13 de septiembre de 2020 00:00

Las inagotables lecturas de ‘El nombre de la rosa’

Umberto Eco (1932-2016) es considerado uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Escribió más de 60 libros.

Umberto Eco (1932-2016) es considerado uno de los pensadores más importantes del siglo XX. Escribió más de 60 libros. Foto: Archivo

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Gabriel Flores
Redactor (O)

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En 1980, Umberto Eco irrumpió en el mercado editorial con una novela, de más de 600 páginas, ambientada en el siglo XIV. No había ningún presagio de que su primera incursión en la literatura de ficción, a pesar de sus credenciales como uno de los pensadores más destacados del siglo XX, se colocara entre los libros más vendidos, leídos, traducidos y comentados de la literatura universal, como finalmente sucedió.

Con la publicación de ‘El nombre de la rosa’, Eco no solo demostró su versatilidad para la escritura, sino que inauguró un nuevo momento para la novela histórica. En este libro elige distanciarse del uso del pasado como una simple escenografía que sirve para dar rienda suelta a la imaginación, o como un cuadro, cuyo autor lo único que busca es hacer que el paisaje sea reconocible y se convierta en una imagen de referencia para el lector.

Lo que Eco hace es hurgar el pasado para construir una novela en la cual la narración de los hechos y los personajes llevan al lector a instalarse, durante el tiempo que dura su lectura, en esa época. Para lograrlo releyó decenas de libros y documentos sobre el siglo XIII y XIV. Esto le sirvió para afirmar que en esta novela no solo cuenta sobre el Medioevo, sino en el Medioevo, por boca de un cronista de la época.

El cronista al que hace referencia es Adso de Melk, quien a los 80 años narra lo que vivió a los 18 junto a su maestro, Guillermo de Baskerville. Ellos son los encargados de encontrar al culpable de las muertes que se han producido en el interior de una abadía. Esta trama es la que imprime, en su superficie, un aire de novela policíaca a la historia.

En su interior, la novela traspasa el policíaco y el gótico y pone al lector a dialogar y a debatir, a través de la intertextualidad, ideas científicas, filosóficas, teológicas, políticas, sociales y estéticas, que han sido cuestionadas a lo largo de la historia de la humanidad.

Todas las enseñanzas que Guillermo imparte a Adso, mientras realizan sus pesquisas, giran alrededor del uso del método científico y el razonamiento deductivo. Algo que era totalmente opuesto a lo que sucedía en la época en la que está ambientada la novela, en donde la Iglesia Católica tenía una hegemonía total sobre el manejo del conocimiento.

Guillermo es un investigador con un gran sentido de la observación y una particular sensibilidad para la interpretación de los indicios, que aboga por la pobreza física, espiritual e intelectual. Cualidades que en aquella época del Medioevo no se encontraban más que en el ámbito franciscano. Eco lo sabía porque para escribir el ‘Lector in fabula’ (1979) se había documentado sobre la polémica entre el Papa y los franciscanos espirituales, quienes defendían el legado de san Francisco de Asís.

Uno de los debates más interesantes de la novela está mediado por la polémica alrededor del segundo libro de la Poética de Aristóteles, una obra extraviada, que en teoría estaba dedicada al mundo de la comedia. En ese texto, el pensador griego habría señalado al humor como un instrumento para llegar a la verdad.

Quien se opone a esa teoría es Jorge de Burgos, un monje ciego que está a cargo de la biblioteca de la abadía. En un pasaje de la historia, este personaje que muchas personas lo relacionan con el escritor argentino Jorge Luis Borges, increpa a Guillermo y le dice: “La risa es un viento diabólico que deforma las facciones y hace que los hombres parezcan monos. A lo que esta versión medieval de Sherlock Holmes responde: “Los monos no ríen, la risa es un atributo humano”.

El libro está poblado de prolegómenos y notas explicativas que le dan verosimilitud al texto y que también pueden ser leídos como guiños al lector sobre la apuesta semiótica que el autor realiza, un área del conocimiento en la que fue especialista. Antes de debutar como novelista, Eco ya había escrito libros de referencia universal en este campo, como ‘Obra abierta’ (1962), ‘La estructura ausente’ (1968), o el famoso ‘Tratado de semiótica general’ (1975).

En ‘Apostilla a El nombre de la rosa’, Eco señala que es inevitable que las referencias pasadas de un autor estén siempre presentes en sus escritos futuros. “Hay un diálogo entre el texto y todos los otros textos escritos antes (solo se hacen libros sobre otros libros y alrededor de otros libros)”.

Esto explica que otra de las referencias que están presentes, de manera intertextual, dentro de la narración sean las ideas que esbozó en otro de sus libros imprescindibles, ‘Apocalípticos e Integrados’. Finalmente, lo que hace Guillermo de Baskerville dentro de la abadía es tratar de entender los signos que forman parte de la cultura a la que pertenece.

En este punto, habría que reconocer que la novela demanda un alto grado de atención por parte del lector, sobre todo en las primeras 100 páginas, pero también que las descripciones que hace de los personajes y los entornos lo van atrapando. Son memorables, por ejemplo, las descripciones de la abadía benedictina, más que nada las que hacen alusión a la biblioteca y a sus espacios poblados de laberintos.

También se podría decir que la novela ha atrapado a millones de lectores por su efecto poético, algo que el escritor estadounidense Edgar Allan Poe definió como la capacidad que exhibe un texto para generar siempre lecturas diferentes, sin que se agoten del todo. No cabe duda que esta novela es una máquina para generar interpretaciones, que se inician con el nombre del libro al que el autor llamó ‘La abadía del delito’ y ‘Adso de Melk’.

Esa diversidad de lecturas se ha potenciado gracias a las adaptaciones audiovisuales que ha tenido el libro. La primera fue una película que estuvo a cargo del director francés Jean-Jacques Annaud y que protagonizaron los actores Sean Connery, en el papel de Guillermo de Baskerville, y un joven Christian Slater, en el rol de Adso de Melk. La segunda es una serie de televisión de ocho capítulos que se estrenó el año pasado y que, a diferencia de la primera, toma algunas licencias, como narrar lo que pasaba fuera de la abadía.

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