos décadas entre quienes decían que no se debe celebrar la fundación de Quito porque es una fundación española y los que estaban a favor de celebrar el día de la resistencia.

¿Puede pensar en un ejemplo de cómo darle la vuelta a esta visión única de quiteñidad?
Mira, los mercados no han dejado de participar en las fiestas de Quito. Es más, se enorgullecen de inaugurar las fiestas con el Desfile de los Mercados. Con eso logran colocarse dentro de la escena; tienen la oportunidad de recorrer las calles que no pueden recorrer por las políticas de patrimonio; y tienen la oportunidad de desarrollar una parodia, porque el Desfile de los Mercados es la parodia de la ciudad señorial. Creo que es necesario que cuando hablemos de quiteñidad lo hagamos pensando en la posibilidad de muchos mundos coexistiendo en una misma ciudad.

Eduardo Kingman Garcés
Nació en Quito, en 1949. Es doctor en Antropología Urbana por la Universitat Rovira i Virgili, de España. Es profesor emérito del Departamento de Antropología, Historia y Humanidades de la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales Ecuador. Fue uno de los investigadores de la exposición ‘Mercados de Quito’ que se exhibe en el Museo de la Ciudad.

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