17 de mayo de 2020 11:37

La peste implica un llamado para ser más humanos

Augusto Rodríguez es poeta, narrador, catedrático y editor guayaquileño. Foto: Cortesía

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Alexander García. (O)

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El escritor y editor ecuatoriano Augusto Rodríguez cuenta en su obra con volúmenes de poesía como ‘El libro de la enfermedad’ y el libro de cuentos ‘El hombre que amaba los hospitales’, un filón desde el que reflexiona sobre el tema de la peste en tiempos del nuevo coronavirus.

¿A qué nos aboca, como especie, la peste?
En su acepción más amplia, entendida como enfermedad contagiosa que causa gran mortandad, no creo que intente enseñarnos nada, desa­parece a los más débiles y nos regresa a un estado de guerra y de catástrofe mundial, en el que debes cuidarte, protegerte y velar por los tuyos. Nos recuerda el daño que le hacemos al mundo, y sobre todo lo mal que llevamos la vida, pero en el caso del covid-19 es imposible no pensar en algo artificial, fabricado, frente a un problema como la sobrepoblación mundial.

¿La noción de plaga o peste está también ligada a la de conspiración?

Es un virus extraño, que cada día parece revelarse más peligroso, una nueva forma de hacernos daño, que te puede asaltar en el lugar menos pensado. Es como un enemigo silencioso que te observa desde el sueño, desde la pesadilla y que te ataca para despedazarte.
¿En una ‘civilización del espectáculo’, como la actual, una enfermedad con este alcance nos enfrenta al sinsentido y al absurdo de nuestro modo de vida?
Sin duda, la peste implica un llamado a despertar, a que nos volvamos más humanos y a que retrocedamos. Es momento de repensar la vida. Es hora de dejar la vanidad, los egos, las envidias y las guerras -personales y no- para hacer acuerdos, abrir el diálogo y la unión entre los ciudadanos y países. Es un llamado a escuchar, a reflexionar. Un llamado fuerte de la propia vida y si no escuchamos, pues lo lamentaremos luego.

‘La peste’, la novela de Albert Camus que ha vuelto a contagiar a tantos lectores en estos días, se ubica como un pináculo existencialista. ¿Y en medio de una pandemia es el individuo el que está abocado más que nunca a recrear el significado de su vida?
Pues claro. No podemos pensar que venga Dios o un ser externo a arreglarnos la vida. Estábamos haciendo todo mal. Es el momento de regresar y pensar en nuestro origen. Ahora nos toca entender mejor al otro, ponernos en los zapatos del otro y empezar a escuchar y hablar sobre el daño que le hacemos a este mundo y a la vida. También es un buen momento para ver la luz, cambiar y ser mejores. Si no es ahora, no es nunca.

¿Lo positivo, si lo hay, es que también la peste llama a valorar la vida por sí misma, lejos de cosas accesorias a las que pone en contexto y perspectiva?
Claro, nos invita a aprender a ser más felices con lo que somos y tenemos y dejar lo superfluo para la basura. También tenemos ahora más tiempo para disfrutar de los placeres sencillos de la vida. La peste es una oportunidad de mejorar. En medio de tanto bullicio, es hora de escuchar lo que la vida y la naturaleza tiene que decirnos. Si solo aprendiéramos eso, sería un gran avance.

La peste bacteriana se relaciona con la podredumbre. En Guayaquil tuvimos cadáveres corrompiéndose en casas, calles y hospitales, pero parece que nos resistimos a creer que el nuevo coronavirus encuadre en el concepto del que se deriva lo pestilente, ¿por qué?
Todo es muy reciente. Los muertos están ahí, guardados en nuestra memoria. La sangre está muy fresca. Es cosa de que el tiempo ponga todo en su lugar. Sobre todo para entender la magnitud real del coronavirus en nuestra vida.

Lo que emana también de una peste es la podredumbre de la corrupción y de la ambición desmedida. ¿Por qué parece exacerbar también la negligencia y la ­indolencia?
La podredumbre de la corrupción en nuestro país siempre ha estado ahí, ventilándose frente a nuestros ojos, lo que pasa es que a veces hacemos como que no pasa nada o nos ponemos una venda en los ojos. Pero la corrupción no solo está incrustada en la política sino en todos los estamentos del Estado y en todos lados. Lo vemos diariamente en las calles, por ejemplo en las coimas en los servidores públicos y no escapa del ámbito privado. Estamos sumergidos en una gran cloaca. Si no salimos de ella, de esta peste, y ahora no hablo del coronavirus, nos terminará de hundir para siempre.

La enfermedad, el deterioro de la salud, los hospitales, ha sido un tema que ha tratado en su obra poética y narrativa, tópicos que ahora copan nuestras principales preocupaciones ¿Por qué ese interés?
Sí, porque mi interés siempre ha sido mostrar al ser humano en sus momentos más extremos, más frágiles, más difíciles. Tanto en poesía como en narrativa, el tema de la enfermedad es muy antiguo y cruza nuestra existencia. Nos preocupa. Nos duele. Nos hace ver de cerca a la muerte y a su vez lo efímeros y débiles que somos. Somos como una hojita de un árbol que está a merced de los deseos de la vida.

¿La enfermedad nos revela de otra forma?
La enfermedad siempre es un llamado de alerta y a menudo es un grito desesperado a reconstruir algo que estamos haciendo mal.

¿Qué nos dice sobre las verdades de la condición humana?
Me interesa la enfermedad en la literatura como antítesis del bienestar, de lo puro; y por extensión también los hospitales. El libro de relatos ‘El hombre que amaba los hospitales’ es mi homenaje al escritor mexicano Sergio Pitol, que decía que le gustaban los hospitales porque le inyectaban vida. El hospital, que ahora es un lugar vilipendiado y mal visto, también es lugar que te acoge, te protege y te salva, de manera física y espiritual.

Sobre Augusto Rodríguez
(Guayaquil, 1979) Autor de 20 libros entre poesía, cuento, novela, entrevistas y ensayos. Es profesor de comunicación en la Universidad Politécnica Salesiana (UPS) de Guayaquil. Es editor-fundador del sello El Quirófano y dirige la filial en Ecuador de la editorial española de poesía Visor, organiza el Festival Internacional de Poesía de Guayaquil Ileana Espinel Cedeño, que completa 12 ediciones. Ha obtenido entre otros el Premio Nacional de Poesía David Ledesma Vázquez (2005) y el Premio Nacional de Cuento Joaquín Gallegos Lara (2011). Con ‘El fin de la familia’ (Nana Vizcacha, 2019), se ubicó entre los finalistas del premio Herralde de Novela 2016.

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