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Una plataforma pugna por el comercio justo de sombreros

Los tejedores tienen una escuela en Pile para enseñar a jóvenes. Cervecería Nacional trabaja en un museo itinerante.

Los tejedores tienen una escuela en Pile para enseñar a jóvenes. Cervecería Nacional trabaja en un museo itinerante.

Los tejedores tienen una escuela en Pile para enseñar a jóvenes. Cervecería Nacional trabaja en un museo itinerante. Foto: Alexander García / EL COMERCIO

Un sombrero Montecristi superfino tejido en Pile (Manabí) puede alcanzar en el exterior precios récords de varios miles de dólares. Pero el artesano que dedica más de seis meses de su vida a un solo sombrero recibe por su trabajo USD 800 o
USD 1 000.

El históricamente injusto modelo comercial del sombrero fino de paja toquilla provoca que las nuevas generaciones pierdan interés en la labor y se dediquen a otras actividades. Centenares de personas han tenido que abandonar el poblado de Montecristi en los últimos años, en busca de trabajo y mejores condiciones económicas.

La plataforma Hats From the Heart (Sombreros del corazón), en la que participan 150 maestros tejedores de Pile, promueve un comercio más justo para los artesanos, portadores de un saber ancestral que es Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad.

Hugo Gonzenbach, fundador y curador de la plataforma, cree que el mundo del sombrero de paja toquilla requiere de curaduría, para distinguirlo de una artesanía subvalorada. “La plataforma le da rostro e historia a cada sombrero que se vende, con un certificado, asegurando un comercio justo y con un trabajo de curaduría”, dice el ingeniero agrónomo.

Un grupo de tejedores de la comuna llegó la semana pasada a Guayaquil, donde participó en un proyecto de elaboración de una valla publicitaria para la marca de cerveza Club. En el evento exhibieron un sombrero grado 54, que le toma más de seis meses de trabajo a un maestro tejedor.

El grado lo determinan los 54 puntos de paja en una pulgada lineal (2,54 centímetros), explicó Paulina Ordóñez, con 25 años de experiencia. Los intrincados puntos de ­tejido que forman un diseño geo­métrico -una suerte de mandala en el fondo del sombrero– deben contarse en una foto que luego se amplía.

“La incapacidad de vender directamente (al cliente) y recurrir a una serie de intermediarios limita nuestros ingresos como ­artesanos”, sostiene Ordóñez, de 40 años.

La plataforma de comercialización Hats from the Heart, que pretende ayudar a preservar el saber inmaterial, rescata información histórica sobre el sombrero fino, de sus procesos, cuenta con un banco extenso de imágenes, videos e investigaciones. El nombre de la iniciativa, Sombreros del Corazón, alude al hecho de que los tejedores apoyan su pecho contra un trípode de madera en el momento de tejer.

Los precios de la plataforma web, que trabaja a escala internacional, parten desde los USD 700. “Afuera se han vendido sombreros de paja toquilla valorados hasta en USD 25 000, de piezas tejidas en Pile. Hay sombreros que simplemente no tienen precio, porque no existe una referencia comercial con las que compararlos”, dice Gonzenbach.

La calidad y valor del producto dependerán de la voluntad del tejedor, que sabe que le puede dedicar más de seis meses a un sombrero. Entre más fina la fibra es más frágil y hay que interrumpir el tejido en horas de mediodía, con demasiado sol, explica Ordóñez. “Entre más fino el rajado de la paja, más fino es el sombrero, pues requiere de mayor tiempo de trabajo y cuidado para no romper el material”.

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