4 de octubre de 2020 00:00

Quino y la cotidianidad del antipoder

Mafalda nació para una publicidad que no se divulgó.

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Santiago Estrella G. Editor (O)

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Los grandes humoristas tienen una virtud: saben aparecer -y sobre todo reaparecer- en los momentos oportunos. Sea cualquiera el tiempo de nuestras vidas, ellos tendrán una respuesta, una pregunta y, aún mejor, un chiste. Y Quino es, sin duda, uno de esos, de los que están presentes en nuestra cotidianidad.

El humorista deja una impronta en la memoria colectiva. Siempre recordaremos a Chaplin comiendo los cordones de botas como si fueran fideos; siempre sabremos que cantinfleamos; siempre, al graduarnos, recurriremos al “dígame licenciado…” de Chespirito.

“Cada vez que se me oscurece la relación con el mundo, abro esta divertida biblia laica de este talento enorme de Quino, y me río a carcajadas y lloro de risa con la misma intensidad que con la biblia paralela, el Quijote”, dice el escritor Leonardo Valencia.

Es audaz (por la comparación con el Quijote), pero posiblemente muy cierto. Que nos disculpen los optimistas (el optimismo no es sino el pesimismo desinformado), pero la vida no es más que una suma de frustraciones. Y estas tienen que ver casi siempre con el orden que nos imponen las relaciones con el poder, cualquiera que este fuese: económico, político, policial, laboral, familiar, de pareja…

Joaquín Salvador Lavado -tal es su verdadero nombre- en las pocas entrevistas que daba, decía que su preocupación fundamental era “la relación de los débiles con los poderosos”. Y hay siempre una necesidad de resistir, aunque el destino sea el fracaso, como ese burócrata de Quino que, en una hora determinada del día, saca un papel enrollado del cajón de su escritorio para ir al baño: es una foto del Che Guevara que antepone a su rostro frente al espejo; luego vuelve a su escritorio, a la rutina, como si nada...

El Quijote y el burócrata tuvieron sus minutos de gloria y libertad.¿Acaso todos nosotros no hemos vivido, en algún momento y en un silencio profundo, esa alma de sindicalista?

Justo cuando escribía estas líneas, un día después de la muerte de Quino, el Facebook me mostró un recuerdo del 2009 que lo involucra (de pasada nomás). Era corresponsal de este Diario en Buenos Aires y debí cubrir uno de los tantos partidos de la Liga Deportiva Universitaria cuando ya había ganado la Libertadores y caminaba hacia ganar la Sudamericana.

Los vecinos me gritaban: “¡buena, ecuatoriano!”. No sabía cómo explicarles que, como hincha del Aucas, andaba una vez más en el fango de la serie B y a punto de descender a Segunda y lo de la Liga me importaba realmente poco.

En esta condición de débil, les bromeaba a mis amigos liguistas -poderosos en el fútbol- que iba a apelar a la objeción de conciencia, a la Ley de Medios, para no cubrir el partido con Lanús. Una amiga me respondió: “¿Te acuerdas de ese (chiste de) Mafalda que pide por Dios que Fidel Castro diga que la sopa es buena para que así la prohíban en todo el mundo? Te pasa algo parecido con la Liga y la ley de medios, ¿no?”.

Si todos podemos citar algo de Quino en nuestras vidas, él se convierte en un artista popular. Aunque “a menudo se identifica al ‘artista popular’ más con la figura del performer, desde la música, la actuación, lo que sea (….) Quino, hombre inclinado en un tablero para retratar el mundo, fue, es, será un artista enormemente popular”, dice el argentino Eduardo Fabregat en el diario Página 12.

Quino era profundamente político y un socialista. Él creyó siempre que el “capitalismo se iba a ir al carajo”, pero tampoco le gustó del todo cómo se había llevado adelante el socialismo del siglo XX ni el del XXI. No le gustaba esa virulencia contra el pensamiento contrario del kirchnerismo.

Jamás dejó que Mafalda fuera utilizada por empresas o comercios, menos aún por políticos, aunque siempre la usaron. Ahora en redes sociales, Mafalda se ha convertido incluso en una especie de gurú de autoayuda.

Quizás el momento más grave de su uso fue durante su autoexilio en Italia en 1976. Cinco sacerdotes fueron asesinados en Buenos Aires por un “grupo de tareas” de la dictadura militar en la llamada Masacre de San Patricio. Los criminales dejaron al lado de uno de los cuerpos una de las más famosas viñetas en que Mafalda señala un tolete: “¿Ven? Este es el palito de abollar ideologías”.

Con la muerte de Quino, las redes sociales estallaron. Muchos pusieron su foto en el banco de Mafalda en la placita de la esquina de Chile y Defensa, en San Telmo, Buenos Aires, con el derecho que les otorga la pena por su partida. A la vez, muchos andaban horrorizados de que solo se lo recordara por la niña y no por toda su otra obra.

Nadie niega que sus viñetas son extraordinarias, pero haber creado personajes fácilmente identificables y que todos simbolicen la inmensa diversidad humana, es un logro por encima de todos. Esa es una de las tareas supremas del arte, aunque la caricatura sea considerada algo menor.

Quino creó una ‘narrativa’ que puede ser fuerte, suave, tierna y hasta ingenua, pero siempre tuvo una lucidez que combina “la simplicidad en el trazo del dibujo con la profundidad de su pensamiento”, dijo Víctor García de la Concha, al entregarle el Príncipe de Asturias en el 2014.

Las cosas han cambiado desde los años 60, pero siempre habrá por ahí algún Felipito, que deja todo para un después incierto y al que ahora llamaríamos procrastinador; habrá un Guille apasionado por alguna Brigitte Bardot de hoy; alguna Susanita con sueños de esposa y madre, o un Manolito siempre pensando en cómo hacer dinero. Y, quién sabe, muy probablemente alguna Mafalda, aunque los Beatles se hayan separado, la guerra de Vietnam sea un mal recuerdo e incluso lo sopa nos terminara gustando con los años.

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