12 de mayo de 2019 00:00

Orígenes del arte religioso nacional

Uno de los cuadros de la Pasión de Cristo pintados por Miguel de Santiago. Convento de San Francisco. Foto: archivo EL COMERCIO

Uno de los cuadros de la Pasión de Cristo pintados por Miguel de Santiago. Convento de San Francisco. Foto: archivo EL COMERCIO

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Amílcar Tapia Tamayo

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En un informe sobre temas patrimoniales de América publicado por la Pontificia Universidad Católica de Chile, refiriéndose a la capital ecuatoriana, señala: “Quito, una ciudad que ha experimentado un rápido crecimiento, con una población de 2,2 millones de habitantes, está considerada una de las ciudades más antiguas y mejor conservadas de Sudamérica.

Fundada en el siglo XVI por los conquistadores españoles, la ciudad se alza sobre las ruinas de un antiguo asentamiento inca, que en su día se conocía como el Reino de Quito y combina una arquitectura monumental religiosa con influencias españolas, italianas, árabes, flamencas e indígenas.
En la actualidad, Quito es una de las dos ciudades, junto con Cracovia, designadas por la Unesco como un bien del Patrimonio de la Humanidad desde 1978”.

Sin lugar a dudas, Quito ha sido objeto de admiración a lo largo de los siglos por muchos viajeros, sobre todo europeos, quienes han dejado sus impresiones en libros, relatos, cartas y escritos de la más variada índole. Uno de estos datos, curioso por cierto al tiempo que inédito, corresponde a fray Luigi Calvatrini, de la Orden Bethlemita, quien proveniente de Cartagena y de camino a Lima, pasó por Quito y visitó a sus hermanos religiosos del Hospital de la Misericordia.

En un informe al superior de Lima, fechado en 14 de agosto de 1715, escribe en un castellano deficiente: “Jamás imaginé llegar a una tierra como Quito en donde todo es verde, todo es colorido, todo es generoso en cuanto a productos y abundancia de pan (…) ¡Me ha impresionado mucho la riqueza de sus iglesias! ¡Qué colorido, su paternidad, qué colorido!

Los artesanos, pintores y escultores no tienen manos, sino magia en sus dedos para moldear con una facilidad extraordinaria cuadros, imágenes y esculturas. Lo raro de todo es que sus autores no son españoles ni europeos sino nativos de Quito. Debo confesar a su paternidad, que tuve un gran fiasco cuando pasando por la calle que las gentes de esta ciudad llama De los Plateros, vi un zaguán en donde se hallaba una tela secándose al sol, pero era una preciosa pintura, por lo que me causó curiosidad y tropecé con un indio, de apariencia muy descuidada y todo él desgajado por la humildad de su vestido, a quien de manera incómoda me dirigí para averiguarle sobre el maestro pintor.

El indio se rió de mi pronunciación y eso me enfadó, por lo que le urgí me indique sobre el dueño de la tienda a quien pensé quejarme para que le dé una buena tunda por atrevido. Impávido, el indio se volteó y me dejó con la palabra en la boca, siguiéndole al interior, vi que varios muchachos se acercaron presurosos a indicarle algunas telas que estaban pintando, por lo que pronto entendí era el maestro y guía de los aprendices (…) Me retiré admirado que en estas tierras sean los naturales los que elaboren tan bellas obras, como no las hay ni siquiera en Italia…”. (Archivo de la Curia Metropolitana de Quito, Órdenes Religiosas, cartas y varios, Hospital de la Misericordia, siglo XVIII, hoja 147. Actualizamos el texto original a un castellano comprensible).

Un siglo y medio antes del citado informe, el mandato del primer Sínodo de Quito, reunido en mayo de 1570, señalaba: “Ordenamos y mandamos que nuestros curas vean los oratorios de los indios y se los manden tener en lugares limpios, honestos y toda decencia y si tuvieren imágenes profanas se las quiten y si tuvieren Crucifijos e imágenes de Nuestra Señora o de los Santos, les den a entender que aquellas imágenes son una manera de escritura que representan y dan a entender que las han de tener en mucha veneración; y cuando rezaren a las imágenes, que pasen adelante con el entendimiento a Dios, a Santa María y a los Santos, como lo ha declarado el Santo Concilio Tridentino; y porque algunas personas no consideran el daño que hacen y venden a estos indios imágenes profanas, que ellos no miran más de la pintura porque ignoran su profana significación, mandamos so pena de excomunión mayor en la cual incurran los que contrario hicieren, que ninguna persona sea osada ni vender imágenes a indios sin que primero sean vistas por Nos, o por nuestros Vicarios”. (Fray José María Vargas, Arte religioso ecuatoriano, Quito, 1956, p. 5)

Conforme la opinión del erudito dominico, se deduce que el uso de imágenes para el culto era un hecho en Quito desde mediados del siglo XVI, las cuales provenían de España y eran vendidas a los indios por mercaderes “en precios desorbitantes con el fin de lograr pingües ganancias, lo cual fue combatido por el obispo Peña Montenegro, siendo por ello denunciado y perseguido por algunos principales de la ciudad que compartían ganancias con los codiciosos”. ( Informe de Miguel de Ulloa, alcalde de indios a la Audiencia de Quito, diciembre de 1575. Archivo Municipal de Quito. Cabildos)

Fueron los religiosos franciscanos Jodoco Rike y Pedro Gocial, llamado el pintor, quienes comenzaron a enseñar arte y música, sobre todo a hijos de caciques. En 1552 crearon el colegio de artes y oficios llamado San Andrés, razón por lo que pronto surgieron los primeros imagineros y pintores, quienes demostraron singular habilidad y destreza para elaborar imágenes y cuadros. Superaban en mucho a los artistas peninsulares y dieron lugar a la formación de la llamada Escuela Quiteña.

El toledano Diego de Robles, cuya presencia en Quito a finales del siglo XVI pasó inadvertida por las autoridades españolas en razón de su humilde procedencia, pronto se vinculó con numerosos artistas indígenas, llegando incluso a formar parte de la Cofradía de Naturales, establecida en la iglesia de La Compañía, a quienes en su testamento otorgó la suma de diez pesos. Fue el autor de las imágenes de las vírgenes de Guápulo, El Quinche, El Cisne y Cicalpa, que se convirtieron en imágenes milagrosas
de santuarios que tienen notable prestigio en nuestros días.

En igual forma, el padre Pedro Bedón, religioso de la orden de Santo Domingo, primer criollo quiteño en recibir el orden sacerdotal, llegó ser un artista extraordinario, y se le atribuyen pinturas como la de la Virgen de Las Lajas, santuario cercano a la actual ciudad de Ipiales, en Colombia; de la Virgen del Rosario de la Escalera, junto con los santos Francisco y Domingo a sus pies, entre otros cuadros.

A mediados del XVII, el padre Carlos y Miguel de Santiago se convirtieron en los máximos intérpretes del sentimiento popular quiteño, sobre todo este último con su particular devoción por la Inmaculada Concepción.

En el siglo XVIII son referentes Francisco y Vicente Albán, con las pinturas sobre los ejercicios de San Ignacio de Loyola; Bernardo de Legarda con sus originales esculturas sobre la Virgen, una de cuyas réplicas tenemos en nuestros días en la cima del Panecillo en Quito; Bernardo de Rodríguez y Manuel Samaniego también con su devoción por la Madre de Dios; Manuel Chili, el célebre Caspicara, autor hermosas imágenes de Niños y Cristos.

En el siglo XIX, se destacan Salas, Cabrera, Olmos, Carrillo, Pinto, Mideros y cien más, cuyo espíritu vive para siempre en los conventos, templos y edificios del inmortal Quito.

 * Historiador y docente, especializado en temas sociales ecuatorianos. Autor de varios libros.

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