2 de diciembre de 2018 00:00

20 años de la novela que Borges habría aceptado escribir

Ilustración tomada de la portada del libro, editorial anagrama Ilustración del pintor británico Jack Vettriano, la cual se usó para las ediciones del sello Anagrama. A la izquierda, la edición de Alfaguara.

Ilustración tomada de la portada del libro, editorial anagrama Ilustración del pintor británico Jack Vettriano, la cual se usó para las ediciones del sello Anagrama. A la izquierda, la edición de Alfaguara.

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Alejandro Ribadeneira (O)

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Hace 20 años, cuando 1998 entraba en sus semanas finales, el mundo era un hervidero. Hugo Chávez estaba por ganar sus primeras elecciones presidenciales en Venezuela. El juez español Baltasar Garzón tenía acorralado al exdictador chileno Augusto Pinochet en Londres. Y las radios no dejaban de pasar ‘...Baby One More Time’, la canción que introdujo a Britney Spears en la locura de la cultura de masas para siempre.

En esos días, también irrumpió en los encabezados de prensa y las páginas de críticas, pero sobre todo en los círculos literarios, el triunfo de ‘Los detectives salvajes’, la novela de Roberto Bolaño, en el premio Herralde de Anagrama. El autor, un chileno que se había radicado en España para consagrar su vida a la escritura, pasó de ser un literato apreciado por un nicho a una superestrella de las letras que, semanas después del galardón, veía su novela en las perchas de las librerías del mundo.

Los críticos, amantes de las etiquetas, creyeron haber encontrado a un digno heredero del argentino Jorge Luis Borges, sinónimo de perfección. Y también, por la estructura de la novela, a la sucesora de ‘Rayuela’, la experimental y magna obra del también argentino Julio Cortázar. Era estupendo: el perfecto Borges y el dios del ‘boom’, Cortázar, reencarnados en la muerte del siglo XX. El crítico Ignacio Echevarría dijo que era la novela que Borges habría aceptado escribir.

De alguna manera, esto era cierto. Bolaño nunca negó su deuda con los dos autores argentinos, aunque tampoco se sentía cómodo con eso de ser un ‘heredero’, ni de Borges ni del ‘boom’. Pensaba que los ‘herederos’ eran siempre de menos calidad que sus antecesores. Y, por supuesto, citaba el caso del colombiano Gabriel García Márquez, pináculo del realismo mágico, y la chilena Isabel Allende, considerada (más por el marketing) como continuadora del realismo mágico. Bolaño detestaba los libros de la autora de ‘La casa de los espíritus’. No quería ser el Isabel Allende de Borges.

Los detectives salvajes’, en todo caso, causó enorme impacto por varias razones. Está la estructura que el chileno Jorge Edwards alabó de esta manera en 1998: “Es una novela de registro amplio, dotada de una estructura que podría permitir la multiplicación infinita y que admitiría por esto la definición clásica de obra abierta, pero es a la vez una composición perfectamente cerrada, triangular y en cierta manera circular”.

También está el contenido y sus múltiples hilos internos. El libro narra una alucinante cruzada para encontrar a una mítica poetisa, Cesárea Tinajero, de la que únicamente se sabe que se exilió voluntariamente en el desierto de Sonora. La búsqueda la realizan Arturo Belano y su ‘carnal’ Ulises Lima, personajes que en realidad eran los álter ego del mismo Bolaño y del poeta mexicano Mario Santiago Papasquiaro, uno de los entrañables amigos que el chileno hizo en México y con quien fundó, junto a otros colegas, el movimiento poético del infrarrealismo.

También llamó la atención el carácter híbrido de la propuesta, con partes de thriller, partes de crónica, partes de ‘road movie’, todo hilado con historias de amores locos, rebeldía, demencia y obsesión.

El otro ingrediente impactante de ‘Los detectives salvajes’, quizás el más inaudito, es que la novela es prácticamente una biografía de Bolaño: está su vida en ese Chile del que huyó, su adolescencia en México, su esforzado y triste viaje por Europa, sus trabajos para sobrevivir y, sobre todo, su día a día cimentado en la escritura.

Bolaño, a pesar de las consideraciones románticas sobre las motivaciones para escribir, en realidad participaba asiduamente en todos los concursos literarios que aparecían. Para Bolaño, los premios no eran ni estímulos ni afortunados accidentes que debían llegar sin ser buscados. Eran su mayor esperanza para salir de los trabajos que ejercía para sostenerse, mantener a su familia y pagarse algún café.

En España trabajó en los viñedos y en los puertos, y lavó platos. Como no había terminado la secundaria, que abandonó a los 16 años para entregarse de lleno a leer y escribir, le faltaban títulos para conseguir un empleo más calificado. En México fue periodista y también vendedor de chucherías de la Virgen de Guadalupe.

En realidad, todo mejoró cuando trabó amistad con Jorge Herralde, el fundador del sello Anagrama. Herralde descubrió el enorme talento del chileno, que en realidad se veía a sí mismo como un autor latinoamericano antes que de una bandera concreta, y le publicó ‘La senda de los elefantes’, ‘La literatura nazi en América’ y ‘Estrella distante’. Con este espaldarazo, Bolaño escribía a tiempo completo.

Todo pasó en un pestañeo. ‘Los detectives salvajes’ ganó el premio Herralde, fundado en 1983. Lo habían obtenido autores del peso de los españoles Álvaro Pombo y Javier Marías. El prestigioso galardón le dio a Bolaño la exposición y los recursos para organizar su vida en torno a su oficio, tal como se lo había propuesto como meta vital de su existencia.

Bolaño, en 1998, tenía ya 20 años radicado en España. Era un santiaguino que nunca vivió en Santiago sino en ciudades como Valparaíso, Viña del Mar y Quilpué. En la adolescencia vivió en México, país al que llegó en 1968, el año en que estalló el movimiento estudiantil de ese país y se produjo la Matanza de Tlatelolco. Hijo de un camionero y de una profesora asidua a los ‘best-sellers’, nunca le gustó estudiar aunque, paradójicamente, la lectura fue su eterna vocación. Leía todo, desde la literatura mexicana hasta los clásicos, pasando por las obras policiales. Y así llegó a Borges y al ‘boom’.

El destino no le permitió disfrutar del reconocimiento por mucho tiempo. Cinco años después del galardón, en el 2003, murió en Barcelona esperando en vano un hígado para un trasplante. Tenía 50 años, una esposa, dos hijos chicos y una amante. También dejó una gran cantidad de material inédito, la cual escribió frenéticamente cuando supo de su enfermedad. Y se sigue publicando para que el mundo admire su prosa desbordante y sus historias extraordinarias.

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