3 de noviembre de 2019 00:00

La prisión fabrica criminales

La académica Ana María Goetschel es profesora emérita en la Facultad Latinoamericana de Ciencias Sociales, donde tiene una oficina para desarrollar sus investigaciones. Foto: Galo Paguay / ELCOMERCIO

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Diego Ortiz

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Ana María Goetschel considera obsoleto el modelo de represión y violencia al cual son sometidas las personas privadas de la libertad en el Ecuador y el mundo. Se trata de un problema histórico. 

En su más reciente publicación, ‘Moral y orden. La delincuencia y el castigo en los inicios de la modernidad en Ecuador’ (Flacso-Abya Yala, 2019), la académica Ana María Goetschel contribuye a entender la historia de las cárceles y los delitos desde hace 160 años. Y actualiza el debate sobre cómo hemos construido la figura del delincuente y cuál es el funcionamiento real de los centros de rehabilitación en las sociedades contemporáneas.

¿Los modelos carcelarios de la historia del país han permitido desarrollar un proceso de rehabilitación adecuado para las personas privadas de la libertad?

No han permitido desarrollar procesos de rehabilitación. Esto se ve precisamente en la investigación. Y no es que no hubo debates. Nuestros juristas conocían los modernos sistemas. Un gobernante como García Moreno, que de acuerdo con varios autores respondía a un modelo de modernidad católica, construyó la Penitenciaria Nacional en forma de una estrella con cinco puntas unidas por una torre central de vigilancia, tomando como base lo propuesto por Benthan a fines del siglo XVIII. El objetivo no era tanto ver, vigilar sin ser visto, sino generar una nueva forma de vigilancia, de visibilidad, una nueva forma de poder y de organización disciplinaria, que caracterizaría a la sociedad moderna y que aparentemente sustituiría al castigo (físico y simbólico) propio de las sociedades de antiguo régimen, y que permitiría rehabilitar al delincuente.

¿Pero se eliminaron esos castigos?

Este modelo tan “moderno” se erigió sin eliminar el castigo y los trabajos forzados y, lo que es peor, sin eliminar la pena de muerte. A pesar de que estuvo programado para 300 delincuentes, cuando en 1874 García Moreno inauguró el penal, vio con sorpresa que no llegaban a 50 los criminales que debían ser llevados a la prisión. Adujo como explicación el efecto moralizante de la acción de la Iglesia, que había mejorado las costumbres; ¿pero esto fue así? Ha sido frecuente en la historia referirse al aumento o disminución de los delitos para justificar políticas, y es posible que esto pase. 150 años más tarde, el presidente Rafael Correa justificó la construcción de la cárcel de Latacunga aduciendo que se contribuía a la rehabilitación de las personas privadas de libertad. Pero todos sabemos lo que ha pasado cuatro años después de su inau­guración: el hacinamiento es monstruoso, las condiciones de habitabilidad son desastrosas, reinan la violencia y el asesinato de las personas en manos de mafias. Ayer como hoy, los supuestos sistemas de rehabilitación han sido un completo fracaso. En realidad han sido centros de modernización del castigo.

¿Cómo ha cambiado la visión del delincuente desde la modernidad hasta la actualidad en el país?

Creo que los gobiernos o los gobernantes de cada momento histórico erigen determinadas formas de concebir a los y las delincuentes. Por ejemplo, dentro del clima de reforma moral que impuso el garcianismo, el concubinato no solo constituyó uno de los ejes a que apuntó su discurso, sino que fue uno de los delitos más perseguidos. Esta situación revela un tipo de estrategia de gobierno que apuntó a una intervención moral sobre la vida privada y que le permitió establecer una normativa jurídica que rigiera las relaciones sociales, imponiendo un tipo de vida regido por la moralidad católica. Durante el liberalismo, al contrario, el concubinato no parece motivo de preocupación. El Estado liberal deja de intervenir sobre los aspectos morales de la vida social, porque son relegados al espacio privado, a la conciencia individual. Es cierto que los delitos de agresión sexual directa contra las mujeres (como la violación y el estupro) fueron castigados durante la época liberal, pero la estructura patriarcal y de dominación masculina apenas fue tocada.

En este proceso se han creado ciertos paradigmas o modelos de quiénes son los delincuentes...

Los años del liberalismo dieron lugar, en el campo de la criminología, al desarrollo de la Antropometría Criminológica (influida por Lombroso y Garofalo), que trató de tipificar a los criminales natos. Lo interesante es que esos tipos criminales, que incluían rateros, escaperos, mendigos, desocupados, coincidían con sectores populares e indígenas. De esta manera, la Ciencia Criminológica confirmó las ideas de inferioridad racial.

¿Las élites imponen los modelos o la visión de quién es el delincuente?

No creo que se trate solamente de un modelo creado por las élites. La formación de la figura delincuencial es una construcción social, cultural y política. Hasta el 2014, por ejemplo, las mujeres que abortaban no eran llevadas presas, si no existía de por medio una acusación particular (que generalmente se daba por el fallecimiento de las mujeres debido a una mala práctica o por denuncia de alguien que se sentía afectado). Y esto se producía aun cuando el aborto estaba penalizado por los distintos códigos penales que han regido en la vida republicana. A partir del COIP del 2014, las mujeres que asistían a los hospitales públicos con abortos en curso fueron llevadas presas y consideradas delincuentes. Bajo el sistema regulador y autoritario del Gobierno anterior, el aborto pasó de ser resuelto en el espacio privado, a ser perseguido por el Estado. La judicialización y la criminalización de las mujeres pobres que abortan se dan en esas condiciones. Porque además, no se trata de todas las mujeres, sino de las mujeres que no pueden asistir a consultorios privados. Lo mismo se puede decir bajo ese régimen de los sectores sociales que protestaban: los indígenas, y jóvenes de colegios públicos que fueron criminalizados.

¿Qué hacer cuando se nace y crece en entornos catalogados como violentos y que tienden supuestamente a convertirse en semilleros de delincuentes?

Creo que la pregunta tiene dos aristas. Los entornos violentos pueden tener como causa condiciones sociales difíciles que solo pueden remediarse con el acceso a la educación o a un trabajo digno, pero también a veces son resultado de una cultura violenta, que puede generarse desde el poder. Y frente a las clasificaciones delincuenciales, creo que los medios pueden jugar un papel importante en la creación de una conciencia crítica respecto de estos estereotipos que se pueden crear en el imaginario colectivo. Porque no solamente las clasificaciones sociales de este tipo vienen de entornos violentos, sino que son producto, muchas veces, de las exclusiones sociales y del racismo, o de la xenofobia, que producen y reproducen esos imaginarios.

¿Cómo juegan los roles de género en la construcción del sistema carcelario?

De la investigación histórica que llevé a cabo puedo decir que por lo menos en el caso de los hombres se debatió sobre los sistemas de rehabilitación, pero en el caso de las mujeres este debate estuvo ausente. Cuando se hace referencia a las mujeres que delinquen, se puede notar que esta concepción refleja una fuerte presencia de elementos morales y sexuales que se demuestran en la criminalización del adulterio, de la prostitución, del aborto y del infanticidio. Esta situación evidencia la especificidad de los delitos femeninos junto con la aplicación distinta de penas para hombres y mujeres. El garcianismo creó centros de control y castigo moral, como el Buen Pastor, que continuaron cumpliendo esta función durante el liberalismo.

En este año, los centros de rehabilitación han tenido problemas relacionados con el hacinamiento, la rivalidad entre las bandas y otros. En este contexto, ¿son estos espacios la mejor solución?

No es la solución y esto se puede ver también históricamente. Ya Foucault señaló en los años 80 que la prisión, lejos de transformar a los criminales en gente honrada, no sirve más que para fabricar a nuevos criminales o para hundirlos más en la criminalidad. No se trata de un tema fácil, hay condiciones estructurales, económicas, sociales que exigen soluciones de otro tipo. Es un tema para pensar y pensar. De hecho vivimos un momento de ampliación del sistema carcelario que incluye cárceles y centros de castigo privados, como los llamados centros de rehabilitación de jóvenes adictos y homosexuales.

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