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Obama y el poder, en sus propias palabras

Barack Obama celebra en Chicago con sus hijas, Sasha y Malía, y su esposa, Michelle, su elección como presidente de EE.UU., el 4 de noviembre del 2008. Foto: reuters

Barack Obama celebra en Chicago con sus hijas, Sasha y Malía, y su esposa, Michelle, su elección como presidente de EE.UU., el 4 de noviembre del 2008. Foto: reuters

Barack Obama celebra en Chicago con sus hijas, Sasha y Malía, y su esposa, Michelle, su elección como presidente de EE.UU., el 4 de noviembre del 2008. Foto: reuters

Cualquier presidente de Estados Unidos nunca dejará de ser el presidente de Estados Unidos. Le darán un número, pero lo llamarán igual ‘Mr. President’ (o ‘Madame President’, cuando llegue la hora). El haber tenido en sus manos los títulos de “comandante en jefe” o “el hombre más poderoso del mundo”; conocer la clave del ‘balón de fútbol’, como llaman al maletín nuclear con el que puede reventar el mundo si quiere, no es para menos.

Cuando ya dejan la Presidencia, igualmente tendrán una custodia permanente del Servicio Secreto, nunca más podrán conducir un vehículo y recibirán cada mañana los informes de seguridad nacional.

Para todo Presidente de Estados Unidos es algo vital dejar un legado. Ese es casi su fin último, y que se puede concretar de varias formas.

Una de ellas es su “biblioteca”. Cada mandatario, desde el 31 presidente, Herbert Hoover, que gobernó entre 1929 y 1933 (su Gobierno fue el de la Gran Depresión), levanta la suya finalizada su gestión y queda bajo la Administración Nacional de Archivos y Registros. Estas contienen documentos, colecciones y todo lo referente a su Administración, aunque excluyen aquello que tiene que ver con la seguridad nacional.

La otra tradición es publicar una memoria y que incluye toques biográficos que permiten entender cómo, por su proceso de vida, llegó al cargo y el porqué de varias decisiones que debió tomar en su momento.

Algunos de estos libros son más interesantes que otros. En mucho tienen que ver con el personaje. No será lo mismo la biografía de Bill Clinton, a quien el escritor mexicano Carlos Fuentes consideraba un alto intelectual, que la de George W. Bush, que, en cambio, no era un hombre de libros precisamente.

Clinton publicó ‘Mi vida’, que tiene 1 056 páginas y resulta bastante denso de leer en muchos de sus pasajes. Bush, que tiene un extraordinario sentido del humor, al ver el volumen, dijo que él solo podría escribir esos libros ‘pop-up’ (desplegables o tridimensionales). Finalmente, publicó ‘Decision Points’. Tiene apenas 497 páginas.

Ahora, le tocó el turno a Barack Obama con ‘A Promised Land’ ( Una tierra prometida), que comenzó a circular a fines del 2020. En su primer día en las librerías, vendió más de 900 000 ejemplares. Tiene 751 páginas, aunque la lectura en sí es de 706. No se angustie: falta todavía la segunda parte.

Su título es sugestivo y remite a Moisés, en una analogía con Martin Luther King, el defensor de los derechos civiles y quien probablemente jamás imaginó que algún día el país tendría un presidente negro, como ocurrió 41 años después de su asesinato, el 4 de abril de 1968. Tal como Moisés, quien luchó buena parte de su vida por la liberación de los israelíes del yugo egipcio, solo le fue permitido ver esa tierra prometida, pero jamás pondría un pie sobre ella.

Resulta casi imposible pasar por las páginas sin escuchar la voz potente y cautivante de un orador conspicuo como Obama. Esa es parte de su gracia.

Aún es recordada su irrupción en la Convención Nacional Demócrata del 2004, para aupar la campaña presidencial de John Kerry. Era apenas un senador júnior debutante por Illinois. Pero dejó claro que nació con esa estrella para ser Presidente. Era su momento. Él y el Partido Demócrata lo supieron aprovechar para que sea el 44° Presidente de Estados Unidos, en el 2009.

La biografía tiene una buena narrativa. No es lineal. Los tiempos se mezclan entre los dilemas del momento y sus recuerdos personales y familiares. Eso ayuda en mucho para leer con entusiasmo los nombres áridos de las leyes, asuntos específicos de la gobernanza, los debates parlamentarios y los intereses oscuros que siempre aparecen por alguna parte.

El libro contempla sus dos primeros legados: el rescate financiero ante la crisis por la burbuja inmobiliaria del 2008 y -el más importante de todos- el Obamacare, cuyo nombre oficial es Ley de Protección al Paciente y Atención Médica Asequible. En su equipo había dudas de que pudiera lograrlo: cualquier intervención del Gobierno en decisiones de salud era vista como algo “socialista”. Una larga puja permitió que se aprobara en el Congreso una ley que podría mejorar en algo uno de los peores sistemas de salud en el mundo, tal como se ha visto ahora con la pandemia del coronavirus.

No deja de ser llamativo el conflicto que sintió cuando se le otorgó el Nobel de la Paz (2009), algo que él mismo dijo no ser merecedor ante tantos otros nominados que llevaban una larga vida defendiendo los derechos humanos en el mundo y el país mantenía la guerra en Afganistán e Iraq.

Quizá lo mejor de todo, al menos desde lo narrativo, es esa especie de thriller cuando mataron a Osama Bin Laden. Mientras las Fuerzas Armadas, de las que era comandante en jefe, perseguían al enemigo número uno, también tenía que hacerse cargo del circo montado por Donald Trump, quien decía que Obama no había nacido en Estados Unidos.

Ahí termina el libro, a la espera de la segunda parte. Aunque estas páginas permiten al lector sentir cómo es ser el Presidente del país aún más poderoso del mundo.